Todavía a oscuras
Hay lugares donde la oscuridad forma parte de la arquitectura. Y otros donde forma parte de la experiencia.
Hemos recorrido un largo camino hacia la visibilidad y, sin embargo, una parte de la homosexualidad masculina sigue desarrollándose en espacios donde la luz parece resultar incómoda. Hablo del anonimato, del silencio, de encuentros donde los nombres importan menos que los cuerpos y la identidad queda amputada durante unas horas.
Pienso en las saunas, los cuartos oscuros y fenómenos más complejos como el chemsex. Y me pregunto si detrás de todas estas realidades existe una cuestión que rara vez nos hacemos: ¿por qué seguimos necesitando la oscuridad?
No escribo desde el juicio moral. La sexualidad pertenece al ámbito de la libertad individual y la oscuridad puede contener fantasía, exploración o transgresión. Sin embargo, me interesa menos lo que ocurre en esos espacios que aquello que simbolizan.
Porque la pregunta no tiene que ver únicamente con la homosexualidad, sino con la masculinidad. Los hombres homosexuales aun después de haber salido del armario no necesariamente lo hemos hecho de todos los aprendizajes asociados a ser hombres.
Hemos conocido el rechazo por nuestras elecciones afectivas y sexuales, pero eso no significa que hayamos renunciado a todos los privilegios asociados a la masculinidad. Quizá por eso resulta difícil encontrar fenómenos equivalentes con la misma intensidad en los espacios de socialización sexual entre mujeres.
Seguimos creciendo en una cultura que premia la autosuficiencia, el consumismo y la inmediatez, dificulta la expresión emocional y nos enseña a ocultar nuestra humanidad como si la cosificación hubiese impregnado nuestra forma de ser y actuar. Por eso algunas dinámicas presentes en determinados espacios homosexuales masculinos tienen tanto que ver con nuestra experiencia como hombres gays como con la forma en que hemos aprendido a ser hombres.
Mi generación creció en un tiempo en el que la homosexualidad todavía estaba acompañada por el silencio. Muchos aprendimos antes a adaptarnos que a expresarnos. Antes a vigilar nuestros gestos que a comprender nuestros deseos. Las leyes cambiaron. La sociedad avanzó. Pero las heridas emocionales no siempre evolucionan al mismo ritmo que los cambios legislativos.
Hace años vi Bailar en la oscuridad (Lars von Trier, 2000). Nunca olvidé la sensación que me dejó aquel título. Porque muchos no solo aprendimos a bailar en la oscuridad. También aprendimos a habitar en ella para sobrevivir. Las mismas coreografías que nos enseñaron cómo sentarnos, hablar o movernos también nos enseñaron cómo debíamos desear, acercarnos, protegernos y desaparecer cuando era necesario.
Coreografías marcadas y aprendidas en habitaciones que continúan abiertas dentro de nosotros.
Porque la oscuridad no siempre es un lugar físico. A veces es una forma de relacionarse. Una forma de encontrarse sin necesidad de explicar quién eres, contar tu historia o mostrar tus miedos.
Pero ¿qué ocurre cuando el anonimato deja de ser una posibilidad y se convierte en una costumbre?
No creo que el problema sean las saunas, los cuartos oscuros o el sexo anónimo. El problema aparece cuando desaparecen el nombre, la conversación y la posibilidad de reconocer a la persona que existe detrás del deseo.
Recuerdo una frase de la película Shortbus (John Cameron Mitchell, 2006): “Antes deseaba transformar el mundo; ahora solo aspiro a salir de esta habitación con algo de dignidad”.
Ahí reside una parte del problema.
Vivimos en una época que nos invita constantemente a buscar más: más experiencias, más placer, más validación. Sin embargo, detrás de algunas búsquedas compulsivas no hay únicamente deseo. También hay soledad. La sensación de que el siguiente encuentro conseguirá llenar un vacío que reaparece una y otra vez.
Por eso fenómenos como el chemsex no deberían analizarse únicamente desde la salud pública o el consumo de sustancias. También invitan a reflexionar sobre la necesidad de pertenencia, la búsqueda de reconocimiento y las distintas formas que encontramos para escapar temporalmente de nosotros mismos.
Porque hay vacíos que el sexo no puede llenar.
Durante años pensamos que la oscuridad era una consecuencia de la discriminación. Y probablemente lo fue. La pregunta es si parte de esa oscuridad sigue acompañándonos incluso ahora que las circunstancias han cambiado.
No para culpabilizarnos, sino para comprendernos mejor.
Porque la verdadera libertad no consiste únicamente en poder desear a quien queremos. También tiene que ver con poder hacerlo sin escondernos de nosotros mismos.
No seguimos todavía a oscuras porque nos guste la oscuridad.
Seguimos volviendo a ella porque durante demasiado tiempo fue el único escenario donde nos sentimos protegidos y aprendimos a bailar.
Y algunas de aquellas coreografías marcadas y aprendidas siguen acompañándonos mucho después de haber abandonado la pista. La soledad reaparece cuando termina la noche y vuelven a encenderse las luces.
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