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Muros para los otros

Nos atrincheramos en nuestras realidades cotidianas para no ver que, ahí fuera, el mundo arde.

El Puerto instalará una valla de 4 metros contra la presión migratoria desde el Centro Botín hasta el puente de Raos

El Puerto instalará una valla de 4 metros en el frente marítimo de Santander.

Quiero que os situéis. Estamos en pleno otoño, en la bahía de Santander. El tiempo acompaña, porque el verano se ha estirado algo más de lo habitual en estas tierras. Damos un paseo por el frente marítimo y una de las construcciones que llama nuestra atención es el Puerto, con esos enormes ferris atracados, símbolo del turismo floreciente de una ciudad escaparate. Centenares de pasajeros vienen y van, curioseando por las calles de ese escenario elaborado por quienes llevan años gobernando, centrados en dar buena imagen al de fuera, aunque en otras zonas de la ciudad se amontone la basura al lado de los contenedores o se nos caigan edificios.

Y parece ser, según nos cuentan las autoridades competentes, que tenemos un tropel de inmigrantes intentando saltar la valla del Puerto de Santander. Una se imagina, ante el discurso de la "masiva" llegada de albaneses que intentan colarse de polizones en los barcos que viajan al Reino Unido, a centenares de personas, agazapadas, esperando el momento oportuno para saltar la valla en plan horda vikinga. Y claro, ante ese relato terrorífico, aceptamos borreguilmente que nos levanten un muro de cuatro metros para impedir tamaño atentado a nuestro estado de derecho.

Bien, entendemos el contexto que nos ha tocado vivir. Una era de la postverdad, en la cual los datos objetivos son un material plástico que sirve para adaptar realidades a las necesidades políticas del individuo que las utilice. Pero creo que debemos, de vez en cuando, pararnos a reflexionar sobre esos datos y lo que significan. 568 intentos de saltar la valla en el último año. Esas son las cifras que proporcionan los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, que algo sabrán de esto, digo yo. Y se trata de saltos protagonizados, la mayor parte de las veces, por las mismas personas, es decir, que lo intentan una y otra vez. Con lo cual no hay 568 albaneses asaltando el recinto del puerto de manera continuada, semana tras semana. Se trata de un grupo reducido de personas que intentan, desesperadamente, llegar al Reino Unido para seguir con su vida. Y Delegación de Gobierno nos da la astronómica cifra de ocho migrantes devueltos desde junio, momento en que la Brigada de Respuesta a la Inmigración Clandestina –BRIC- de la policía nacional empezó a funcionar en el puerto. Ocho, ahí es nada.

Y por otro lado tenemos a nuestros vecinos del Puerto de Bilbao, que levantaron un muro, de similares características al que aquí se plantea, para frenar la inmigración ilegal. Según Delegación de Gobierno y la Autoridad Portuaria, esa pared es la causa de que vengan aquí a saltar: allí lo tienen más difícil. Pero resulta que la solución no ha sido eficaz y no ha frenado la "presión migratoria" en el puerto bilbaíno: 1.885 personas interceptadas en los primeros nueve meses de 2017. Comparativamente hablando, el "problema" de Santander da bastante vergüencita.

Importamos soluciones que no funcionan en otros territorios, supeditando nuestro espacio público por un problema menor, para colocar un muro bochornoso. Muros como puños, que golpean nuestras conciencias y nos intentan proteger de esos otros, convirtiendo nuestras blancas ciudades europeas en cárceles para privilegiados. Porque no se enteran que Europa, o será mestiza, o no será.

Pero quería abrir un poco más el foco para tener una radiografía completa de lo que sucede en el Puerto de Santander. 400 bombas rumbo a Arabia Saudí salieron desde nuestra ciudad, preparadas para matar civiles en Yemen. No es demagogia, es una realidad objetiva: pensar que son artilugios de precisión que no van a causar daños "colaterales" a la población civil es vivir en un mundo paralelo. La guerra de Yemen es uno de los conflictos bélicos más sangrientos y olvidados del mundo. Decenas de miles de muertos, 21 millones de personas sin acceso a la ayuda humanitaria, 15 millones no tiene acceso a la atención médica más básica (el 50% de la población es presa del cólera), y 3,2 millones de desplazados vagan por el país, sin salida. Esas son las cifras que esconde el lucrativo negocio de la venta armas (4.347 millones de euros en 2017, 270 de ellos de las arcas saudíes), motivo por el cual nuestro país no cancela los contratos con los nuestros amigos los jeques, a pesar de toda la presión desatada tras el asesinato del periodista Khashoggi.

Así que, por un lado levantamos muros para evitar la inmigración y por otro vendemos armas a países que masacran a la población civil y les obligan a huir de sus territorios. Nos atrincheramos en nuestras realidades cotidianas para no ver que, ahí fuera, el mundo arde. Pero seguro que algún iluminado propondrá que Okuda decore ese muro con colores luminosos para que no se nos retuerzan las tripas cada vez que pasemos por delante. Y a seguir caminando.

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