El Papa en la España postsecular
La visita de León XIV a España constituye un acontecimiento político tan sugerente como revelador. El Papa ha llegado a un país constitucionalmente aconfesional y cada vez más secularizado, en el que la práctica religiosa se ha convertido en una opción minoritaria. Según los últimos estudios demoscópicos, apenas uno de cada seis españoles se considera católico practicante, mientras crece el número de quienes se declaran no creyentes o indiferentes.
Y, sin embargo, pocas visitas internacionales son capaces de generar hoy una expectación comparable.
La explicación no reside únicamente en la importancia histórica de la Iglesia en la tradición política de un país en el que hasta hace no tanto (apenas 50 años) el catolicismo era religión oficial. Porque para entender el significado político de esta visita es necesario tener muy en cuenta las incertidumbres de una sociedad que busca respuestas en medio de profundas transformaciones económicas y sociales.
La tensión entre autoridad religiosa y autoridad política forma parte de la propia construcción de la modernidad democrática. Desde Locke hasta Tocqueville y Max Weber, la teoría política ha señalado que el nacimiento del Estado moderno comportaba, casi necesariamente, diferenciar claramente poder civil y religioso. La Constitución de 1978 intentó resolver esa cuestión mediante una fórmula singular: España no tendría religión oficial, pero tampoco adoptaría el modelo de laicidad militante francés. El artículo 16 estableció un Estado aconfesional que garantizaba la libertad religiosa. Un siglo antes, la libertad de culto establecida por la Constitución canovista de 1876 levantó una agria controversia social y política, a pesar de proclamar la confesionalidad del Estado.
Así que puede decirse que la España que recibe al Papa es probablemente la más secularizada socialmente y la más laica institucionalmente de los últimos siglos. Los gobiernos de Pedro Sánchez han ido ampliando el principio de neutralidad religiosa del Estado. Sin romper los acuerdos con la Santa Sede ni abrir un conflicto frontal con la jerarquía eclesiástica, se han producido avances que hace apenas unas décadas habrían resultado impensables: la celebración de ceremonias civiles de Estado, la reducción del peso académico de la asignatura de Religión, la resignificación de Cuelgamuros, la investigación de los abusos sexuales en el seno de la Iglesia o la recuperación de bienes inmatriculados.
Pero, al mismo tiempo, algunas de las grandes promesas del laicismo político han quedado pendientes. No se han revisado los acuerdos con la Santa Sede, tampoco se ha aprobado una Ley de Libertad de Conciencia y la financiación de la Iglesia sigue siendo objeto de debate. El resultado es una secularización institucional progresiva, pero incompleta, marcada más por la negociación que por la confrontación.
Sin embargo, reducir la visita del Papa a una cuestión de relaciones Iglesia-Estado sería insuficiente. Hay otros elementos contextuales que resultan decisivos.
León XIV aterriza en una sociedad atravesada por incertidumbres crecientes. La guerra en Europa, la crisis climática, la revolución de la inteligencia artificial, la precariedad económica de las nuevas generaciones, la polarización política o la sensación de pérdida de control sobre el futuro configuran un escenario de inseguridad colectiva que trasciende fronteras e ideologías.
Y es precisamente aquí donde aparece una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: mientras disminuye la práctica religiosa, aumenta la necesidad de referentes morales y de relatos capaces de ofrecer sentido. El filósofo alemán Jürgen Habermas aludió a esta situación mediante el concepto de “sociedad postsecular”, en la que la secularización no ha eliminado la relevancia pública de la religión, sino que la ha transformado.
Pero la secularización impulsada por la modernidad no ha conseguido paliar la antropológica necesidad de orientación existencial de los humanos. La ciencia no despacha verdades canónicas como la religión, así que las buscamos en otras parte: identidades políticas, comunidades digitales, nacionalismos, discursos tecnológicos o nuevas formas de espiritualidad individual. Y por eso precisamente la audiencia potencial de León XIV va mucho más allá de los creyentes. Su capacidad de influencia no depende tanto de la autoridad doctrinal de la Iglesia como de su condición de referente moral global en debates que preocupan al conjunto de la ciudadanía: las migraciones, la desigualdad, la guerra, el deterioro democrático o la crisis ecológica.
La paradoja es evidente. El Papa visita una España menos católica que nunca, pero también una España que, como buena parte de las democracias occidentales, parece más necesitada de sentido que hace una década.
Y es que las democracias liberales han demostrado una extraordinaria capacidad para garantizar derechos y gestionar intereses. Mucho menos éxito han tenido, sin embargo, a la hora de construir horizontes compartidos en sociedades cada vez más fragmentadas, polarizadas y desiguales. De ahí que figuras con una fuerte autoridad simbólica sigan conservando capacidad de convocatoria incluso entre quienes no comparten sus creencias religiosas.
Así que la cuestión no es si España vuelve a ser un país católico. No lo es. Tampoco si la Iglesia recuperará la centralidad social que tuvo durante décadas. Probablemente tampoco. La pregunta relevante es quién proporciona hoy marcos de interpretación compartidos en sociedades atravesadas por la incertidumbre y la desconfianza. Y hay que reconocer la habilidad política y comunicativa de Robert Prevost, cuyos mensajes están perfectamente construidos para trascender límites confesionales y postulados doctrinales para convertirse en puntos de referencia éticos globales, y por eso mismo también político, de unas sociedades ahítas de comodidades materiales pero ayunas de sentido. Quizá esa sea la verdadera clave política de la visita de León XIV.
2