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El chico que me escupió cuando le respondí a un piropo

Mara Mariño iba por la calle cargada con la compra cuando un hombre en bicicleta le comenzó hacer comentarios sobre sus piernas. Ella alzó su dedo anular como respuesta

El chico giró y, en dirección contraria, se le acercó para escupirle en la cara. Después, se marchó corriendo

"Basta de sentirnos incómodas por la calle cuando solo queremos estar tranquilas. Basta de ser abordadas con opiniones que no hemos pedido en la que solo de nos valora por nuestros cuerpos", dice Mara

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Una mujer pide limosna en una calle de Bilbao.

Una calle de Bilbao.

Es difícil recordar exactamente cuándo fue la primera vez que recibí un piropo callejero. Es difícil recordar el primero, para mí y para otras amigas a las que les he preguntado para escribir esto, pero, curiosamente, todas recordamos vívidamente la última vez.

El mío, para ser exacta, que soy una gran amante de los detalles, sucedió a las cinco de la tarde en un cruce amplio de una gran ciudad. Iba por la acera cargada con dos bolsas de la compra inmensas esperando llegar al cajero cuanto antes. En ese trayecto, pasó un chico en bici por la carretera que, a varios metros de mí, empezó a espetarme comentarios de bastante mal gusto sobre mis piernas. Y si bien os puedo asegurar que hace años ni me planteaba nada que no fuera bajar la cabeza mientras apretaba, al mismo tiempo, los dientes y el paso, he decidido dejar de hacerlo y de soportar semejante comportamiento.

Como iba hablando por teléfono con mi madre me limité a alzar como buenamente pude el dedo anular. Una imagen vale más que mil palabras, y ese gesto creo que todos lo entendemos. Sin embargo, cuando estaba cruzando sentí a mi espaldas movimiento. El chico se había molestado en girar y circular en dirección prohibida con la bici para alcanzarme y... escupirme de lleno. El escupitajo cayó con la inercia de su trayecto en bici y con la fuerza de una mentalidad que se ofende si no te sientes agradecida ante palabras soeces –gratuitas y en alto– recibidas por parte de desconocidos.

Le vi escapar a toda velocidad (¿por qué las cadenas de la bici no se salen cuando por razones del karma deberían?) y me quedé con un escupitajo en la cara, el mal sabor de la injusticia en el pecho, mi madre esperando que siguiera con el relato de algo rutinario que le estaría contando y los ánimos por los suelos. 

-"Me acaba de escupir un tío en la cara", le dije llorando.

-"¿Cómo?". Ella no daba crédito.

Se lo conté llorando mientras alcanzaba a quitarme como buenamente pude el escupitajo de la cara, todo el lateral del cuello y parte del pelo con la mano. Al final, al llegar a casa y tras una ducha a conciencia, el salivazo se fue, pero no la sensación de que había merecido la pena enfrentarme (aún con el húmedo desenlace) solo para que viera que no estaba dispuesta a dejarme tratar en esos términos por nadie. 

Así que todavía con la impotencia latente, sentí que tenía que hacer algo, lo que me animó a compartirlo en mis stories. En una hora tenía el buzón de mensajes de Instagram lleno de otras anécdotas de amigas, conocidas, seguidoras que me hablaban de sus abuelas de jóvenes e incluso compañeras de clase de mi hermano pequeño a las que habían gritado, piropeado, silbado, tocado y, como a mí, escupido. Todas coincidíamos en lo mismo, en que estábamos hartas de esto.

El escupitajo, muestra de una rabia visceral por no someterme a lo que no es otra cosa que un acoso callejero no deseado perpetuado solo por uno de ambos géneros, fue la prueba de que hacen falta más mujeres que nos plantemos y que, con tan solo un dedo expresemos que ya basta. Basta de sentirnos incómodas por la calle cuando solo queremos estar tranquilas. Basta de ser abordadas con opiniones que no hemos pedido en la que solo se nos valora por nuestros cuerpos. Basta de mirar hacia otro lado. Ahora, yo quiero devolver el escupitajo y lo mando directo a esas ideas que, de prehistóricas y de negarse a evolucionar con el cambio social que estamos viviendo en nuestro tiempo, espero se extingan pronto.

Los gapos mojan, pero no callan.

Mara Mariño

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