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La regeneración urbana, resiliencia para el futuro

Urbanismo impulsa proyectos por más de 47 millones desde el inicio del estado de alarma

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En el momento presente todas las que trabajamos cerca de las administraciones locales estamos presenciando la posibilidad de llegada de importantes recursos económicos a las ciudades y pueblos de nuestro país procedentes del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. Esta cuestión coyuntural se mantendrá hasta 2026, con una reducción notable de las inversiones a partir de 2024, y apunta a la oportunidad que supone la recepción de estos fondos si se utilizan de manera adecuada y allí donde más se necesita. Esto es clave en el momento presente, en el que nos encontramos frente a una crisis socioeconómica (debida a la pandemia y la situación geopolítica asociada a la invasión de Ucrania) agravada por una preocupante situación de decadencia ambiental de la que no llegamos a ver una salida clara.

En un marco en el que se verifica el avance dubitativo de nuestras sociedades hacia la identificación de un modelo que nos permita hacer la transición verde y justa que nos reclama el Pacto Verde Europeo, estos fondos tienen la intención de empezar a prepararnos mejor frente a un futuro cada vez más incierto. Todo esto pone en evidencia la gran oportunidad que supone la llegada de los recursos a los entes locales, al tiempo que saca a la luz la problemática que conlleva el diseño, tramitación e implementación de los mismos en un tiempo récord por parte de las administraciones implicadas.

Al mirar esta cuestión desde una perspectiva urbana, es importante poner la atención en un tema sustantivo: el efecto de estos fondos solo será capaz de prepararnos mejor para el futuro si se destinan allí donde los cambios son más necesarios. De nada servirá dar pasos adelante en temas emergentes si no resolvemos las principales carencias que tradicionalmente restan resiliencia a nuestros barrios y ciudades, y a nuestra sociedad. A esto hay que sumar que mejorar nuestro nivel de resiliencia es uno de los objetivos esenciales de la movilización de estos recursos por parte de Bruselas. Teniendo todo esto en cuenta, una de las cuestiones que debe recibir una atención inequívoca en los próximos años es la situación de los barrios más desfavorecidos de las ciudades, aquellos donde la vida de las personas se perpetúa en un ciclo de vulnerabilidad del que no encuentran salida. A pesar de las llamadas de atención sobre la creciente importancia de este tema (por ejemplo, hace poco Caritas publicó un informe alertando sobre el aumento de la exclusión social en el ámbito de la Comunidad de Madrid y diferentes entes internacionales han venido señalando a España la importancia de abordar reformas para reducir las desigualdades), se trata de una cuestión que viene recibiendo poca atención en los últimos años desde las políticas que acometen las distintas administraciones en nuestro marco (con excepciones como el País Vasco y algunos ayuntamientos). La desatención creciente hacia la misma se explica desde el cariz que han venido tomando las políticas urbanas en las últimas dos décadas en el contexto español, fuertemente influenciadas por el marco de la Unión Europea (UE) desde donde se ha ido consolidando una mirada que prima otros temas y enfoques en relación a lo urbano. Este hecho ha relegado paulatinamente a un segundo plano la regeneración de los barrios vulnerables que, sin embargo, fue un tema central durante la década de los noventa y los primeros años de este siglo.

La desatención hacia la mejora integral de estos barrios está también presente en el Plan de Recuperación. La observación de su estructura muestra que no contempla la financiación de programas de regeneración urbana (integrada) en los barrios desfavorecidos. Los recursos dirigidos a la cuestión urbana son muy relevantes, pero se están destinando a convocatorias que financian cuestiones sectoriales, principalmente la rehabilitación energética de edificios y la creación de oficinas para gestionarla, la renaturalización, la movilidad y la digitalización. Aunque se prevé la acción rehabilitadora a nivel de barrio, la misma financia solo la rehabilitación de los edificios residenciales y la mejora del espacio público a través de la figura de los denominados “Entornos de Rehabilitación Residencial Programada”. Esto supone la pérdida de una oportunidad que podría haber contribuido de manera importante a reducir las crecientes desigualdades en nuestras ciudades al actuar en los ámbitos donde se concentra la exclusión social (y el riesgo de la misma) de manera holística, con medidas que actuasen contemporáneamente en lo físico, lo social, lo económico y en el ámbito de la gobernanza.

Sin embargo, existe la posibilidad de que los entes locales, y en concreto los ayuntamientos, actúen desde la mirada integrada que conlleva la regeneración urbana utilizando las convocatorias sectoriales del Plan de Recuperación. Para ello podrían concentrarlas en los barrios que más vulnerabilidad socioeconómica presentan en base a estrategias comprensivas de regeneración. Solo desde una mirada comprensiva la acción en los barrios vulnerables tendrá el potencial de acabar con décadas de estigmatización interna y externa y generar un efecto palanca capaz de empezar a revertir la situación en la que se encuentran. Así pues, el Plan de Recuperación emerge como una gran oportunidad para actuar como base para la transformación “física” de estos barrios (que es la que más recursos se lleva en este tipo de proyectos), a los que los ayuntamientos pueden sumar recursos propios o procedentes de otras fuentes para implementar medidas en las otras dimensiones que deben ser atendidas. La mala noticia es que no todas las ciudades podrán hacer este camino. Para llevar a cabo esta visión necesitan contar con una identificación clara de los barrios donde se concentra la vulnerabilidad socioeconómica y haber definido un modelo de ciudad a alcanzar a medio plazo. No se trata solo de contar con una agenda urbana en donde se enumeren objetivos e indicadores de sostenibilidad alineados con los objetivos de la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible, sino de una verdadera idea de ciudad en donde la conectividad, la mezcla de usos, la localización de los mismos, su densidad e incluso, en algunos casos, su configuración espacial se pongan al servicio de la revitalización social y económica de estos barrios.

Para ello se requiere una mirada comprensiva hacia la sostenibilidad y una acción fuertemente guiada por el bien común, pero también una visión estratégica que entienda el retorno positivo que en términos de resiliencia socio-económica y ambiental puede tener la acción de regeneración de estos entornos. Se requiere también audacia desde la política puesto que poner los barrios vulnerables en el centro de la visión de recuperación de nuestras ciudades es un reto transformador, pero también ambicioso y que va contracorriente. Ninguna ciudad, ningún pueblo, será capaz de hacer una transición ecológica justa y aumentar de manera relevante su nivel de resiliencia si hace una proyección hacia el futuro que deja los barrios vulnerables desatendidos.

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