¿Es posible un acuerdo de paz para Ucrania?

Imagen de los daños ocasionados por un ataque ruso contra la estación de tren de Járkov, Ucrania, el pasado viernes, 10 de junio. EFE/EPA/SERGEY KOZLOV

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A medida que transcurren los meses, la sensación es que cada vez se aleja más y más el escenario de encarar una negociación con posibilidades de lograr, primero un alto al fuego, y después un acuerdo que sea viable y ponga fin a la guerra. De momento, la esperanza de lograr avances militares impide a las dos partes llegar a la conclusión de que nadie va a conseguir una victoria militar, que es cuando se decide apostar exclusivamente por la vía negociadora, no la militar. Como este instante puede tardar muchos meses en llegar, ahora es el momento de procurar avanzarlo, y eso solo se consigue con una buena propuesta que, por la fuerza, ha de ser realista, y por la conjunción de múltiples esfuerzos diplomáticos, que han de ser superiores a los puramente militares. Por lo que se ve, sin embargo, todavía no se ha llegado a ese convencimiento, y abordaremos la Cumbre de la OTAN con un planteamiento basado únicamente en lo militar, lo cual será desastroso y un fracaso político y diplomático, aunque se vista de valentía y solidaridad.

En esta guerra, las puertas que siempre hay que dejar abiertas para encarar en algún momento una negociación, se fueron cerrando muy deprisa, demasiado deprisa, de manera que ahora estamos huérfanos en cuanto a salidas diplomáticas, al carecer de un pequeño grupo de países que, desde el primer momento, se reservaran para cumplir ese papel, aun a riesgo de recibir críticas de flaqueza, cuando en realidad se trata de lo contrario. Incluso dentro de la estructura de la Unión Europa, en su ámbito de política exterior y de seguridad, siempre debería haberse mantenido abierta una puerta para la negociación. En cambio, se ha hecho lo contrario y se ha apostado por la confrontación.

Esta reflexión no es incompatible con el apoyo a la población de Ucrania, que, sin lugar a dudas, es objeto de una ocupación que contraviene los principios más elementales para el arreglo pacífico de las controversias. Incluso se puede estar de acuerdo en ayudar a Ucrania en su defensa militar, aunque suene a contradicción, pero en realidad este es un falso dilema. La evidencia de una agresión no debe ahogar ni eliminar las vías de salida, algo que hay que pensar, proponer, consensuar, planificar y llevar a buen puerto en el momento oportuno. Ha existido un cierto desprecio a los planteamientos diplomáticos de negociación, y, en cambio se ha alentado un furor bélico que no puede conducir a ninguna parte. Además, y eso es de una enorme gravedad, en el terreno de lo militar en Europa se están tomando medidas estructurales que serán irreversibles y que hipotecan un futuro mejor. Simplemente, estamos liquidando la posibilidad de que un día, aunque sea lejano, Europa sea un espacio común en cuanto a seguridad, con las ventajas que ello supondría.

Estamos a mitad de junio, y se puede afirmar sin lugar a dudas que, guste o no, Rusia tendrá el control de la región de Donbás, además de mantener Crimea y controlar zonas del sur del país. Cualquier negociación tendrá que encarar esta realidad, sumamente compleja, pues, por un lado, no se tolera por las buenas la simple anexión de territorios, sentando precedentes al respecto a escala internacional, y, por otro lado, tenemos muy pocas experiencias, y ninguna de ellas positiva, de soberanías compartidas, como los condominios. Encontrar la arquitectura política adecuada para esta situación, será harto complicada, y siempre implicará algún tipo de renuncias. Si no se está en disposición de asumir costes, nunca habrá paz en Ucrania.

Paradójicamente, Rusia continúa insistiendo en el principio de indivisibilidad de la seguridad, esto es, que nadie mejore su seguridad a expensas de la seguridad de cualquier otro Estado. La OSCE declaró este principio como un compromiso político hace mucho tiempo, cierto, pero parece que pocos están interesados en ponerlo en práctica. Esto concierne a la OTAN, pero también a Rusia, ya que Putin considera que, en realidad, Ucrania forma parte de la gran Rusia, y, por ello, se considera con el derecho de intervenir para proteger a la parte de Ucrania de mayoría rusófila.

Estos días, el ministro de Exteriores ruso declaraba, y cito textualmente, que “la canciller Angela Merkel y el presidente Emmanuel Macron expresaron una vez su gran decepción con las acciones de los rusófobos de la UE que bloquearon la iniciativa de Francia y Alemania de celebrar una cumbre de la UE con el presidente Putin. Son políticos razonables que entendieron la importancia de buscar una salida a la crisis que había estado en marcha durante años, y que se vio agravada por la vehemente negativa de Zelenski a implementar los acuerdos de Minsk”. Pero también es cierto que los intentos posteriores de Macron tampoco fueron del gusto del Kremlin, y que las gestiones de Turquía tienen un límite en cuanto a sus posibilidades. Si las potencias más importantes, como Estados Unidos, China, Alemania y Reino Unido, no se implican a escala diplomática, la secretaría general de la ONU no actúa con más diligencia, y los países con tradición pacificadora, como los nórdicos, tampoco hacen propuestas, nos encontramos con un vacío brutal en cuanto a alternativas de resolución, por lo que, a corto plazo, no se vislumbra una salida.

Finalmente, no puedo dejar de lamentar que España nunca haya tenido una seria vocación, y por tanto experiencia, de construir puentes en el ámbito de los conflictos externos. Hay países mucho más pequeños que acumulan muchas experiencias y bastantes éxitos. Ver de cara la guerra, no ocultar sus consecuencias, y ser solidario con sus víctimas, nunca debería ser incompatible con tener una diplomacia de paz, pero para tenerla primero hay que quererla y ponerse manos a la obra.

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