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Israel en guerra

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.

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Cincuenta años y un día después del inicio de la guerra del Yom Kippur (1973) Israel ha vuelto a registrar un fracaso mayúsculo en sus servicios de inteligencia al verse trágicamente sorprendido por un ataque masivo de varios grupos palestinos desde la Franja de Gaza. Con la operación Diluvio de Al Aqsa, combinando acciones artilleras con la infiltración terrestre y naval en varias ciudades israelíes, y contando tanto con medios de Hamas como de la Yihad Islámica, los atacantes han demostrado tanto su capacidad operativa a pesar del sistemático castigo que vienen sufriendo desde hace años, como los límites del sistema israelí de defensa.

Para llegar hasta aquí ha sido preciso, en primer lugar, un alto grado de coordinación entre los responsables políticos y militares de unas facciones armadas palestinas que no se suelen caracterizar por sus buenas relaciones internas. Así, al tiempo que dejan nuevamente a la Autoridad Palestina en el ostracismo, confirman su voluntad para unir fuerzas contra el enemigo común. Unas fuerzas que no podrían tener el nivel que han demostrado si no fuera por el respaldo que, sobre todo, Teherán viene prestando también desde hace tiempo; sin que los múltiples ataques israelíes para cortocircuitar los canales por los que llegan las armas a manos de los milicianos palestinos hayan logrado evitarlo.

Por otra parte, desde una perspectiva militar, la masiva acción artillera –con el lanzamiento de miles de cohetes y misiles de características muy diversas– cobra pleno sentido cuando lo que se busca es la saturación de los sistemas de defensa antiaérea israelí para garantizar que muchos de ellos logren llegar a su destino. Por muy sofisticados que sean los sistemas Patriot, la Honda de David y la Cúpula de Hierro con los que cuenta Tel Aviv, ni son impenetrables ni pueden responder con éxito a tantos proyectiles lanzados en tan poco tiempo. En este punto vuelve a quedar de manifiesto el fracaso israelí al no haber podido impedir que muchos de esos proyectiles hayan llegado a Gaza (otros han sido fabricados en el interior de la Franja) y al no haber detectado los preparativos para su lanzamiento masivo.

En paralelo, la acción de infiltración demuestra que, a pesar del permanente y abrumador despliegue de las Fuerzas de Defensa de Israel alrededor de la Franja (apenas 400km2), acompañado de un aparataje tecnológico de detección muy sofisticado y de los colaboracionistas con los que cuenta en su interior, no han sido capaces de frenar ese movimiento. No parece que los efectivos infiltrados tuvieran un objetivo muy claro, más allá de sembrar el pánico entre la población civil y eliminar a quien se les opusiera. En todo caso, es obvio que el hecho de capturar a algunos soldados y civiles (vivos o muertos) les proporciona una importante baza de presión y negociación para lo que venga a continuación (incluyendo posibles intercambios de prisioneros). Una segunda intención del ataque, más estratégica, es dificultar el proceso de normalización de relaciones en el que están inmersos Israel y Arabia Saudí, en la medida en que la previsible reacción bélica de Tel Aviv hará más complicado a Riad dar el último paso, por lo que supondría de absoluto abandono de la causa palestina.

Porque, de hecho, todo apunta a que lo que vendrá ahora es una escalada militar israelí, con la operación Espadas de Hierro ya en marcha, en línea con las primeras palabras del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, insistiendo en que el país está en guerra (como si esa no fuera la realidad permanente en Palestina desde hace décadas). Un Netanyahu que, al frente del gobierno más extremista de la historia de Israel, no parece comprender que su fuerza –después de seis guerras y dos Intifadas– no le sirve para doblegar definitivamente la resistencia palestina a la ocupación. En términos comparativos está muy claro que los palestinos nunca podrán alcanzar por la fuerza el fin de la ocupación y la creación de un Estado soberano, dada su enorme inferioridad de medios frente a Israel; pero igualmente es evidente el fiasco de la política de fuerza seguida por Tel Aviv.

Si Hamas y la Yihad Islámica han dado este paso, sabiendo que Israel va a castigar nuevamente a la población palestina y a golpear selectivamente a sus cuadros y a sus unidades, cabe imaginar que no todo se limita al golpe ya realizado, sino que se habrán preocupado de almacenar más medios violentos con los que responder a las sucesivas oleadas israelíes. Y todo ello mientras Hezbolá sigue atentamente los acontecimientos, sopesando si le conviene abrir un nuevo frente para obligar a Israel a diversificar sus esfuerzos.

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