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Política de vertedero

La propuesta machista, racista y extractivista de Pablo Casado, avalada por Gema Igual, es de una inmoralidad tal que merece, más que respuesta, desprecio.

Mujeres protestan en Valencia contra una reunión sobre vientres de alquiler vestidas como personajes de 'El cuento de la criada'.

Mujeres protestan en Valencia contra una reunión sobre vientres de alquiler.

"Lo que no quiero es que haya niños en un vertedero... porque los hay", declara Gema Igual con un par de ovarios, un útero, bastante poca humanidad y un argumentario. Trata de justificar la propuesta inmoral de Pablo Casado de retrasar la expulsión de las mujeres sin papeles si dan a sus hijos en adopción y no es la primera, pues ya la alcaldesa de Logroño había hablado de "contenedores".

No quiero ni imaginarme el argumentario, mi sentido moral se ve rebasado. Qué pasará por la cabeza de una mujer que acusa sin justificación alguna a otras mujeres, en este caso migrantes, de algo de tal calibre. Ya no es solo puro prejuicio, sino la inmoralidad flagrante de convertir a la otra en no humana, su cosificación absoluta. ¿O es que acaso cabe en sus patrones utilitaristas tirar a un hijo o hija al vertedero? ¿Es tan racista que cree que las mujeres migrantes son marcianas?

Como seguramente ha ocurrido a miles de mujeres, sentí un escalofrío —físico, ético e intelectual— al saber de la propuesta de Casado: como mujer, como ser humano, como ser moral, como persona susceptible de migrar algún día. Imagina que en Inglaterra deciden que no expulsarán a las españolas que dejen en el reino uno de sus graciosos bebes rizados y morenos, tan del sur del continente. Qué insulto para las miles de mujeres con las que convivimos diariamente en este país, mujeres migradas que en nada se diferencian de cualquier otra mujer, de cualquier otra madre del mundo.

El ambiente de cernicalismo e inmoralidad que ciertos personajes de la política institucional promueven comienza a ser tan irrespirable que cuesta creer que hablen en serio, hasta el punto de parecer que fábricas de desasosiego como Casado podrían estar siguiendo una estrategia electoral en la que no deberíamos caer. Tal vez esto forme parte de la estrategia trumpianala de Steve Bannon— que consiste en irritar al personal con soflamas reaccionarias que provoquen el retweet. Sin embargo, hay ocasiones que rebasan lo soportable, veces como esta en las que resulta difícil entender cómo es posible que en una democracia actual se pueda exhibir el machismo racista y extractivista que supone la propuesta del PP y no pagar apenas peaje. No se merecen un "cordón sanitario", sino la condena al ostracismo y la expulsión de la vida pública.

Porque la calidad democrática perece de la mano de estas gentes y, mientras nos hacen perder el tiempo discutiendo sus ocurrencias sin el mínimo resquicio de ética o de respeto a los Derechos Humanos, damos pábulo —involuntario— a sus delirios retrógrados, por no decir que perdemos el tiempo, tan valioso él. En lo que nos vemos impelidas a contestar babarrasadas reaccionarias, se nos impide convivir normalmente y esmerarnos en hallar soluciones que mejoren la humanidad, que nos inserten en un presente o nos proyecten hacia un futuro mejores, en vez de atisbar un pasado y porvenir vergonzantes.

¿Merece realmente la pena impugnar con datos la bestialidad ética e intelectual de quien pretende usar a las mujeres migrantes como hornos para fabricar bebés? Creo que no, que no es siquiera necesario: cualquiera con dos dedos de frente sabe que algo así ni responde a necesidades ni realidades de las mujeres migrantes, que en todo caso ellas vienen a salvar sus hijos, no a entregarlos, y que el discurso utilitarista neoliberal que trata a las mujeres como cosas, sencillamente, no tiene cabida en una sociedad civilizada, moral —y, por ello, feminista—.

Pero hay otras cuestiones que, ya que estamos, sí me parece pertinente dedicarles tiempo: preguntarnos, por ejemplo, en qué se distingue este tipo de planteamiento neoliberal de la existencia y la maternidad de las propuestas de Ciudadanos sobre los vientres de alquiler. En ambos casos, se trata de una bioeconomía neoliberal que mercantiliza la vida, que trata a la mujer como un mero medio de producción, y al ser humano, en general, como medio, no como fin, mínimo de la dignidad humana según Kant.

También me parece pertinente recordar que el hecho de que expolien a las mujeres pobres hasta sus hijos —ahí está la clave de la racialización: afecta sobre todo a las clases bajas— no es nuevo, con lo que el PP podría estar presentando una estrategia de blanqueo —en eso son expertos—. Se hizo en el franquismo —el tristemente famoso caso de los bebés robados— y hoy es una presunta práctica irregular en los Servicios Sociales denunciada por no pocas familias, que podría afectar especialmente a familias migrantes —aún no hay estudios al respecto, solo investigaciones periodísticas—. Aprodeme es una asociación que reúne a familias cuyos hijos han sido retirados por estos servicios, en no pocos casos por cuestiones económicas, y en Cantabria, Ferdinand y Monike, cameruneses, siguen sin poder estar con su hijo W., 'expropiado' por los servicios sociales y una burocracia judicial inhumana, para beneficio de una familia pudiente que hoy les niega poder ver a su hijo a sabiendas de que no hubo el maltrato que desencadenó el kafkiano proceso.

Por último, quizá también merezca la pena reflexionar cuán limitado puede ser el discurso utilitarista que, con buena intención, emplea las necesidades económicas o demográficas para defender la legitimidad de las migraciones. Las migraciones son un hecho humano y las fronteras deben asumirlo: no solo por utilidad estatal, sobre todo por realismo y justicia planetaria. Si nos agarramos a criterios economicistas, siempre puede llegar, como de hecho ha ocurrido, un Casado sin escrúpulos que lleve la lógica al extremo y nos demos de bruces con la racionalidad distópica que muestra su propuesta, digna del Cuento de la criada.

De cualquier modo, la próxima ocasión en que la política circense nos lance el anzuelo de una afirmación tan inmoral y reaccionaria, tal vez más que indignarnos y contribuir a la crispación reinante, debamos respirar hondo y devolver un atronador silencio colectivo como respuesta. Parece más productivo desertar de la estupidez y la falta de humanidad que promueven y dedicar nuestros esfuerzos a mejorar la vida de todos y todas, evitando, en lo posible, alimentar su burda estrategia de anzuelos electorales. Y, mal que les pese a algunos y algunas, que siga floreciendo marzo, el mes de la primavera feminista.

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