El cartel que ya has visto mil veces este verano, o cómo la IA nos está colonizando
Hay una epidemia silenciosa extendiéndose por España y el Ministerio de Sanidad no parece estar al tanto del asunto porque de estarlo ya habría sacado un cartel institucional generado con inteligencia artificial. Basta con echar un vistazo a las redes sociales de ayuntamientos, asociaciones vecinales, restaurantes, festivales o comisiones de fiestas para comprobar que el contagio ya tiene trazas de irreversibilidad: en todas partes habrás visto este verano el mismo cartel generado con IA, con leves variaciones.
¿Cómo reconocerlos? Muy fácil. La nueva estética IA representa un costumbrismo sin costumbres. Los carteles están llenos de elementos identitarios, pero carecen de identidad. Cuanto más intentan representar un lugar o una tradición concreta, menos se parecen a algo específico. Todos tienen el mismo tono amable y digerible, la estética de un libro infantil en el que las palabras se sustituyen por dibujos. Si hablamos de religión, el cartel generado por IA te pondrá un dibujito de una iglesia. Si hablamos de caminar, un sendero o unas huellas. Si hablamos de amor, un corazón. Si hablamos del verano, un sol. Si hablamos de naturaleza, unas hojas. Si hablamos de fiesta, unas luces de verbena. En todos hay, además, horror vacui a tutiplén no porque la inteligencia artificial sea una firme seguidora del barroco, sino porque no sabe jerarquizar. Todo le parece igual de importante, así que todo lo mete en el mismo batiburrillo plastificado, subrayado y colorido.
España tenía un ecosistema verdaderamente extraordinario de carteles de fiestas. Muchos eran objetivamente terribles, pero eran nuestros carteles terribles. Yo misma gané de pequeña el concurso del cartel de la Fiesta de la Ostra de Arcade (Pontevedra), con un dibujo de unas ostras bailando mientras unos limones aplaudían sentados desde unas sillas. Nadie en su sano juicio hubiese considerado aquel cartel alta cultura visual, pero ningún otro cartel del mundo se le parecía, porque ningún otro cartel tenía detrás a una niña de Vigo con esa idea delirante en la cabeza. Antes había concursos infantiles, el proverbial primo de la comisión de fiestas que “se defendía con Photoshop” o incluso ayuntamientos y asociaciones convocaban concursos remunerados y encargaban carteles a ilustradores profesionales, muchos de los cuales están viendo cómo gran parte de su trabajo por la promesa de un producto rápido y gratis. El resultado era irregular, a veces amateur, otras directamente espantoso, pero también auténtico y profundamente local.
Sería absurdo negar que la IA es útil, porque lo es, y mucho, pero en este caso el problema es que una herramienta que puede ampliar las posibilidades de un proceso creativo se está utilizando precisamente para eliminar del proceso toda la creatividad. Y lo grave es que muchas instituciones están encargando estos carteles a la trituradora generativa precisamente para promocionar la singularidad de los lugares que representan. Por ejemplo, el Ayuntamiento de Oviedo, que opta a ser Capital Europea de la Cultura, ha promocionado talleres culturales con carteles generados por IA:
La cuestión no parece tener fin porque la IA se inspira en un internet que ella misma está contribuyendo a llenar de uniformidad estética, como un cocinero que prepara cada día una sopa con las sobras de la sopa del día anterior hasta que un buen día lo que termina preparando es simple agua con sal. Así que desde esta humilde columna imploro que vuelva la sagrada costumbre de los carteles propios y singulares. Que vuelvan incluso el mal gusto y el diseño chapucero, antes que toda esta perfección ajena, desalmada y clónica que nos ha colonizado.
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