Barco de Grecia

Las calles de Atenas o Tesalónica parecen calles sin campaña electoral. Lo comentas con los compañeros de Syriza y te explican que esta es una campaña diferente. Una campaña de invierno. Sin tiempo. Y con mucho cansancio.

Pero el clima en la calle contrasta con las reuniones con activistas de la coalición de izquierdas, con la reflexión serena, profunda y cargada de razón que se vive en la fundación vinculada a Syriza, el clima en la redacción de HAYTH, diario progresista, o en el mitin que acaba de celebrarse en el pabellón del Aris de Tesalónica.

Los argumentos de Tsipras están cargados de razón. Hace poco más de tres años, cuando perdió las elecciones griegas por un estrecho margen, se utilizó la campaña del miedo y el chantaje para evitar su victoria. Tres años después, el miedo ha pasado por la resignación, y ahora la esperanza y la ilusión para cambiar una política de ajustes y austeridad que solo multiplican el dolor, mientras que la economía griega no deja de empeorar.

Hace ahora dos años, cuando Tsipras participó en nuestra campaña al Parlamento de 2012, explicó que Grecia no dejaba de ser la mesa de experimentos por donde luego pasarían el resto de países europeos, especialmente los del sur de Europa. Hoy, ya sabemos dónde nos lleva la devaluación interna: un escenario que puede suponer un mejor reparto de dividendos para unos pocos pero la multiplicación del sufrimiento. De la misma manera que Grecia ha sido una tabla de pruebas que luego otros han seguido, hoy puede ser la primera expresión de esperanza para Europa.

Mientras en el centro y en el norte de Europa el malestar se canaliza con expresiones de derechas, cuando no fascistas, en Grecia es una coalición de izquierdas la que habla de clases sociales, de la lucha entre la izquierda y la derecha, entre igualdad y desigualdad, del conflicto entre democracia y plutocracia, la que protagoniza la ola de cambio y de esperanza. Y Grecia, el próximo 25 de enero, puede abrir un nuevo tiempo para Europa.

Hoy, la propuesta de reestructurar la deuda no es solo una propuesta económica, justa y razonada. No tiene sentido que lo que han hecho otros (Alemania en 1953 u otros países latinoamericanos) no lo podamos hacer hoy. La deuda, lo privado y lo que se ha convertido en público tras salvar a los bancos, se debe también a una paridad peseta-euro o dracma-euro pensada para favorecer el endeudamiento del sur, o en los tipos de interés por debajo de los porcentajes de crecimiento en la década de los 2000. Pero, además, es una propuesta de recuperación democrática frente a la imposición de las políticas de ajuste de la deuda. Sin la reestructuración de la deuda no hay democracia porque no hay otra opción que la llamada devaluación interna, o dicho de otro modo, la devaluación hasta extremos insoportables de nuestras vidas y de la vida de un par de generaciones enteras.

Hoy, no hay lucha de un pueblo sin conectar la lucha de otro pueblo. No hay salidas que no pasen por un cambio en las reglas del juego económicas que impone la troika. La letra de Barco de Grecia, de Lluís Llach, explica que si el barco “no lleva red, ni orza ni timón, no penséis nunca que lo haya perdido todo, que el pueblo siempre podrá hinchar las velas, para ganar a olas hechas de miedo y de sangre”.

El pueblo griego, que como reza la canción, llora igual que llora el mío, puede hinchar las velas frente a unos mercados y sus servidores - se llamen Samaras, Rajoy o Mas - que niegan la democracia cuando se habla de economía.

Las elecciones en Grecia también son en Catalunya, en España y en todo el sur de Europa. El domingo ha de ser el inicio del cambio en muchos países del sur de Europa, donde la izquierda ya hace tiempo que pide un cambio en las reglas del juego. La democracia ganará a los mercados.

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