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Baden Baden y el infierno de los ángeles

«Madrid en agosto, con dinero y sin familia, Baden Baden», dicen que dijo un político famoso en su día. Pero poca gente le hace caso…

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Sus habitantes la abandonan masivamente en verano porque Madrid se vuelve insoportable: sube el calor y baja el ruido. Huyen hacia la periferia, donde se les acoge con los brazos abiertos porque durante un ratito ayudan a reducir el paro de unos cuantos y aumentan las ganancias de otros. Con el clima local poco se puede hacer; quizás ponerle velas a algún santo, intento tradicional de eficacia poco demostrada. Pero los ayuntamientos de la periferia se ponen manos a la obra con una decisión encomiable para atender el segundo deseo de los visitantes. Organizan conciertos (si los músicos no se presentan, no pasa nada, porque el público se pone a gritar), le ponen altavoces a las procesiones y, si hay playas, contratan manadas de primos actualizados de los famosos Ángeles del  Infierno, ruidosos moteros de origen californiano. Sus primos estivales reúnen lo mejor de dos mundos, el ponto y el averno: cabalgan motos acuáticas. Esta prole de Poseidón y Perséfone recorre incansable el mar por delante de las playas, ahora de babor a estribor, luego de estribor a babor, y los veraneantes se relajan felices. «Esto es vida —piensan—, y no la del pobre Rodríguez que tiene que quedarse solo en Baden Baden».

El servicio es muy eficaz, pero no deja de ser humano, y por tanto imperfecto. Hay ocasiones en que no pasa ninguna moto durante más de 10 minutos seguidos. Entonces el veraneante empieza a ponerse nervioso; aparta la vista del móvil y otea el horizonte océano, como si temiera la llegada de piratas. Alza la oreja hasta que alcanza a distinguir en lontananza un murmullo insignificante, que en efecto resulta ser una moto, y mientras el murmullo va convirtiéndose rápidamente en rugido atronador, el veraneante reemprende su actividad con el móvil y recobra su felicidad estacional. Bien por el ayuntamiento.

Hay otras fuentes de ruido que contribuyen al atractivo de la periferia, pero cuyo mantenimiento no le cuesta un céntimo al contribuyente, porque nacen y crecen espontáneamente y no precisan cuidados especiales.

Tengo un amigo que es una de esas fuentes. Se llama Ángel y habla de la mañana a la noche. Puede que incluso más, pero eso no puedo atestiguarlo porque, como el resto de mis amigos, Ángel duerme en su casa.

Pero cuando no duerme Ángel habla sin descanso y su discurso es de una calidad que deja pasmado: a pesar del chorro de palabras perfectamente reconocibles, correctamente puestas en línea con un orden gramatical impecable, Ángel se las arregla para no meter nunca una idea en él. Las ideas, ya se sabe, son peligrosas: pueden causar insomnio y otros males aun mayores. Además, una cháchara en la que entren ideas pierde inmediatamente su cualidad de ruido, y por tanto su atractivo.

Ángel es muy popular: tiene muchísimos amigos, todos como él. Pero precisamente para poder ejercer su habilidad, no suelen compartir su tiempo entre ellos, prefieren hacerlo con gente más callada.

La gente callada es un poco rara, qué quiere que le diga. Hágase una idea: si uno de ellos arranca el motor del coche, en seguida mete una marcha y hace que el vehículo le lleve a algún sitio; no sabe disfrutar del ruido del motor acelerando en punto muerto. Del mismo modo, si abre la boca, y por mucho que intente imitar a Ángel y a sus amigos más normales, no consigue entrelazar una serie de palabras evitando al tiempo que se cuele alguna idea entre ellas. Y, cuando ocurre eso, es cosa de ver las reacciones a su alrededor. Si sus oyentes no le tienen mucha confianza, de pronto recuerdan que han quedado con alguien y se les está haciendo tarde, y salen corriendo. Caso contrario, les mandan callar directamente. O simplemente sobreponen su discurso: tanto Ángel como sus amigos están físicamente muy bien dotados y tienen una capacidad de generar decibelios notable.

A mí, estar varios días seguidos con Ángel me ha resultado complicados en alguna ocasión. Me cuentan amigos comunes que tiene problemas: su mujer le ha dejado y se ha ido con otro, uno que habla poco. Así que quizás eso de hablar de la mañana a la noche, por generoso que sea, ya que aumenta el atractivo de la ciudad, cree algún problema familiar. Intento ayudar a mi amigo.

—Oye, ¿tú has hablado con un psicólogo alguna vez?

—¿Yo, con un psicólogo? ¿Para qué? A mí no me hace falta. Y además cuesta dinero.

Claro que cuesta dinero, esa es la gran aportación de la psicología a la humanidad: enseñar que hablar cuesta dinero y en consecuencia hay que elegir bien las palabras para ahorrar. El telégrafo en su día enseñaba la misma cosa, pero la evolución tecnológica lo ha dejado fuera de combate y ahora solo quedan los psicólogos como heroicos guerreros en esta causa.

—Sí, eso es porque ayudan.

Pero Ángel tiene las ideas muy claras, aunque normalmente las guarde para sí. Muy serio y tajante:

—Mira, a los psicólogos va la gente que tiene problemas. Y yo, y los amigos que son como yo, no tenemos problemas. El que tiene problemas eres tú.

Hay que admitirlo: tiene razón.

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