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Lo que separa a Donald Trump de los europeos

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, atiende a los medios de comunicación en el ala sur de la Casa Blanca el 11 de marzo de 2026
12 de marzo de 2026 22:16 h

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¿Por qué Donald Trump interfiere en las democracias europeas apoyando a partidos y grupos de extrema derecha antieuropeos y ultranacionalistas?

¿Por qué Trump odia y considera tan enemiga como Rusia o China a una Unión Europea que nació según él para fastidiar a los Estados Unidos? 

¿Por qué quiere destruir a una Unión de Estados cuya mayoría es formalmente aliada de Norteamérica en una OTAN sobre la que Trump repetidamente duda?

¿Por qué pretende romper el vínculo transatlántico con Europa surgido de la Segunda Guerra Mundial, en la que fue derrotado el fascismo, y de la que nació el multilateralismo, el orden mundial basado en normas y la Carta de Naciones Unidas a la que Trump desprecia?

¿Por qué desencadena guerras, como hecho consumado, sin consultar con sus supuestos aliados y les insulta si no le siguen?

¿Por qué el atacante no ha medido los efectos económicos que se prevén graves?

Estas preguntas son relevantes porque de su respuesta depende, entre otras cosas, la estabilidad en el mundo. Y Europa está implicada en ello porque, precisamente, la hoy Unión Europea basa su acta de nacimiento en el consenso sobre la paz, para que nunca más los europeos combatiesen entre sí con la enorme ferocidad de las guerras europeas/mundiales de la primera mitad del siglo XX. Esa paz y ese consenso se ha conseguido esencialmente en las ocho últimas décadas. 

La pax europea -muy diferente de la pax americana- está apoyada en los valores que figuran en los Tratados de la Unión Europea, que profundizan en los que acoge la Carta de San Francisco de 1945. El artículo 2 del Tratado de la Unión Europea dice: “La Unión se fundamenta en los valores de respeto a la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres”.

Si examinamos una a una las palabras de este precepto que fundamenta la Unión Europea, y lo comparamos con la política que desarrolla Trump desde el comienzo de su mandato, difícilmente encontraremos coincidencias. Más bien contradicciones directas. La política megalómana y autoritaria del actual ejecutivo de Estados Unidos para dominar el hemisferio occidental, que no cuenta con su Congreso y su propia Constitución; la política exterior -si cabe llamarlo así- de Trump, cada vez más basada en la guerra, o sea, la fuerza bruta; la política racista contra los inmigrantes en un país de inmigrantes, fundamentada en la delirante idea de luchar contra un denominado “gran reemplazo” demográfico que le lleva a sostener que Europa se enfrenta a la “desaparición de su civilización”; su proteccionismo abusador, obsesionado con la ganancia económica; su oposición ciega a universidades de prestigio (Harvard); su política, anticientífica y negacionista del cambio climático.

Todas estas dimensiones están acompañadas de una actitud errática que siembra de incertidumbre la acción del país más fuerte del mundo. Una táctica sin estrategia que entra en las guerras por elección (van siete) -por ejemplo, contra un Irán claramente inferior- de forma caprichosa, sin explicaciones a la población americana, sin objetivos claramente definidos, ni control sobre las consecuencias socioeconómicas, y sin provocación que la justifique. “Yo no necesito el derecho internacional”, dijo Trump a The New York Times en enero de este año.

Pues bien, todas esas características de la política incierta de Trump y de su equipo de halcones, están en las antípodas de los valores del proyecto europeo. Nada de lo hecho por Trump lo habría hecho la Unión Europea. No solo por la apariencia externa evidente de las políticas de uno u otro sujeto político, divididos más que por un océano, sino porque la concepción ideológica que la sostiene es diametralmente opuesta. La visión vigente del llamado “hemisferio occidental” que tiene Trump se apoya en la raza, el “cristianismo nacional” y el nacionalismo. La que fundamentan al proyecto universalista europeo se basa en la democracia, el Rule of Law y los Derechos Humanos. La Unión Europea es un poder normativo. Y respecto al cambio climático, Europa se mantiene comprometida con el objetivo de cero emisiones en 2050, en línea con el Acuerdo de París de 2015.

Comprendo que resulta difícil para muchos dirigentes europeos actuar en consecuencia de esta amarga realidad y admitir que la alianza transatlántica atraviesa por una crisis profunda en una era multipolar que Trump se niega a ver. Europa, sin el paraguas norteamericano, ha de esforzarse en lo que acertadamente Federica Mogherini llamó “autonomía estratégica”, ahora ampliada más allá de la estricta política de defensa. Porque la mayor debilidad de Europa es la ausencia de integración militar e industrial.

Es verdad que acontecimientos como la invasión de Ucrania por Rusia unen a los europeos, pero guerras tan arbitrarias como la de Irán no consiguen una posición común en la Unión. No solamente eso. Recientes declaraciones de altas autoridades europeas (Von der Leyen) poniéndose del lado de Trump en la ilegal y desestabilizadora guerra de Irán, o pontificando derrotistamente sobre un supuesto fin del orden internacional basado en reglas, es profundamente decepcionante e incomprensible desde los valores de la propia Unión. El orden establecido en la Carta de Naciones Unidas no está muerto, a pesar de los intentos de Trump por conseguirlo y de otros por rematarlo con un eslogan facilón para consumo de la comunicación política.

El respeto mutuo es lo que procede, manteniendo incólumes los valores que dan vida al proyecto europeo, defensor máximo del aún imprescindible orden internacional, que va más allá de EEUU y del hemisferio occidental, para extenderse a lo que Carney llamó “middle powers”.

Lo cierto es que, sin perjuicio de las dificultades que atraviesa el planeta, la Unión Europea ha conseguido -con esfuerzo y dificultades- avanzar en una mayor unificación interna como entidad de naturaleza global. Sobre esta Europa, los Estados Unidos de América tienen cada vez menor influencia cultural o política.

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