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La chica de antes de ayer

Pierde brío la ciudad. No sabe lo que significa la palabra equilibrio. Santander se consuela pensando en que siempre llega el verano.

Santander es una ciudad de contrastes. Ahí la tienes, bien chula ella, una veinteañera que se despereza en la cama después de una noche de juerga y que no necesita más que un vaso de agua y un par de brochazos de colorete en las mejillas para exhibirse radiante. Dos horas de sueño, tres, si es lo mismo, me vais a ver guapa sí o también, así que no le pone esta veinteañera demasiado empeño a la cosa y ahí que sale a la calle con un vestido de nada, es todo piernas, salvaje tras una belleza fácil que comienza a desvencijarse por el Paseo Pereda, por Puertochico y Castelar, que se reinventa en la treintena en un San Martín que parece de cartón piedra, ahí la cosa cambia, necesita una buena base de maquillaje y una ampolla flash, pero sabe que con poco y nada le sigue ganando la batalla a su propio reflejo. 

A los 40 está espectacular, se ve que sí, se ha cuidado y ha leído y maneja el gesto al conversar, y es un paseo que nunca muere esta mujer elegante, perlas al cuello y pieles de animal muerto sobre los hombros, que practica una cópula orgiástica de igual a igual a la entrada del Palacio de Festivales. ¿Qué es lo que vengo a ver hoy? Tanto da. Porque ella se descuelga por Reina Victoria achispada, con dos vinos de más y el brillo inconfundible en los ojos de quien va buscando labrar las penas después de una ruptura sentimental.

Esta ciudad se divorcia de sí misma en un Sardinero maltrecho, van demasiadas historias detrás, una urbe incendiada, me empiezo a ajar, pero mírame bien, lo que yo he sido, todo lo que he sido, y se dibuja con la barbilla alzada ante el espejo del tocador manteniendo el mismo desafío en la mirada de antes de esta guerra a los años que se van.

Le recuerdan los médicos a Santander que envejecer conlleva una adaptación a las nuevas circunstancias. Canta por Aute. Que me quiten el vestido. Las flores. Las trampas. Que a la pérdida de las capacidades adaptativas y cognitivas hay que hacerle frente manteniendo la mente activa.

Bolsas. Arrugas frontales. Surcos. La caída del mentón. La caída de todo, que hasta los rizos se le arrían lacios por la espalda. Y gime aquella veinteañera de brochazo en ristre reivindicando los genes macilentos de La Albericia a El Pilón, que vaya nombre me pusieron por aquí, se queja, qué desconche éste, qué pena de vida, gris el cielo y las paredes y grises los bolsillos, qué fue de las pieles, de los animales muertos y de mi lozanía, que cuando llego a Prado San Roque no me reconozco en este amontonamiento de ventanas, demasiada humanidad, las casas descoyuntadas, heridas de sí mismas, viales que van a dar a ningún lugar.

Le recuerdan los médicos a Santander que envejecer conlleva una adaptación a las nuevas circunstancias. Canta por Aute. Que me quiten el vestido. Las flores. Las trampas. Que a la pérdida de las capacidades adaptativas y cognitivas hay que hacerle frente manteniendo la mente activa. ¿Activa?, barrunta ella. Y le echa nostalgia al asunto al recordar aquellas piernas que en su juventud hubieran podido habitar San Simón-Entrehuertas, esas cuestas, las oquedades sin luz, qué le hago yo para plantarle jeta, bastones de juguete, a todas esas escaleras.

Pierde brío la ciudad. No sabe lo que significa la palabra equilibrio. Le han dicho que el extravío celular es de un 10% por década, pero al leer los periódicos no entiende un carajo en esas palabras impresas que hablan de renovación cuando no existen ya movimientos coordinados en esta anatomía que quiere ser inversa, mira a ver, hay que ordenar tus volúmenes, definir las rasantes interiores, suelo urbano, eres un montón de suelo urbano que vamos a rellenar con bótox de cemento. 

Santander se consuela pensando en que siempre llega el verano. Lo hace a pesar de las bermudas y las chanclas, que mira con desprecio; a pesar del asombro que le siguen provocando los tipos en camisa, bañador y náuticos; a pesar del tren playero y las mesas plegables en la arena y a pesar de que su contraste mental no le permita asimilar las colas de media hora por conseguir un helado en Regma. Qué tema, suspira ella frente a su reflejo de mujer vieja. Con lo que engorda.

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