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¿Todo es bueno para el convento?

El uso del término “conflicto” es interesado y fatuo, y convierte a los presos de ETA en lo que Otegi y Sortu pretenden, es decir en “presos políticos”

Decenas de miles de personas "denuncian" en Bilbao la política penitenciaria

EFE

Euskadi no es un convento, pero no le hubiera venido mal a sus autoridades disponer de un claustro para pasear por él e ir reflexionando sobre la paz que, con tanto anhelo e inquietud, buscábamos los vascos. Quienes pusieron tanto de su parte para que la paz y la convivencia fueran casi una quimera, es decir los terroristas de ETA y sus cómplices de la Izquierda Abertzale, que llegaron a vocear en las calles “ETA mátalos”, ya han sido derrotados mediante la contundencia policial ante su pertinencia desmedida. Pero lo que queda de ETA, aún no disuelta, sigue dando guerra… Y siguen dando guerra quienes continúan reivindicando la pacificación y la convivencia desde un posicionamiento absurdo que predica la equidistancia entre víctimas y victimarios. La sociedad vasca está suficientemente constreñida como para que en una misma familia convivan víctimas y victimarios, o familiares de tal con amenazados aterrorizados, de modo que los discursos institucionales han tenido que hacer equilibrios para satisfacer y enfadar en la misma medida.

Cuando ETA, derrotada previamente mediante la Ley, la constancia y el acierto de las Instituciones decidió dejar de atentar se abrió un periodo difícil de administrar para los gobernantes autonómicos. Cuando el Lehendakari Patxi López apostó por acordar con el PP un Gobierno que plantara cara al terrorismo etarra, estaba arriesgando mucho, porque la sociedad vasca adolecía, y aún adolece, de una endogamia peligrosa en la que conviven vínculos muy imbricados unos en otros que han impedido la contundencia y la libertad. También el nacionalismo vasco buscó la paz, pero lo que caracterizó a tal búsqueda fue la pusilanimidad a la hora de adjudicar la culpabilidad del hecho terrorista, al menos desde el momento en que Franco, con su muerte, dejó el camino libre para que se iniciara un nuevo tiempo.

Cuando escribo este artículo ya se ha celebrado la manifestación en la que (según la prensa escrita) “miles de personas exigen en Bilbao un cambio en la política penitenciaria”. Es verdad, pero todo es muy engañoso, porque a la cita convocada por la plataforma llamada SARE, ocasionalmente útil para los presos y sus familias, no acudieron los partidos políticos vascos más importantes. Curiosamente el ex etarra Otegi estaba mientras tanto en Berlín falseando la realidad y reivindicando “la libertad de los presos políticos vascos”. De modo que, de un plumazo, los presos de ETA se han convertido en presos políticos. Lo que Otegi dijo en Berlín contrasta con la pluralidad que vio el responsable de SARE, Joseba Azkarraga, en la marcha de Bilbao en la que, al parecer, se defendían los derechos de los presos asesinos de ETA como si se estuviera defendiendo a un carterista, a un matón o a un traficante de drogas… Y al mismo tiempo Urkullu buscaba en el Vaticano la mediación del ”número dos” (el siguiente al Papa Francisco en el escalafón) Monseñor Paroli, para consolidar la paz. Urkullu buscaba en el encuentro con Paroli un impulsor de la convivencia que no debería ser necesario, porque el diagnóstico de la situación actual es coincidente para casi todos, si bien no lo son ni la terapia a aplicar ni las actitudes de los líderes vascos.

El colectivo de presos y ex presos vascos no se pronuncia de modo unitario. Los hay que aún mantienen el dedo en el gatillo aunque les hayan desposeído del arma pertinente

El colectivo de presos y ex presos vascos no se pronuncia de modo unitario. Los hay que aún mantienen el dedo en el gatillo aunque les hayan desposeído del arma pertinente. Los hay entregados a la mística religiosa pues no en vano, como pregonaba el título de un famoso libro “ETA nació en un seminario” (Alvaro Baeza). Los hay haciendo vida normal en las calles después de haber mostrado su arrepentimiento y obtenido las medidas de gracia con las que la sociedad buscó el fin de la violencia y la integración de los violentos apaciguados. Y los hay, por fin, que permanecen en las cárceles supeditados a las estrategias de quienes, desde las calles, los usan como puntas de lanza de su quimera independentista. Es en este último apartado en el que hay que encuadrar a quienes, convocados por SARE, pasearon por las calles de Bilbao con tantas reivindicaciones dirigidas a las pacíficas Instituciones, y tan pocas dirigidas a la ínclita y despreciable ETA. SARE, a pesar de la posible “encomiabilidad” de su empeño, está haciéndole los mandados a una organización terrorista que tiene a sus espaldas más de un millar de asesinados, sin juicio de ninguna clase, y sin otro veredicto que justificara los asesinatos que la maldad y la miseria moral de los ejecutores. SARE hace un importante esfuerzo intentando naturalizar un hecho tan brutal (la violencia terrorista en Euskadi y en España), pero se equivoca cuando no exige a ETA su disolución.

La nomenclatura que se utiliza cada vez que afloran estas acciones programadas en favor de la paz no es inocente. Con todo el respeto para quienes abrían la manifestación, la mayoría familiares directos de asesinados, se trata de una añagaza por parte de la plataforma para arrimar el ascua a una sola de las varias sardinas que aún se queman en forma de ascuas o rescoldos de ETA. El uso del término “conflicto” es interesado y fatuo, y convierte a los presos de ETA en lo que Otegi y Sortu pretenden, es decir en “presos políticos”, en lugar de mantenerlos en lo que siempre han sido: delincuentes comunes y asesinos. Las coletillas utilizadas por quienes acudieron a la manifestación, -“les toca a ellos mover ficha”, “viven más cómodos obstaculizando la paz” o “…para que no haya más víctimas”-, que han recogido los diarios, vinieron inducidas por las intenciones arteras de los organizadores, que quieren la paz y la buena convivencia pero la quieren sin que sea imprescindible la capitulación previa de ETA en los justos términos en que debería producirse.

El comunicado leído por SARE es delatante. Se inició en un tono poco edificante y desafiante: “¡Que se nos oiga, que se nos sienta, que se nos vea en Madrid y en París, en las cárceles y en el exilio!”. No dijeron nada de los cementerios en los que reposan las víctimas que asesinó ETA. Y hablaron de la “resolución del conflicto” cuando el motivo de la manifestación solo era reclamar el final de una situación dolorosa para las familias de los presos, como es la dispersión en diferentes cárceles españolas. Pero ellos, erre que erre, utilizando un lenguaje apocalíptico y mezquino que puso en tela de juicio sus intenciones reales, más aún cuando exigieron que se ponga fin a “las vulneraciones que supone la aplicación del derecho penal y penitenciario del enemigo”. ¿Amigos y enemigos? ¿Cómo puede usar esos dos términos una organización que busca la concordia? Eso sí, culminaron con un colofón lleno de sentimiento, insinuando que el Estado “vengativo” usa “la lógica perversa que intenta imponer desde la justicia vindicativa lo que no pueden ganar en las urnas ni en los corazones de Euskal Herria”. ¿Es este el programa pacificador que ha de buscar espacios para la condescendencia y la convivencia de todos los vascos? ¿Es este el fin, el objetivo pacificador de SARE? Para este viaje no son necesarias las alforjas.

Deberíamos sacar conclusiones. También SARE, que no ha contado con la aquiescencia y el respaldo de ningún partido político vascos, salvo los adscritos a la llamada Izquierda Abertzale. Euskadi (más aún Euskal Herria) quiere otra cosa, aunque venga inducida por Monseñor Paroli desde los aledaños de la Capilla Sixtina. Lo que no necesita son agitaciones absurdas. Si SARE hubiera exigido en este mismo viaje a ETA su disolución yo no hubiera escrito este artículo.

 

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