La mejor política económica es vivir bien

Protesta de la Marea Blanca para defender la atención primaria y la sanidad pública. (ARCHIVO)

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Imagina que en Madrid tienes una plaza asegurada en la FP, en la escuela infantil o en el colegio más cercano a tu domicilio y accedes a una educación que cuenta con buenas ratios y con recursos suficientes para atender de manera más personalizada a todo el alumnado. Una educación que permite relajarte cuando te preguntes cuál es la mejor escuela para tu hijo, porque tienes la certeza de que la respuesta es la que tengo más cerca de casa, a la que se va andando o en bicicleta y está rodeada de zonas verdes libres de coches y ruido. Imagina una sanidad en la que puedes elegir acudir al fisioterapeuta, a la nutricionista, el dentista o la óptica para obtener un tratamiento personalizado. Imagina un centro de salud donde las citas con tu médico o con tu pediatra no superan los dos días y el profesional que te atiende está relajado y puede dedicarte, por lo menos, 10 minutos de atención plena.

Imagina que cuando tus padres se hacen mayores y, por el motivo que sea, es necesario que entren en una residencia, pero no tienes que pagar una media de 1.800 euros mensuales y verte obligado a vender su casa, si la tienen, para poder sufragar los costes de la residencia. Imagina que tienes a tu disposición una red de residencias públicas con medios, profesionales y recursos que garanticen el mejor cuidado a tus mayores. Imagina que, como Ossorio, no ves pobres, pero en tu caso no los ves porque no los hay. 

Imagina que puedes emanciparte de casa de tus padres varios años antes y sin tener que hacer un enorme esfuerzo para costear un piso porque resulta más fácil y asequible el acceso a la vivienda. Imagina que alquilar no sea sinónimo de tirar el dinero porque existe la posibilidad de asociar alquilar a tener seguridad y garantías, ya que el municipio y la comunidad son los mayores caseros de toda la región. Imagina que pagas menos por la factura de la luz porque se crearon miles de empleos para que las viviendas sean más eficientes, imagina que respiras mejor, te sientes mejor, tienes más tiempo, se come mejor y te enfermas menos porque se crearon miles de empleos para crear una red de transporte público con carriles bici adaptados y protegidos que permiten la movilidad de toda la familia.

Todo esto y muchos más nos lo presentan como algo impensable, pero, al mismo tiempo, es perfectamente factible además de necesario, de hecho, en parte ya funciona y es algo normalizado en varios países de nuestro entorno. Cuando acudimos a una farmacia y el precio de un medicamento con receta nos cuesta mucho menos que comprarlo sin receta, ocurre porque entendemos que mutualizar los riesgos nos hace más libres y nos ofrece más garantías a todos. Si en lugar de pagar 2,5 euros por un inhalador de Ventolín para el asma, se pagase lo que cuesta en el mercado (en Estados Unidos puede costar hasta 75 euros), muchas personas que lo toman varias veces a la semana estarían arruinadas. Salvo los más ricos, nadie puede permitirse quedarse solo a su suerte, porque ninguno podría comprarse un quirófano y contratar a un médico para sí solo, ni siquiera podría hacerlo el hermano de Ayuso con la mordida de casi 300.000 euros. 

Se nos dice que esto es algo inasumible por su elevado coste, pero lo que realmente sale caro en términos sociales, productivos y económicos es la enorme desigualdad y el desperdicio de innovación provocado por la precariedad. Asegurar que toda la población vive bien también se convierte en la mejor premisa económica para crear riqueza: vivir mejor desincentiva la precariedad e incentiva el desplazamiento a sectores económicos que generan más riqueza. Pero el ahorro y el aumento de renta disponible no solo se da en los hogares, ya que las inversiones en vivir mejor tienen un retorno mayor de lo invertido en las arcas públicas. Garantizar una mayor tranquilidad y calidad de vida a toda la población impacta positivamente en la economía porque se adoptan mejores hábitos alimenticios, se respira menos humo, se hace más deporte, se reduce el estrés, la ansiedad y se tiene mejor salud. Todo esto ahorra dinero, impulsa la transición verde de la economía y mejora la productividad liberando tiempo: vivir mejor no es solo más justo, también es más eficaz. 

¿Por qué en la Comunidad Autónoma donde gobierna un partido que proclama todo el rato que “el dinero está mejor en el bolsillo de la gente” no logra que el dinero acabe en el bolsillo de la gente? Básicamente, esto ocurre porque en la Comunidad de Madrid los pocos euros que las rentas medias (y los poquísimos que las rentas bajas) se ahorran en impuestos, no se quedan en sus bolsillos, sino que van directamente a pagar un seguro sanitario privado, una cuota ilegal de un colegio concertado, la escuela infantil o la residencia privada de su familiar dependiente. Cuando lo público se vuelve atractivo es cuando realmente se ejerce la libertad de elección, lo contrario, lo que ahora sucede, es deteriorarlo para empujar a lo privado a quien se lo pueda pagar.

Principalmente existen dos modelos. Uno reduce impuestos, recorta derechos y deteriora los servicios públicos y el otro aplica una fiscalidad progresiva, garantiza derechos y buenos servicios públicos aumentando la renta disponible porque sale más barato mutualizar el coste. En cambio, en el primer modelo se acaba pagando más del bolsillo mientras que en el segundo se vive tranquilo porque ya está pagado. Bajar impuestos y hundir los servicios públicos destroza la libertad de elección y sube el gasto que sale del bolsillo de la ciudadanía: reduce la renta disponible de las familias porque aumenta el pago por la sanidad, la educación, la escuela infantil, la residencia, la vivienda, o los medicamentos. Se acaba pagando más porque el coste de los servicios privados es mayor que lo que supuestamente se ahorra bajando impuestos y al revés, se acaba teniendo más dinero en el bolsillo cuando los grandes costes se mancomunan porque se ahorra lo que antes se gastaba en servicios privados. Recientemente, Funcas publicaba un estudio donde señalaba que el 70% de la población con rentas más bajas mejoran su capacidad de vida gracias a los impuestos y las prestaciones públicas, mientras que solo el 20% más rico empeora. 

En el año 2020, la Comunidad Autónoma con el salario medio a tiempo completo más alto fue la Comunidad de Madrid, con 2579€, pero somos la región con la mayor diferencia entre salario que gana la mitad de la población y el salario medio: la mitad de la población madrileña gana (como poco) 5.533 € menos que el salario medio de la región al año. La Comunidad con el PIB per cápita más alto fue la Comunidad de Madrid, con 32.048€ de PIB/habitante, sin embargo, CCAA con salarios medios y PIB per cápita más bajos, como Navarra, La Rioja o Euskadi, tuvieron ahorros medios anuales entre 500 y 1000 euros mayores que en la Comunidad de Madrid y un porcentaje más bajo de personas en riesgo de pobreza y exclusión social. Madrid es la región más rica y la que tiene mayor PIB per cápita de toda España, sin embargo, también es la más desigual entre el 20% más rico y el 20% más pobre. Entre el año 2018 y el año 2021 los más ricos se han vuelto un 18% más ricos, mientras que los más pobres lo son un 21% más: un modelo que busca enriquecer más a los más ricos a costa de empobrecer más a los más pobres, un modelo que ya describió Víctor Hugo, cuando afirmaba que “el infierno de los pobres está hecho del paraíso de los ricos”.

Como el colesterol, hay impuestos buenos e impuestos malos. Los buenos son los que se destinan a hacerle la vida más fácil a la gente y a garantizar su seguridad y tranquilidad, mientras que los malos son los impuestos que obligan a las familias a pagar un seguro privado, los que se transforman en sobre costes, en mordidas y comisiones para amigos, o el que le hace pagar a los españoles el rescate a las entidades financieras en forma de deuda, recortes y déficit. Los buenos impuestos transforman la incertidumbre del presente en tranquilidad y perspectivas de futuro, mientras que los malos impuestos sepultan la incertidumbre bajo toneladas de ansiolíticos y antidepresivos. Solo los buenos pueden acabar con los malos, porque solo los buenos trabajan para igualar la libertad de la ciudadanía, que es el mejor antídoto para impedir que se cobren los impuestos malos.

La acumulación de riqueza en pocas manos también implica la acumulación de poder privado para comprar favores, por eso la desigualdad es el origen de la corrupción, porque induce a que la concentración de la riqueza se imponga sobre la ley y la ciudadanía de forma antidemocrática. La desigualdad es la ruina de la democracia, un atentado contra la libertad y corrosiva para la convivencia, porque hace indistinguible el ejercicio del poder con la acumulación oligárquica de la riqueza. Solo yendo a las causas que originan la corrupción e implantando la igualdad puede restaurarse la libertad de cada individuo y de la sociedad en general. Una sociedad rica es la que ordena la riqueza con la finalidad de garantizar la tranquilidad ciudadana y es tanto más rica cuanto más impide que las riquezas privadas disuelvan la virtud cívica al imponer su ley sobre los demás. Una sociedad rica es aquella que impide a ninguno de sus miembros ser tan rico como para someter a otros a su voluntad y en la que prima el amor a la libertad común propio de vivere libero de Maquiavelo. Una libertad que permite a todos los individuos desarrollar en igualdad sus capacidades.

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