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Niños y niñas sin padres: ¿quién se hace cargo en situaciones de orfandad?

Laura de bebé, en brazos de su madre actual, Pepe, acompañadas de su madre biológica, Beni, y sus hermanos.

Lucía M. Quiroga

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Cuando Laura tenía cinco años, su madre, Beni, falleció de cáncer. Beni era madre soltera, por lo que desde el principio se apoyó mucho en su hermano Matías y su cuñada Pepe, con los que tenía una relación muy estrecha. De hecho, eran los padrinos de la niña, y Pepe acompañó a Beni en el parto, por lo que vio nacer a Laura. Los primeros meses de su vida la niña vivió en casa de sus padrinos. Así lo cuenta la propia Laura: “Soy hija de madre soltera, llevo sus apellidos, porque mi padre se desentendió. Los seis primeros meses de mi vida ya viví con mis padres de ahora, porque ella tenía que trabajar. Luego, cuando mi madre enfermó, viví con mis abuelos, y cuando se murió volví con mis padres actuales. Fue todo bastante orgánico, me considero una afortunada, pero aun así hay heridas de la orfandad”, explica Laura.

Cuando un niño o niña se queda sin ninguno de sus progenitores, su situación pasa a depender de los sistemas de protección de menores de cada Comunidad Autónoma. Si los padres biológicos han designado tutores, el proceso es más sencillo, aunque debe ser ratificado por un juzgado. En el caso de que sus padres no hubieran decidido quién asume la tutela, se abre un proceso judicial más complejo para decidirlo. Abuelos, abuelas, tíos y tías suelen ser la primera opción. Si no los hay o no son adecuados para cuidarles, se busca más allá entre las figuras de referencia, y en último caso pasarían a formar parte del sistema de protección de menores de cada comunidad. Si hay varios hermanos en situación de orfandad, se prioriza que se queden juntos.

“La figura del tutor existe para velar por un menor que ha perdido a sus progenitores”, explica Álvaro Iráizoz, abogado de familia y vocal de AEAFA, la asociación que agrupa a abogados familiares. “Los padres, en previsión de su fallecimiento o incapacidad (por un accidente, por una enfermedad), pueden designar un tutor para sus hijos en un testamento o documento público notarial. Ese tutor deberá ser nombrado judicialmente a través de un expediente de tutela”, detalla. En el caso de que los padres no hayan previsto tutor para los menores, “será la autoridad judicial quien constituirá la tutela a través de un expediente judicial que determine la persona más idónea para hacerse cargo de ellos”, explica Iráizoz. Y si hubiera varios familiares que quieren hacerse cargo del menor, “será la autoridad judicial la que decidirá la persona que considere más conveniente para el interés superior del menor, escuchando al propio menor si es mayor de 12 años o tiene la madurez suficiente”, aclara el abogado.

Cuando Beni, la madre biológica de Laura, falleció, Matías y Pepe se hicieron cargo de la niña. “Era lo natural, tenía que estar con nosotros, y el resto de la familia también nos apoyó”, explica Pepe, su madrina. Y ahonda en esa idea: “Beni fue una persona importantísima para nosotros, era mi cuñada y éramos muy amigas, nos queríamos muchísimo. Ella tuvo a Laura sola, convivió con nosotros en casa durante el embarazo y yo asistí al parto. Mi marido y yo cuidamos a Beni durante su enfermedad, y cuando falleció nos quedamos con Laura. Desde el principio nos acompañó una psicóloga, que nos hizo mucho hincapié en abordar esto con nuestros hijos mayores. Para ellos puede ser una situación difícil, y nosotros tuvimos suerte porque nuestros hijos reaccionaron muy bien. Desde ese momento Laura formó parte de nuestra familia total y absolutamente. Fue nuestra hija y hermana”, recuerda Pepe.

Heridas psicológicas

Los principios no fueron fáciles en la convivencia entre Laura, Pepe, Matías y los dos hijos mayores de la familia. “Fue muy complejo a nivel educativo, porque yo estaba ‘a monte’”, reconoce Laura. “Andaba siempre de casa en casa, y de repente tenía que aprender a convivir con una familia, con dos hermanos, con unas normas. Aunque al principio la adaptación fue complicada, mis padres lo hicieron muy bien”, añade. Coincide con ella su madre, Pepe: “Laura venía de un sistema familiar diferente y tenía un trauma, porque había sido consciente de la enfermedad y la muerte de su madre. Los primeros tiempos fueron muy difíciles, pero lo hicimos lo mejor que pudimos y supimos”, asegura.

El abogado Álvaro Iráizoz, que ha trabajado con varias familias en situaciones similares, confirma que la convivencia puede ser difícil al principio: “Aunque no tiene por qué ser así, cada caso será distinto, pero al principio es complicado. El tutor tiene que convivir en su casa, de repente, con uno o más menores que pueden añadirse a los suyos propios. Y si a menudo resulta difícil la convivencia y educación de los niños, más aún con unos menores tutelados como consecuencia de desgracias y circunstancias trágicas”, explica.

Con el paso del tiempo y con acompañamiento psicológico, todo fue encajando y la convivencia se calmó para la familia de Laura. De hecho, ella recuerda una anécdota que ejemplifica el buen hacer de la familia: “Como era muy pequeña, tengo pocos recuerdos de cuando falleció mi madre, pero recordaba con especial cariño un verano en el que toda la familia alquilamos una casa y pasamos mucho tiempo juntos. Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que ese fue precisamente el verano que falleció mi madre”, rememora Laura.

Monste Lapastora es una psicóloga especializada en procesos de adopción, que ha tratado a muchos niños y niñas huérfanas en las tres décadas que lleva ejerciendo. Para ella, las secuelas que deja la orfandad dependen de muchos factores, entre ellos la edad del menor, la relación que haya tenido con sus padres, la forma en que se gestiona la muerte y la transición a otra familia. “Si el niño o niña ha tenido una buena vida con sus padres, pero estos han fallecido en un accidente o por una enfermedad, por ejemplo, el menor tendrá que curar ese dolor elaborando un duelo, pero lo va a superar con relativa facilidad”, explica.

Sin embargo, la orfandad sí deja secuelas, según la experta: “Hay tantos casos como personas: puede generarles inseguridad, desconfianza hacia otras personas y sensación de abandono, porque al ser niños no saben si sus padres han desaparecido por su voluntad o no. Pueden ser más ansiosos en sus relaciones sociales, tener más miedo. E incluso tener sentimiento de culpa, porque los niños son autorreferenciales: siempre van a pensar que han podido tener responsabilidad en lo ocurrido. Si por ejemplo sus padres han muerto en un accidente de tráfico, tenderán a plantearse que es su culpa porque les iban a recoger al colegio ese día”, explica Lapastora.

Para que la transición a una nueva familia y la convivencia se lleven de la mejor manera posible, Montse Lapastora apunta algunas claves: “Trabajar la culpa, explicar lo que ha pasado con transparencia, hablar de los padres con naturalidad, sin regodearse en el drama, y entender y acompañar los momentos de rabia”, señala. Y subraya otro aspecto importante: no obligar nunca a los niños a que llamen papá o mamá a sus tutores. “Eso casi siempre llega de manera natural, ya que ellos se resisten a suplantar las figuras tan valiosas que han perdido. Pero de repente, un día dirán ‘Oye, mamá, tráeme tal cosa’, y ya está”, asegura la psicóloga.

Las “heridas de orfandad” de Laura han tenido en ella consecuencias psicológicas: con el paso del tiempo le han diagnosticado ansiedad y trastorno obsesivo-compulsivo por pensamientos recurrentes, relacionados con el miedo a la muerte. “Desde pequeña soy muy hipocondríaca, y tengo ansiedad, aunque no sabía que lo era. Siempre he tenido mucho miedo a la muerte, tengo la sensación de que voy a enfermar, de que va a haber una desgracia, o de que la gente de mi entorno se va a morir. Me queda también la herida de no haber conocido a mi madre, así que de alguna manera intento vivir lo que ella no ha vivido. Y desde que fui madre sentí una conexión especial con ella y con todas las madres. Gracias a la terapia ahora estoy mucho mejor, pero siempre queda algo ahí”, reconoce. 

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