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El chorizo Franco de Casa Pepe

El bar franquista 'Casa Pepe', adornado con carteles en defensa del militar golpista. / MAR GONZÁLEZ

Eduardo Ranz

Abogado especialista en memoria histórica —

Los autoritarismos tienen muchas caras, algunas de las peores se disimulan entre vecinos y se exponen con barbaridades y cánticos, cuando saben que nadie puede impedírselo. Lo que es seguro es que, quien reclama para España como solución a la “dictadura roja” una democracia “orgánica” –como la de después del golpe de estado, la de los 114.000 fusilados– añoran un salvador casi divino, un Franco, como dios manda, y subsidiariamente un Hitler. Pero Franco no puede ser tratado como un vecino sin delito, fue un dictador, un autócrata que empezó fusilando y terminó fusilando. Quien reclama esa nostalgia, no es un vecino, es un fascista. Quien sueña con mujeres de 18 o 20 años y considera que la mujer, “la pata quebrada y en casa”, debe vivir en la cocina y no salir de su casa, limpia que te limpia, no es un hostelero, es un ser que ejerce violencia machista.

Dedicar una calle en la que se juntan en el homenajeado fascismo y machismo, junto con golpe de estado a escala municipal, es lo que ha ocurrido en Almuradiel (Ciudad Real). Con la nocturnidad de aprovechar que la alcaldesa estaba de baja, los concejales del PP, con la colaboración necesaria de Ciudadanos, han vuelto a atentar contra la dignidad de las personas, en vía pública, contra un grupo social determinado. Y lo han negado. Esta no debería ser nuestra patria. Todo mi apoyo para María Asunción del Moral, mujer trabajadora, demócrata y alcaldesa de la localidad.

Conozco bien la aplicación de la Ley de Memoria Histórica en juzgados y tribunales, y puedo afirmar que hay un sector entre la judicatura proclive a avanzar en derechos humanos y reparación para las víctimas del franquismo. La parte negativa es que son una minoría; la positiva, que son los más preparados.

La crítica que recibimos los defensores de los derechos humanos que no queremos calles ni pueblos dedicados a asesinos, es que, para cambiar las calles, nunca es el momento porque hay otras prioridades en el pueblo. Además, se nos dice, que acarrea un coste de un operario en nómina mensual, supuestamente desproporcionado para las arcas municipales.

Almuradiel tiene nueva placa, inaugurada con homenaje de legionarios en suelo público, con tambor y trompeta, custodiados por la Guardia Civil, autobús, corneta, cura, y seguramente mucha cabra desfilando por La Mancha, hasta Casa Pepe.

Primero habrá que preguntarnos a todos los españoles si queremos calles, plazas, nombres de pueblos dedicados a asesinos, a fascistas. Y en segundo lugar, esta votación ya se produjo en el Congreso de los Diputados hace diez años y salió que NO, votando en contra el mismo Partido Popular que ha regalado una calle a quien ha hecho negocio durante décadas con la exaltación de la guerra civil y dictadura, hoy prohibidas por ley. En la estación de Atocha no hay una calle dedicada a los yihadistas, ni un tendero en Colmenar de Oreja que se dedique a hacer negocios con productos no cárnicos con marca “Obama Bin Laden”.

Quienes se merecen miles de calles no son quienes “hacen negocio” con el franquismo antes del paso por Despeñaperros; quienes se merecen calles en todas las provincias españolas, honores y distinciones, son los voluntarios a pie de fosa (y digo voluntarios porque a día de hoy el Gobierno no les ha otorgado un rango laboral, pese a tener títulos universitarios y arreglar “ese negocio” franquista que empezó matando y terminó asesinando). Son merecedores de calles los que tienen experiencia en exhumar dignidad.

Mientras que tras 40 años de democracia, España es un país que incumple las recomendaciones de la ONU, es cuestionado por aplicar una norma que genera amparo a los torturadores, e impide el derecho de acceso a la justicia de los torturados y de descendientes de desaparecidos, tenemos que soportar este tipo de actuaciones impresentables, desde cualquier punto de vista democrático. Que no nos cuenten misas, son ellos.

Además de enaltecer la exaltación de la guerra civil y dictadura como segundo plano, lo que ha hecho el homenajeado en primer término, es un negocio. No existe el embutido Azaña, en cambio, sí hemos probado el chorizo Franco.

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