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Sánchez resiste, pero la legislatura busca sentido

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en primer plano, en la sesión plenaria en el Congreso de los Diputados este miércoles.
24 de junio de 2026 22:00 h

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“No vamos a rendirnos”. Con esa frase cerró Pedro Sánchez una de las comparecencias más esperadas de los últimos meses. No era una intervención cualquiera. Llegaba después de semanas de acumulación de explicaciones pendientes, de una creciente presión judicial y de inquietud entre sus socios parlamentarios y una parte del electorado progresista.

El objetivo era claro: contener el desgaste y evitar que la situación derivara en una ruptura política irreversible. Para ello, Sánchez recurrió a un manual conocido. Un discurso de resistencia articulado en tres pilares: confrontar las acusaciones de corrupción con el historial del PP, reivindicar la gestión de su Gobierno y denunciar una campaña de acoso contra su entorno personal y familiar.

La lógica es sencilla. La supervivencia del Ejecutivo no depende de convencer a la oposición, sino de mantener cohesionada la mayoría parlamentaria que le permite gobernar. Por eso el mensaje estaba dirigido principalmente a socios y votantes progresistas. Sánchez reactivó los dos argumentos que han vertebrado su acción de gobierno: una economía que sigue creciendo por encima de la media europea y una agenda de expansión de derechos y refuerzo de servicios públicos. A ello añadió otro elemento central: la ausencia de una mayoría alternativa viable. La continuidad del Ejecutivo no se explica únicamente por sus fortalezas, sino también por las debilidades de sus adversarios.

Frente a Sánchez apareció un Alberto Núñez Feijóo que volvió a recurrir al marco narrativo que ha definido toda su oposición: la idea de una España inmersa en una profunda degradación institucional. Su intervención giró sobre dos ejes: la corrupción como síntoma de un deterioro sistémico y la exigencia de elecciones anticipadas.

El problema es que ambos argumentos muestran signos de agotamiento y efectos limitados en términos políticos. La petición de elecciones acompaña cada intervención del líder popular desde finales de 2023. Cuando un dirigente repite durante demasiado tiempo el mismo diagnóstico, corre el riesgo de erosionar su credibilidad como voz de alarma. Además, la convocatoria electoral sigue dependiendo exclusivamente del presidente del Gobierno.

Hay, sin embargo, un interrogante que también interpela al líder popular. Si la situación es tan insostenible como sostiene el PP, ¿por qué no logra construir una mayoría capaz de provocar el relevo? La respuesta remite a una de las debilidades estructurales de Feijóo: sus dificultades para reunir apoyos más allá de Vox. Esa incapacidad alimenta la imagen de aislamiento político que Sánchez explota con frecuencia.

Abascal, por su parte, desempeñó el papel habitual. Transformó una sesión centrada en la corrupción en un mitin sobre inmigración, seguridad y desconfianza hacia las instituciones, introduciendo en el debate la sospecha de un supuesto amaño electoral. Un relato que Vox ha elevado esta misma semana al Congreso mediante una propuesta para reformar el sistema de voto por correo. Más que intervenir en la disputa entre Gobierno y oposición, el líder de la extrema derecha buscó reforzar los marcos discursivos que mejor movilizan a su electorado.

La sesión ofreció una radiografía bastante precisa del momento político español: un presidente que busca resistir, una oposición que denuncia, pero no consigue construir una alternativa de gobierno, y una extrema derecha que intenta desplazar el debate hacia la desconfianza institucional.

Sin embargo, el principal desafío de Sánchez no está en la oposición, sino en sí mismo. En un episodio de corrupción de esta magnitud, los ciudadanos no solo demandan explicaciones; también exigen responsabilidades. La credibilidad nace de la capacidad de reconocer errores y asumir costes. Y aquí el presidente tiene una dificultad evidente: fue él quien nombró a dos secretarios de Organización hoy investigados y quien confió responsabilidades a dirigentes posteriormente condenados o cuestionados por la justicia. La pregunta incómoda no es solo qué ocurrió, sino cómo pudo ocurrir.

Gabriel Rufián fue quien mejor sintetizó ese malestar. Con una intervención incisiva, verbalizó la duda que muchos socialistas no se atreven a formularle al presidente: ¿lo sabía o no lo sabía? El catalán ejerció simultáneamente de aliado crítico del Ejecutivo y de oposición frente a PP y Vox, un papel que también le permite reforzar su perfil dentro de Esquerra y disputar centralidad política en el espacio independentista.

Por eso la comparecencia difícilmente puede considerarse el cierre de este episodio. Más bien parece el inicio de una operación de reconstrucción política que tendrá una segunda parada este sábado en el Comité Federal del PSOE. Allí el tono será distinto: menos institucional y más orientado a la cohesión interna. Porque el reto ya no es solo sostener al Gobierno, sino reconstruir la confianza de una parte de la izquierda que observa con preocupación los acontecimientos.

La gran incógnita que deja esta sesión no es si Sánchez resistirá —ha demostrado sobradamente su capacidad para hacerlo—, sino si será capaz de convencer a los suyos y a sus socios de que todavía existe una mayoría con sentido político, con capacidad para impulsar acuerdos y desarrollar una agenda útil para los ciudadanos.

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