Con la que está cayendo

Imagen de archivo de una manifestación

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A pesar del anuncio de una vacuna contra la COVID, que parece que llegará de forma inminente a los países ricos, este final de 2020, año duro donde los haya, tiene un sabor muy amargo para los feminismos en España.

Estos han sido heridos, no de muerte, pero sí malamente. Un grupo de mujeres se resiste, desde su blanca cisexualidad, a dejar de ser pensamiento hegemónico y posición dominante proponiendo disputas que postergan y borran, en el peor momento, "la revolución en los cuerpos, las calles, las camas y las casas" -que dice Verónica Gago-. Una campaña que niega que las personas trans sean titulares de los derechos sexuales y de los derechos reproductivos que quedarán amparados con el reconocimiento legal de la autodeterminación de género. Se reproducen, 31 años después de la Conferencia de El Cairo, los argumentarios de los fundamentalismos religiosos contra los derechos humanos, aquella vez de las mujeres y, en esta ocasión, de las personas trans.

En un momento en el que la emergencia sanitaria y humanitaria deja en evidencia las costuras de un sistema que gana más poder cuanto más deshumaniza y menosprecia a los colectivos vulnerables, es urgente cambiar radicalmente las prácticas que reproducen las violencias cotidianas. Es responsabilidad de los feminismos, en lugar de confrontar y rechazar todo de plano, instaurar otro modo de abordar las contradicciones sociales que plantea un sistema patriarcal que decide y categoriza qué vidas valen y cuáles son despreciables no solo en base a su género, sino también a su identidad, a su raza, a sus creencias, a su origen étnico, a sus capacidades, a su orientación, a su situación social... Al menos es una responsabilidad desde la lógica de los derechos humanos, cosa distinta sería que se estuvieran defendiendo los usos y costumbres del Feminismo mainstream.

Entre tanta red social, medida de #QuedateEnCasa, toque de queda y confinamiento perimetral es difícil de observar cómo las desigualdades sociales están a punto de colapsar a una sociedad agotada por la crispación política, la mediocridad informativa, el paternalismo asistencialista y la vida precarizada por la COVID-19. En medio de este momento histórico, con la que está cayendo, el mayor problema de las defensoras de un feminismo homogéneo son los derechos de las personas trans. Mientras la lucha feminista se suma a las revoluciones políticas y sociales de Chile, Bolivia, México, Argentina, Polonia, Estados Unidos... aquí, en España, se fragmenta. Están quienes defienden su pureza como si de una cuestión moral se tratase y quienes buscan (buscamos) pringarlo todo de interseccionalidad para desplazar el objetivo a la política cotidiana, a aquella donde se encarna la revolución política real en la que lo personal es inevitablemente político porque lo que están en juego son los derechos políticos, los derechos a ser sin sufrir un trato indigno y cruel.

Es en los márgenes y no en las redes donde se gestan esas acciones de cambio radical, esas que son capaces de proyectar qué sociedad queremos, una lucha que esté a favor de los derechos humanos y no en contra de estos. Realpolitik revolucionaria fue un concepto que acuñó Rosa Luxemburgo y que ahora rescata en un libro prometedor Frigga Haug (Rosa Luxemburgo y el arte de la política) y es esa revolución política real la que buscamos desde los feminismos (en plural de heterogeneidad) las mujeres y las disidencias sexuales que tanto sacan de quicio a los guardianes y guardianas de otro orden político, el patriarcal. 

Un ejemplo valiente de cambio radical en medio de esta situación hostil y desesperante de pandemia, es el que han emprendido las mujeres trabajadoras del hogar al crear su propio sindicato a nivel nacional con el objetivo de dignificar su trabajo. Tras muchos años de confiar sus voces y derechos a otras mujeres, han dado otro paso más al frente usando su agencia y su cuerpo para luchar por que se equiparen sus derechos –muchas de ellas migrantes– a los del conjunto de trabajadores y trabajadoras de nuestro país. Y no me cabe duda de que lo van a lograr porque, como recuerda Frigga Haug en la entrevista que le hacen en Página 12 al parafrasear a Rosa Luxemburgo: "para la mujer burguesa, su casa es el mundo; para la proletaria, el mundo es su casa". Y es que sin ellas el mundo se para, al igual que se detendrá el desarrollo del movimiento feminista que no sea capaz de integrar y comprender como derecho humano, y no como amenaza fantasma, la autodeterminación de las personas trans.

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Publicado el
10 de noviembre de 2020 - 22:33 h

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