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El legado de la Gran Crisis

El paro sube en septiembre en 27.858 personas, su mayor alza en este mes desde 2012

Diego López Garrido

Estos días se recuerda con amargura una fecha: 15 de septiembre de 2008.

Aquí no voy a escribir sobre lo que pasó. Ya lo hice. Prefiero referirme a lo que la Gran Crisis nos ha cambiado. Es verdad que ha terminado –casi-, pero esa “tormenta perfecta” nos ha llevado a una nueva situación social, económica y política, inédita en el mundo occidental.

El primer legado de la crisis es la desigualdad estructural. El estallido de la crisis deparó inmediatamente un radical desplome del empleo, o sea, un enorme “ejército de reserva” laboral. El empleo se ha venido recuperando, pero la crisis creó el modelo que hoy domina: precariedad y temporalidad crónica del puesto de trabajo -en especial en mujeres y jóvenes- producto de una profunda desregulación de las relaciones laborales. Sin ella, la empresa ya no se atreve a contratar . El efecto añadido es un salario a la baja , como palanca –exigencia- para la recuperación del crecimiento.

El modelo descrito no es coyuntural o pasajero. Está inserto en la estructura productiva del capitalismo actual . De modo que, si el desempleo disminuye. lo hace al precio de que disminuyan también los salarios (ej: Alemania), y si sube el salario, lo que decrece es el empleo (ej: Francia). El salario medio no varía, a pesar de la escasez de mano de obra en determinados sectores.

Quien posee esencialmente bienes de capital (mobiliario o inmobiliario) se ha beneficiado de la recuperación económica, pero no así quienes dependen solo de un salario. Esto es algo muy visible en Estados Unidos, en perjuicio sobre todo, pero no únicamente, de la clase media afroamericana e hispana (Nelson D. Schwartz , en base a un análisis de Pew Research Center).

A su vez, los beneficios empresariales se reparten desigualmente. Los accionistas se llevan en concepto de dividendos dos tercios de tales beneficios aproximadamente; los inversores un tercio y los asalariados un escaso 5% (datos de Oxfam para Francia en la ultima década).

Los beneficios se dirigen principalmente a remunerar el capital, no tanto a la actividad productiva, ni -esto es muy importante- a reducir créditos. En el mundo, el numero de millonarios se dobló desde el comienzo de la crisis. Este modelo social esta vinculado a una transformación del modelo productivo que se orienta a la digitalización y a la robotización, y, en consecuencia, al desplazamiento de los trabajadores menos especializados.

Los grandes agentes económicos creados o desarrollados en la década de crisis son los famosos gigantes de Internet: Apple, Amazon, Google, Facebook, Microsoft. La OCDE (2018) lo dice con claridad: invierten mas en tecnología que en trabajadores. El aumento de la productividad ya no va a un aumento salarial, por primera vez en la historia.

Precisamente las grandes corporaciones tecnológicas norteamericanas, y particularmente las ligadas a la propiedad intelectual -las mayores empresas del mundo por capitalización bursátil- son las protagonistas del otro importante legado de la crisis financiera: la impotencia del Estado para detraer tributos y para establecer la justicia fiscal.

El dominio de los agentes transnacionales ha conducido a una batalla suicida de estados democráticos por bajar el impuesto de sociedades para atraer a esas empresas, y por consolidar la enorme diferencia entre los tipos (teóricos) aplicados a los impuestos sobre la renta personal (entre el 40% y el 45% en Europa) y los aplicados a las sociedades (en torno al 20 o 25%) y a las cada vez mayores ganancias patrimoniales y de dividendos del capital (con tipos fiscales aun inferiores).

Las multinacionales, según un estudio del Financial Times (12.3.2018), están hoy pagando un menor nivel de impuestos (9%) que antes de la crisis financiera de 2008. El impago de impuestos se ha convertido en un factor central de competitividad para las grandes empresas. Y esto ha ocurrido cuando, simultáneamente, los impuestos indirectos a los consumidores y trabajadores han estado subiendo.

Donald Trump es el símbolo de esta perversa dinámica. A través de la nueva ley llamada Tax Cuts and Jobs Act, ha hundido el impuesto sobre los beneficios de las sociedades (corporate tax) desde el 35% al 21%. El mayor regalo fiscal a los ricos y a las compañías en la historia de los Estados Unidos, estimado en 1.5 billones de dólares. El gobierno federal esta acusando el golpe; el déficit y la deuda aumentan rápidamente porque el supuesto crecimiento económico que iba a crear el tax cut no origina ingresos suficientes (Office of Management and Budget).

Por su parte, la Unión Europea lleva tiempo amagando con un impuesto digital a las compañías tecnológicas -ferozmente combatido por Estados Unidos y con un impuesto a las transacciones financieras internacionales, pero, hasta el día de hoy, no ha podido alcanzar un acuerdo al respecto.

A lo anterior hay que añadir la persistencia de la patología tributaria más letal: la economía sumergida (un 20% en España), la evasión y elusión fiscal y los paraísos fiscales receptores ocultos de éstas (40% de los beneficios de las multinacionales van a paraísos fiscales según Gabriel Zucman).

Sucede que esta situación es en Europa sencillamente insostenible. Por una razón elemental: el envejecimiento inexorable –y socialmente positivo- de las sociedades desarrolladas y, por tanto, la subida acelerada de los gastos sanitarios, de asistencia social, y en pensiones. Efecto inmediato: un dramático ensanchamiento de la brecha entre ingresos y gastos públicos, que veíamos en Estados Unidos. Una brecha que los gobiernos son incapaces de trasladar a un renovado sistema de impuestos adaptado a la sociedad tecnológica, prefiriendo el remedio más cómodo políticamente, pero profundamente erróneo económicamente, de la emisión de deuda y el pago de los correspondientes intereses (30.000 millones de euros anuales en los Presupuestos Generales del Estado de España, que tiene una deuda pública de 1.14 billones de euros). La deuda publica y privada estuvo en el corazón de la Gran Crisis y persiste como una bomba de espoleta retardada (81.5 % del PIB en la UE).

Así que la gran recesión no nos ha conducido a una restitución de la “edad dorada” de fin de siglo, sino a una especie de nueva “edad de hielo”, que, en mi opinión, solo sería superable con una política progresista acordada y asumida desde la Unión Europea. De ahí la trascendencia de las elecciones al Parlamento Europeo de 2019. Y es que el tercer legado –esta vez netamente político- de la Gran Crisis es la aparición agresiva de partidos y políticas populistas, nacionalistas, antieuropeas, xenófobas, proteccionistas e insolidarias, a lo largo y a lo ancho de Europa. Los movimientos independentistas, el Brexit, o el autoritarismo en los gobiernos de Polonia y Hungría se inscriben en esa negativa herencia. La ausencia de reacción y de soluciones en las familias políticas tradicionales europeas está en el origen de las tendencias antisistema, que no resuelven nada, pero fracturan a las sociedades y a los países entre sí.

En resumen, si no se abordan y se superan los dos legados más negativos de la Gran Crisis -el subempleo desigual y empobrecedor y la insuficiencia e injusticia en el pago de los impuestos directos-, el tercero de esos legados -el populismo egoísta- acabara por arruinar el Estado Social , y con él las conquistas y valores, aún vivos, sobre los que se asientan nuestras democracias y nuestro mas importante proyecto : la Unión Europea.

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