La culpa es de Maricarmen
Por no haber ahorrado, por vivir por 500 euros durante 70 años en una de las mejores zonas de Madrid, por no haber previsto la crueldad del sistema, perdón, la seguridad jurídica que le esperaba en la última etapa de su vida; por aprovecharse de leyes franquistas, por ir contra el sacrosanto derecho de propiedad, por privilegiada y por caradura y por dejarse utilizar por la izquierda perroflauta. Todo esto se ha dicho y escrito en redes sociales, digitales truchos, columnas de opinión y tertulias varias, y se ha expresado a voz en grito y sin ahorrar calificativos porque está de moda la crueldad y porque muchos buenos ciudadanos se están reposicionando a toda pastilla ante la posible llegada a la Moncloa de Feijóo y Abascal después de 8 años de comunismo bolivariano, es decir, de socialdemocracia flojita. Todos muy molestos porque, sin previo aviso, a la derecha cómodamente instalada en la crisis de Ceuta le ha salido una Maricarmen que desbarata su agenda.
Con el auge de la extrema derecha en Europa y la llegada de Trump al poder en su segundo mandato culminó un proceso de descalificación de la empatía y el altruismo que ya se venía rumiando en un Occidente atravesado por diferentes crisis económicas, sociales y de identidad. Se impuso el “malismo” como contraposición al “buenismo”, un neologismo peyorativo usado por la derecha para hablar de posturas éticas y solidarias que, según ellos, son irreales y poco eficaces cuando no causan males mayores de los que pretenden remediar. Criticas que podrían haber sido constructivas (alegar que la inmigración es positiva, pero puede tener consecuencias negativas que hay que prever y paliar, tanto en las comunidades de acogida como en los propios inmigrantes) derivaron rápidamente en crueldad y lo que Borges denominaba “la lógica peculiar que da el odio” (la solución es cazar y expulsar al inmigrante que viene a robar nuestros recursos y crear inseguridad).
Se escribieron artículos y libros sobre la empatía tóxica, y a ese tren se subieron trumpistas y oligarcas, etnonacionalistas y populistas, neoliberales y antiguos conservadores, porque no hay nada más eficaz y que consuma menos esfuerzo que hablar a las tripas del votante y no a su capacidad crítica. Consensos y valores universales como los derechos humanos, la cooperación y la ayuda a países y personas más vulnerables se han convertido en debilidades ideológicas propias de personas manipulables o, en el peor de los casos, manipuladoras. Ajenos a una realidad cada vez más desigual, se imponen las visiones de suma cero: si alguien gana algo es porque otro lo pierde. El progreso de todos es una utopía: o eres cazador o eres cazado, si no quieres ser verdugo te convertirás en víctima. Esa lógica lo destruye todo, desde la cooperación entre naciones a la convivencia en los barrios y se ha visto con toda crudeza en el desahucio de Maricarmen, símbolo de un problema estructural gravísimo en la mayoría de países desarrollados.
Defender que no se puede poner de patitas en la calle a octogenarias que no han dejado de pagar el alquiler un solo mes de su vida supone, para algunos, defender que cada uno puede vivir donde le plazca sin pagar un euro y a costa de sufridos propietarios como los protagonistas de esta historia, que no serán fondos buitres pero parecen buitres sin fondo. Las derechas (y el PSOE) saben que muchos españoles llevan un rentista codicioso dentro, aunque a duras penas lleguen a fin de mes, y que viven el cuento de la lechera disfrutando de la subida de los precios de su modesta vivienda en propiedad, olvidando que siempre necesitarán un techo para ellos mismos y sus hijos.
El trasvase brutal de rentas de inquilinos a propietarios contradice los relatos alarmistas de personas arruinadas porque el inquilino les dejó de pagar un alquiler tan excesivo que debería considerarse usura. La posibilidad de alquilar a precios no abusivos existe, pero no la utiliza ni el modesto dueño de un trastero. El último argumento es que la defensa de Maricarmen acabará perjudicando a las otras Maricármenes que no encontrarán quien las alquile. Sorpresa: eso ya está pasando, con Maricarmen o sin ella, desde hace años. Hay herederos como los caseros de Paquita, otra anciana con orden de desalojo de su casa del madrileño barrio de La Latina, deseando que esas viejas que han construido comunidad se larguen de una vez, a una residencia o al otro barrio, para trufar el suyo de pisos turísticos. El que no vea que puede ser el próximo o próxima Maricarmen está ciego de solemnidad. Los centros de las ciudades no pueden ser coto exclusivo de ricos, expats y turistas en busca de sensaciones y experiencias porque el 90 por ciento de los ciudadanos acabaremos en guetos, sin posibilidad de prosperar y sin movilidad social, viajando cada día a los barrios pudientes para trabajar y dar servicio. No solo se heredan los pisos, también la desigualdad.
El pánico que la movilización social ha causado en formaciones como Junts puede permitir al gobierno aprobar el decreto de vivienda que había quedado enterrado. Quedan 48 horas para negociar, con la esperanza puesta en el próximo martes y en un momento clave de final de legislatura. Si sale adelante también será culpa de Maricarmen, y su dignidad y lucha de años para que no la echen de su casa y de su vida.
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