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Carta abierta a José Mari Calleja

El periodista José María Calleja

Todo es más sencillo si tu primer profesor universitario es José Mari Calleja. Una persona con la que empaticé instantáneamente. Por su entusiasmo vital, su frescura, su precisión con el lenguaje, su compromiso con la libertad y su generosidad. Y que, muy pronto, se convirtió en mi amigo.

Como ciudadano, se jugó literalmente la vida. Un luchador infatigable por la libertad. Contra la dictadura franquista y contra el terrorismo de eta. Decía "eta" en minúsculas porque consideraba que, de este modo y sin mayúsculas, no engordaba a la bestia. Siempre tan lúcido y novedoso con el lenguaje. Siempre estuvo donde tuvo que estar. "Siempre estoy donde no tengo que estar", me decía irónicamente. Pero estaba en el lado correcto, en el de las libertades. Encarcelado en el franquismo y escoltado por la presión etarra. "Aquí vengo con mis primos", como me decía cariñosamente en referencia a sus escoltas. Además, aportó soluciones con la mejor herramienta: la palabra. Siendo preciso con el lenguaje, con el vocabulario. Dando voz a los que menos voz tienen, que es una práctica prioritaria en el periodismo.

Fue el autor del primer libro sobre las víctimas del terrorismo etarra. En unos tiempos de plomo donde, como él decía, estaban "dos y el del tambor". Uno de los tres era él. Y yo os digo que el primero y desde el primer día. Humanizando a las víctimas, dándoles voz, presencia, calor humano a sus familias, empleando las palabras correctas para hablar claramente de asesinatos, violencia, terrorismo, totalitarismo y fascismo. Como activista ciudadano, como periodista. Como donostiarra y vasco de adopción.

En otoño de 2011, se cumplió su sueño de una Euskadi en paz. Una Euskadi plural, diversa, transversal y sin terrorismo. De una convivencia entre diferentes en una tierra sin parangón, maravillosa y con ese verde que te absorbe. José Mari pudo volver a recorrer las calles "de lo que un día fue Donosti ensangrentada y en una hermosa plaza liberada detenerse a llorar por los ausentes", como le gustaba parafrasear. Gracias a su valentía, su convicción y su lenguaje.

Y todo esto con un sentido del humor absolutamente inigualable. Con un elenco ecléctico y prolongado de expresiones propias de él, de autoría propia y con una ironía sagaz, concreta y clara. Luchando contra el terrorismo, bajo la amenaza perenne y después de perder a tantos amigos. "Con ese redactor-jefe, que es el miedo, pero siempre manteniendo la dignidad un par de peldaños por encima del miedo", como nos decía. Y siempre con humor. Conseguía hacernos reír en una situación tan delicada. Lúcido, brillante y perspicaz. Una retahíla industrial de salidas irónicas.

La lectura te permite viajar. Tenía una capacidad incomparable para describir paisajes, fotografiar escenarios con sus palabras. Le dije en varias ocasiones que, cuando la paz llegase, algún día podría escribir un libro de turismo. No sé si por ello me regaló, entre otros libros, uno sobre esa materia.

Yo le voy a recordar con sonrisas y enseñanzas. Por su cariño inmediato hacia mí, por sus regalos en formas de libros, por nuestras conversaciones, por tantas conferencias, por aquel blog, por su cariño hacia mis camisetas, a mi pelo, hacia mi forma de comportarme, de hacer periodismo y un largo etcétera. Pero, especialmente, por su lección de deontología, de precisión quirúrgica con el vocabulario, por su sentido del humor absolutamente incomparable y por una bondad excepcional.

Mientras tanto, seguiré intentando, "en caso de duda, hacer periodismo". Nos quedan sus libros, sus artículos, sus intervenciones. Y un recuerdo imperecedero.

Siempre he pensado que los homenajes se hacen en vida, José Mari. Yo me quedo tranquilo de saber que hace apenas unas semanas te recordé lo que pienso de ti. Y me volviste a recordar lo que piensas de mí. Y así, créeme, es mucho, mucho más sencillo seguir luchando. Ya nos lo dijimos muchas, aunque insuficientes veces.

Como siempre has dicho, "no sé si existe el cielo, que no tengo información de última hora". Yo tampoco lo sé, José Mari, pero sí sé que, si existe, te mereces el asiento primero de tribuna. Y querré volver a reencontrarme contigo para seguir aprendiendo, seguir riendo y poder abrazarte.

Tuyo siempre.

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