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El valle del Roncal se vuelca con el turismo de las estrellas

El programa Pirineos la Nuit, impulsado por el Planetario de Pamplona, aúna astroturismo, protección del medioambiente, desarrollo local y sostenible e investigación

Sesión en el Planetario de Pamplona.

Sesión en el Planetario de Pamplona.

El turismo es una de las principales actividades económicas de nuestro país, destino tradicional de sol y playa atractivo para medio mundo por sus precios competitivos. El modelo, exprimido hasta la saciedad desde los años sesenta del pasado siglo, fue inmortalizado en el cine con películas que ya forman parte de nuestra historia, como Amor a la española (1966), El turismo es un gran invento (1968), Objetivo bikini (1968), El abominable hombre de la Costa del Sol (1968) y Manolo la nuit (1973).

Las suecas ataviadas con pecaminosos bikinis perseguidas por Alfredo Landa o José Luis López Vázquez contribuyeron decididamente a la apertura del país, y enseñaron a la pacata sociedad española de la época -o a sus censores- que no era un mal negocio.

De vuelta al siglo XXI, el Planetario de Pamplona lleva desde el año pasado impulsando su programa Pirineos la Nuit, afortunado nombre que, entre otras muchas cosas, trata de diversificar el turismo y hacerlo posible en zonas hasta ahora minoritarias, como el valle del Roncal, en Navarra.  Junto con sus socios del Parc Astronòmic del Montsec, en Ager, Lleida, y el Observatorio Astronómico del Pic du Midi, en los Altos Pirineos franceses, persigue un objetivo ambicioso e inédito hasta la fecha: certificar la calidad del cielo de toda la cordillera pirenaica y fomentar el desarrollo del territorio, las visitas a la zona y la investigación.

“En lo relacionado con la astronomía, nos dimos cuenta hace tiempo de que hace falta proteger los cielos, sobre todo en las zonas donde hay observatorios profesionales. Es una inversión muy grande, de muchos países, y la contaminación lumínica puede arruinarlos”, explica Fernando Jáuregui, astrofísico del planetario de Pamplona.

Observación de estrellas en la foz de Arbayun (Navarra).

Observación de estrellas en la foz de Arbaiun.

El ejemplo paradigmático está en Barcelona, cuna del Observatorio Fabra, que se inauguró a principios del siglo XX en las Ramblas. “Cuando se electrificó la ciudad se lo llevaron al Tibidabo, que ya era lejos, y luego otra vez lo trasladaron al Pirineo, donde en no todos los sitios se puede hacer ya ciencia puntera”, explica Jáuregui.

En este mundo nuestro tan electrificado, quedan tres lugares especialmente apropiados para observar el cosmos: las montañas de Hawái, el desierto de Chile y la isla de la Palma. “La Palma fue pionera en proteger sus cielos, porque el observatorio de El Roque de los Muchachos fue una inversión muy costosa, y consiguieron que por lo menos las ciudades de su entorno se iluminaran hacia abajo”, apunta el astrofísico.

“Eso poco a poco dio paso a un movimiento que vela por proteger los lugares donde las estrellas todavía tienen una presencia”, indica. Los sellos Starlight nacieron hace ya 11 años, impulsados por una de las dos únicas entidades en el mundo que certifican la calidad de los cielos: la propia fundación Starlight, vinculada al Instituto de Astrofísica de Canarias, y la Dark Sky Association, en EEUU, que tiene lugares protegidos en todo el planeta. “Con estos sellos se llama la atención para proteger los cielos, son divulgativos. Buscan cielos todavía oscuros y tratan de protegerlos, y de paso, genera una oportunidad de desarrollo sostenible, porque suelen ser zonas rurales con escasa población, por eso son oscuros”, revela el astrofísico.

Este sistema de certificación está respaldado por la Unesco, la Organización Mundial del Turismo y la Unión Astronómica Internacional. Se trata, pues de aunar, ciencia y turismo, ya que el sello Starlight tiene una triple dimensión, científica, cultural y económica (turística).

El astroturismo o turismo de estrellas es muy interesante para un territorio: “Familiar, de cierto nivel cultural, de amantes de la naturaleza… y la distinción que tiene con otros turismos de naturaleza es que es nocturno, por lo que invita a la pernoctación, lo que lleva consigo un mayor gasto en destino”, advierte Jáuregui.

Dicho de otro modo, el bucólico valle de Roncal está a una hora de Pamplona en coche y a menos todavía de Jaca: lo habitual es que los turistas lo visiten como destino de día y se vayan a dormir a otro sitio, lo que reduce drásticamente el gasto por persona.

Pero no son solo las razones económicas las que impulsan este turismo, pues cualquiera que haya levantado la vista al cielo una noche despejada ha comprobado en primera persona el paisaje natural maravilloso que es el cielo estrellado. Y en Roncal, “si tienes suerte y no hay nubes, además va a haber gente formada que te lo va a poder enseñar”, aseguran desde el Planetario de Pamplona.

Curso de monitores en el programa Pirineos La Nuit.

Curso de monitores en el programa Pirineos La Nuit.

Para ello, la institución se ha volcado en lograr las certificaciones de cielos oscuros y en la formación de monitores locales que puedan atender a los visitantes. “Hemos dado cursos para que la gente del valle pueda aprovechar el turismo astronómico, la idea es convertir un recurso en un producto turístico”, explica Jáuregui.

Además de la certificación Starlight, el proyecto Pirineos La Nuit incluye el estudio y caracterización de la oscuridad del cielo en todo el territorio pirenaico, una modelización 3D de cómo es el cielo y cómo afectan las distintas poblaciones y su luz artificial a la fauna.

La ciencia, la divulgación y el turismo son las patas que conforman el proyecto Pirineos la Nuit, que tiene en la contaminación lumínica uno de sus mayores enemigos. “Iluminar hacia abajo es uno de los requisitos elementales que todo el mundo entiende: no sirve de nada enviar la luz al cielo, y la electricidad se paga igual. Debemos tener en cuenta también la cantidad que se necesita, porque las calles no se iluminan para que la gente lea el periódico de noche. Es para ver y tener seguridad. Y si no hay otros condicionantes, la luz más cálida, menos azul, es menos perjudicial, tanto para el medioambiente como para nuestra propia salud”, explica Jáuregui.

En su opinión, “hay más conciencia, pero no vamos a mejor, sino a peor. La contaminación lumínica es un parámetro que está aumentando un 2% al año de manera continua. Otros contaminantes estamos reduciéndolos, como el plomo en aire o el NO2, pero la lumínica es la forma de contaminación que más crece. Y eso que las luminarias ahora iluminan hacia abajo, pero se está instalando tanta potencia y una luz tan blanquecina… los leds han contribuido, bajo la etiqueta de que consumen mucho menos, a instalar más luz”, denuncia el astrofísico, que pide “una nueva forma de entender nuestra relación con la luz de noche, una nueva cultura de iluminación”. Aprovechar una noche oscura para hacer astroturismo en Roncal podría ser un buen comienzo…

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