El patriotismo que incomoda a Vox
Los grandes éxitos deportivos rara vez se circunscriben a la esfera estrictamente deportiva. Se convierten en relatos compartidos, en momentos que condensan un modelo de convivencia. La victoria de España frente a Argentina para conquistar su segundo Mundial pertenece a esa categoría de acontecimientos: este conjunto no solo ha ganado un campeonato, sino que ha contribuido a redefinir una identidad nacional más abierta e integradora.
El paralelismo con 2010 resulta inevitable. Aquel equipo conquistó el primer Mundial apenas unas semanas después de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut. El país se adentraba entonces en una crisis política que marcaría buena parte de la década siguiente. En ese contexto, los internacionales ofrecieron una imagen de cohesión que las instituciones eran incapaces de transmitir. Xavi, Puyol, Iniesta, Piqué, Casillas, Xabi Alonso o Villa proyectaban una comunidad transversal cuando el debate público empezaba a fracturarse alrededor del modelo de Estado.
Dieciséis años después, el combinado vuelve a proclamarse campeón del mundo. Pero la discusión ha cambiado. Si en 2010 el gran debate era territorial, hoy la pregunta ha pasado a ser otra: quién forma parte del «nosotros». La celebración en Madrid terminó de condensar esa transformación. Sobre el escenario convivían las banderas de las comunidades autónomas y jóvenes que tienen raíces en Ghana, Guinea Ecuatorial o Francia. Pocas fotografías resumen mejor la España del siglo XXI.
Durante mucho tiempo, una parte de la izquierda mantuvo una relación incómoda con la identidad nacional española y sus símbolos —la bandera, el himno o la propia camiseta—, percibidos desde la Transición como un patrimonio exclusivo del franquismo. Pero las dinámicas colectivas cambian. Hoy buena parte de la izquierda celebra este triunfo porque ya no identifica tales emblemas con una ideología concreta, sino con una ciudadanía heterogénea. Ese desplazamiento cultural dice tanto sobre nuestra sociedad como el propio resultado deportivo.
El politólogo Michael Billig llamó nacionalismo banal a esos referentes cotidianos que alimentan el sentimiento de pertenencia casi sin que nos demos cuenta. Los colores, los escudos o la iconografía deportiva nunca son elementos neutros. También ahí se disputa el proyecto colectivo. Por eso este vestuario trasciende el deporte: ayuda a normalizar una España en la que la diferencia deja de verse como algo excepcional para formar parte de la identidad compartida. Quizá por eso la reacción de una parte de la derecha y de la extrema derecha fue tan reveladora. Apenas habían pasado unas horas desde la victoria cuando el éxito de la selección volvió a leerse en clave de confrontación política y de antisanchismo, incapaz de sostener por un momento un relato compartido.
No es casual que la extrema derecha haya convertido la «prioridad nacional» en una de sus principales banderas. Tampoco que, tras la victoria, tanto Vox como el PP recurrieran casi de inmediato al marco de la polarización partidista para interpretar un éxito que millones de ciudadanos vivían como un motivo de celebración colectiva. La batalla ya no consiste solo en ganar elecciones, sino en decidir quién pertenece a la comunidad política. Frente a esa agenda, esta selección desmonta sin proponérselo uno de los pilares de esa retórica. Lamine Yamal o Nico Williams forman parte del imaginario colectivo sin tener que justificar quiénes son. Su sola presencia desmiente la premisa de que existan ciudadanos de primera y de segunda. Son la expresión más visible de una sociedad inclusiva que hace tiempo dejó de ser una promesa para convertirse en una realidad cotidiana.
De ahí que resulte difícil presentar la inmigración como una amenaza cuando algunos de los rostros que hoy despiertan mayor orgullo colectivo son hijos de ese mestizaje. Tampoco sostiene ese marco la imagen de millones de personas celebrando los goles de futbolistas cuyas historias familiares desdibujan esas fronteras imaginarias.
Ese es el mayor legado de este Mundial. Un campeonato no elimina el racismo ni las proclamas de odio. Pero los referentes sí importan. Las imágenes compartidas una y otra vez acaban moldeando la forma en que una sociedad se mira a sí misma. Las generaciones más jóvenes aprenden tanto de aquello que celebran como de las narrativas que escuchan.
Los Mundiales pasan. Los goles acabarán ocupando un lugar en la memoria deportiva. Pero algunos recuerdos sobreviven mucho más tiempo. En 2010 quedó grabado el gol de Iniesta como el emblema de una España capaz de reconocerse, aunque fuera por un instante, en su diversidad territorial. En 2026 permanecerá otra escena: la de un equipo que representó una España forjada en la convivencia. Un grupo que demuestra que el patriotismo no necesita construirse contra nadie, que este país puede seguir siendo un espacio de integración y no una frontera entre amigos y enemigos, y que la pluralidad no debilita el sentimiento de pertenencia: lo fortalece. Esa, probablemente, sea la mayor victoria que deja este Mundial.
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