¿Qué hay que aprender cuando la IA lo sabe todo?
Me gustaría explicar a la sociedad la perplejidad de los sistemas educativos ante los colosales cambios culturales que estamos experimentando y que plantean una pregunta ineludible: ¿Qué hay que aprender cuando la IA lo sabe todo? La respuesta más sencilla la dan los alumnos: “¿Para qué voy a aprender si lo puedo encontrar?” Esta respuesta es el resultado de una “chapuza evolutiva” y de un “virus mental”. La chapuza evolutiva consiste en que nuestro cerebro es eficiente pero perezoso. Ya en 1984, Susan Fiske y Shelley Tayloracuñaron la expresión “cognitive miser”. Si encuentra una solución fácil, la adopta. El virus mental al que me refiero es una absurda creencia que ha infectado la pedagogía actual: “No hay que aprender las cosas de memoria”. Teniendo en cuenta que la memoria es el órgano del aprendizaje, decir que no hay que aprender las cosas de memoria significa llanamente que no hay aprender.
La IA aparentemente resuelve la situación. Lo sabe todo y tiene respuestas para todo. Su eficacia es análoga a la de un aparato de diálisis. Cuando los riñones de una persona fallan, los aparatos de diálisis los sustituyen realizando su función depuradora. Cuando la inteligencia personal claudica, la IA viene en su auxilio. El único inconveniente es que en ambos casos -la diálisis biológica y la diálisis mental- el individuo se vuelve dependiente de la máquina. Esa dependencia supone el debilitamiento de nuestro “sistema inmunitario mental”, en especial del pensamiento crítico, lo que nos hace vulnerables ante la manipulación y el poder de las ideologías.
Las predicciones dicen que la generación que entra en las aulas experimentará la Singularidad. “Singularidad” es un término tomado de las matemáticas y de la física que indica que una ecuación o una ley estalla y se convierte en impredecible. Los tecnólogos como Roy Kurweil y compañía lo asocian a la aparición de la Inteligencia Artificial General. En Europa no se habla de Singularidad, sino de “transhumanismo”. Lo comparan con la aparición de una nueva especie. Después del homo sapiens sapiens, viene el homo sapiens ciberneticus. Este cambio los van a soportar los niños que ya están en la escuela, porque su advenimiento se espera antes de diez años. ¿Estamos pensando en su futuro? No. ¿Quién va a decidirlo? Casi con toda la seguridad, la tecnología. ¿Es de fiar? No. Por ello, por el bien de la Humanidad, necesitamos que los mejores talentos se ocupen de la educación, porque es la gran energía evolutiva (junto a las mutaciones y la selección natural). Somos híbridos de naturaleza y cultura y lo que nos define es que somos la única especie que educa a sus crías. Es nuestra fuerza y nuestra debilidad.
Entramos en campaña electoral y estoy seguro de que los temas educativos no van a tener la menor importancia. Los temas urgentes absorben la atención, pero una de las trampas mentales que nos amenaza a todos es centrarnos únicamente en las soluciones a corto plazo. Si nos estamos ahogando en medio del océano, lo primordial es respirar, sin duda, pero lo fundamental es como llegar a tierra firme después.
La situación actual plantea en su inflexible dureza la “Ley universal del aprendizaje”, que dice así: “Toda persona, organización, empresa, nación, para sobrevivir, necesita aprender al menos a la misma rapidez a la que cambia su entorno y para progresar deberá hacerlo a más velocidad”. Quien no se someta a esta ley, quedará marginado inexorablemente. Ocurre que el entorno cambia vertiginosamente, por eso, como señaló Stiglitz, premio Nobel de Economía, debemos ser conscientes de que hemos entrado en la Sociedad del Aprendizaje. Todos tenemos que aprender, lo que convierte la educación en la salvaguardia de nuestra autonomía, y en el motor principal del progreso económico y social. Para ello es necesario cambiar la actitud de un país, movilizarlo para aprender a todas las edades. Algunos países lo han entendido e incentivan que todo el mundo lo siga haciendo. Singapur es un ejemplo. Anima a todos los adultos a que sigan formándose, para lo que creó un sistema llamado SkillFuture que concede a todos los ciudadanos un “cuenta personal para formación”, un dinero virtual que solo se puede dedicar a pagar alguno de los cursos de formación (25.000 cursos aprobados); y un subsidio a los 40 años para que se reinventen profesionalmente las personas que lo necesiten. Se ocupa también de evaluar los resultados para comprobar que el modelo funciona. Hay proyectos parecidos, aunque no tan exitosos en Francia (Compte Personnel de Formation (CPF)), Canadá (Canada Training Benefit (CTB)), Países Bajos (STAP-budget (Stimulans de Arbeidsmarkt Positie), y la Unión Europea en 2022 aprobó una “Recomendación relativa a las Cuentas Individuales de Aprendizaje”, que España incluyó en la Ley de Empleo de 2023, pero que, hasta donde yo sé, no ha entrado en funcionamiento.
Con esta iniciativa, la Unión Europea reconoce la necesidad de aprendizaje continuo en el mundo laboral, pero hay que mirar el tema con una perspectiva más amplia. La longevidad hace necesario un aprendizaje a lo largo de toda la vida, no solo para el bienestar individual, sino para la buena salud política. Es imprescindible una ciudadanía bien informada, capaz de resistir a la manipulación y de colaborar en una gobernanza inteligente. Insisto en que lo importante es un cambio de actitud social como gran vacuna contra los extremismos, la credulidad, la manipulación, o la incitación a la pereza procedente de las nuevas tecnologías.
Una gran investigadora sobre estos temas -Carol Dweck- ha propuesto como meta la creación de una “nación de aprendices”, basada en lo que denomina “mentalidad de crecimiento”, es decir, la creencia en que se puede mejorar y en el “poder del ”todavía“. Cuando una persona no consigue resolver un problema, en lugar de decir ”no sé hacer esto“ (mentalidad fija), se dice a sí misma ”no sé hacer esto todavía“. Esta fue una de las ideas básicas de la reforma educativa de Estonia, que la ha colocado a la cabeza de las puntuaciones europeas en PISA. Una reforma de la que deberíamos aprender porque ha sabido hacer compatible la calidad con la equidad educativa (reduciendo la influencia socioeconómica de las familias en los resultados). Ha conseguido orientar bien la introducción de las Inteligencias Artificiales en el aula, distinguiendo las ”habilidades intelectuales de menor nivel“, que pueden confiarse a la IA, y reservando a la inteligencia natural las de máximo nivel, que son el pensamiento crítico, la resolución creativa de problemas, y el arte de formular buenas preguntas (prompting). Y, sobre todo, ha reconocido la importancia de la educación infantil y primaria, con un acompañamiento estrechísimo para evitar que ningún alumno se quede rezagado. Por cierto, en el 2003 el premio Nobel de Economía James Heckman ya mostró en su famosa ”Curva de Heckman“ que la inversión en educación primaria es la más rentable de todas.
Es cierto que el futuro es impredecible, pero hay una cosa que sí sabemos de él con seguridad: va a plantear problemas. Por eso, los sistemas de educación más inteligentes están reformulándose para desarrollar la “competencia heurística”, la capacidad para resolver problemas. De hecho, PISA ha ido dando cada vez mayor importancia a este aspecto. Pero no se trata solo de resolver problemas de matemáticas o ciencias, sino de ayudar a formar una “personalidad resuelta”, que marche con determinación y lo haga resolviendo también problemas afectivos, sociales, políticos, éticos.
Este artículo solo pretende hacer oír la voz de la educación en la algarabía política actual, y animar a que la ciudadanía presione a los partidos políticos para que digan cuáles son sus proyectos educativos, si es que tienen alguno. En el año 2016 publiqué Despertad al diplodocus, para defender que España podía tener un sistema educativo de alto rendimiento en 5 años. Fundaba ese plazo en la experiencia de algunas reformas exitosas, en los estudios de McKinsey y en la experiencia de transformación de centros educativos. No se hizo nada y seguimos estancados. Me gustaría que algún partido político aceptara el reto. A la vista de la mayor complejidad de la situación pienso que el plazo debería aumentarse dos años más para dedicarlos a la formación del profesorado, asunto en el que está teniendo dificultades Estonia. Sería buena idea encomendar una vicepresidencia del Gobierno a un Ministerio de Fomento del Aprendizaje, que integrara todas las competencias educativas que tienen los ministerios de Educación, Universidades, Ciencia, Cultura, Industria, Trabajo, Infancia y Juventud, etc., y sirviera para poner el país en marcha.
No tenemos mucho tiempo, si queremos no ser arrollados por los cambios. La desidia ducativa no es solo nuestra, sino de gran parte de Europa. Por eso es necesario cambiar de actitud. Sospecho que los políticos no se tomarán en serio este asunto, porque planificar a siete años excede a su tacticismo, pero confiaré en la máxima de Dweck y en el poder del “todavía”.
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