El papa americano contra la arrogancia del dinero
La crítica severa de León XIV a la intervención de Estados Unidos en Venezuela para quedarse con su petróleo es la mejor expresión de un distanciamiento nítido del Papa americano de lo que San Juan evangelista, en su Primera Lectura, llama la “arrogancia del dinero”.
No cabe duda de que Donald Trump es el representante más elocuente del poder del dinero. Sus comportamientos se explican esencialmente por una cultura, ahora predominante en Norteamérica, vinculada a la potencia económica de un país con las compañías y multimillonarios más importantes del mundo.
Robert Prevost representa la cultura contraria. La que, dentro del catolicismo arrancó con la forja de la doctrina social de la Iglesia por la Rerum Novarum de León XIII, que explica el nombre escogido por aquél. La Rerum Novarum (“De las cosas nuevas”) es la que dice tener “los brazos abiertos a los pobres, a los marginados, a los excluidos”, a los que el papa Francisco llamó “los periféricos”. Está en las antípodas de lo que promueve Donald Trump, una deportación indiscriminada y masiva de migrantes. Esta política ha sido criticada constantemente por León XIV. Se ha situado así en la orilla opuesta a los grupos sociales y políticos de ultraderecha que, en el hemisferio occidental – el que quiere dominar Trump – están en un ascenso amenazante, apoyados hipócritamente en un “cristianismo nacional”.
Como señala David Brooks (New York Times, 1516 November, p. 22), el “cristianismo nacional” practica una perversa forma de su fe. El cristianismo nacional es particular más que universal. Trata de proteger el “nosotros” frente al “ellos”; el nativo frente al extranjero. Es más de poder que de amor. Es más de amenaza que de esperanza. Es rígido y farisaico más que personal y compasivo.
Todo esto nos recuerda al Vicepresidente Vance, católico, cuando dijo en Fox News hace un año que el cristianismo prioriza el amor por la propia familia y comunidad sobre el amor a los extranjeros. Prevost le contestó en X: “Vance se equivoca. Jesús no nos pide establecer un ranking en nuestro amor por otros”.
León XIV inició su mandato precisamente estableciendo una doctrina contra la fragmentación política en su primer documento, “Dilexi te”. En él hay una condena sin matices a la política, propia del gobierno estadounidense, de rechazo a los inmigrantes. Algo en lo que tiene autoridad quien nació en Estados Unidos y vivió largo tiempo en Perú, desarrollando una experiencia que se corresponde con la realidad mestiza y plural de América Latina y del propio Estados Unidos.
La presencia de un Papa que marca distancias con los gobernantes de su propio país se hizo notar inmediatamente. En noviembre del año pasado, la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos aprobó un “mensaje especial” sobre la inmigración. Fue un indisimulable rechazo a la administración Trump y su cruel y punitiva política en ese terreno. La Conferencia propugna el final de la “retórica deshumanizante y de violencia” sobre los inmigrantes. En diciembre, León XIV jubiló a Timothy Dolan, arzobispo de Nueva York afín a Trump.
Pero el Papa no ha podido detenerse en una doctrina moralizante. En cuanto líder moral, Léon XIV ha sido interpelado por la nueva situación geopolítica. No ha rehuido ese desafío. Ha criticado los abusos del ejército ruso en Ucrania, cuya paz no concibe sin Europa, a diferencia de Trump. Ha abogado por la solución de dos Estados para los palestinos e israelíes. Ha pedido a Israel cesar sus ataques al Líbano. Y tomó una posición rotunda contra la intención verbalizada por Trump de intervenir en Venezuela antes de que se hiciese realidad.
Esa actitud de León XIV de presencia activa en el mundo la manifestó a los embajadores ante la Santa Sede (diciembre de 2025) afirmando que el Vaticano “no será un espectador silencioso ante las graves desigualdades, injusticias y violaciones de los derechos humanos”.
En esa línea, León XIV ha reaccionado ante la intervención de Trump en Venezuela, defendiendo el derecho internacional, la Carta de Naciones Unidas y el Estado de Derecho.
León XIV se ha pronunciado también sobre los abusos de las grandes tecnológicas – aquellas dominadas por las compañías multinacionales tan cercanas a Donald Trump-, y sobre el cambio climático, criticando el negacionismo de la administración de su país.
El papa americano, en su mensaje de Navidad, recorrió los conflictos que ahora inundan el planeta, exponiendo así su visión geopolítica.
De ese modo, León XIV, líder indudable para 1.400 millones de católicos en el mundo, desborda ese espacio para convertirse en una referencia moral de indudable influencia. En realidad, desde que en septiembre de 1870 la Iglesia católica perdió los Estados pontificios, y más aún después de los Pactos de Letran, el ocupante del Vaticano ha ido configurándose como una institución con indudable auctoritas, a veces intangible, a veces muy evidente y fuerte.
León XIV tiene una personalidad especial para una coyuntura histórica también especial. Si su antecesor León XIII dio respuesta a los requerimientos socio-políticos de la era industrial, León XIV entra en la historia en un momento de profundo cambio social, económico y político. Presenciamos el estallido de la transformación tecnológica digital. De la fragmentación social y de un pretendido nuevo orden internacional. Con acontecimientos como la expansión violenta de la Rusia de Putin, el crecimiento extraordinario de China o la intervención imperialista en Venezuela por Trump, que no esconde su pretensión de hegemonizar el continente americano hasta atreverse con la anexión de Groenlandia (territorio OTAN) y la mirada codiciosa hacia Canadá o el canal de Panamá. Todo lo cual traspasa los límites de una Constitución que está a punto de cumplir 250 años, que el presidente de Estados Unidos olvida cuando prescinde del Congreso de los Estados Unidos de América.
León XIV es un Papa americano y, como tal – paradojas de nuestro tiempo – el pontífice más opuesto a lo que representa su presidente, que no es sino la arrogancia del dinero. El discurso trumpista – si merece ese nombre – y hasta su estrambótico lenguaje corporal beben de ese sentido profundo de quien se cree impune en sus peligrosas ocurrencias. El discurso de Robert Prevost es la némesis de Trump. Es un discurso moral y ético frente a la amoralidad. Es un discurso solidario frente a la desigualdad; confiable frente a la incertidumbre, y de convivencia frente al individualismo.
En una circunstancia como la que vivimos, llena de amenazas y de temores ante los grandes poderes incontrolados del mundo (Estados Unidos, China, Rusia) una figura como la del primer papa americano León XIV es, para cristianos o no cristianos, sencillamente imprescindible.
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