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España es un póster en Chicago

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Es difícil caricaturizar a los pijos cuando se les oye expresarse en serio entre ellos. No hay posibilidad de crear una reducción al absurdo que supere la conciencia de sí mismo que tienen. Iván Espinosa de los Monteros compartía charla en un acto con varios miembros de su partido cuando se le ocurrió explicar qué significaba España para él: “Mi primera noción, mi primer recuerdo de ser español es de cuando yo era un niño pequeño y vivía en Chicago, y hablaba el español mal porque mi idioma era el inglés. En mi cuarto, mi padre –se emociona raro–, es una tontería, pero me ponía pósters de España. De unos caballos en Ibiza, de una playa de Andalucía, de una iglesia románica. Para un niño pequeño, aquello era algo realmente asombroso… yo quería venir a España”.

Para los pijos, las élites, España es un escenario. Atrezzo para unas vidas de lujo. Un lugar donde hacer turismo vital. No es casualidad que las imágenes de la infancia de Espinosa de los Monteros en una vida de comodidades y lujo en Chicago sean una playa andaluza, caballos en Ibiza y una iglesia románica, porque son imaginarios asociados a una burguesía católica que busca las raíces como una identidad construida desde el privilegio. Ni siquiera eran los pósters de su propia ciudad que se ponían los emigrantes en su cuartucho durante los 60 para tener una vista a su tierra, sino solo una representación de la belleza y lo ideal, del retiro y el descanso. Del ocio y el disfrute. De aquellos parajes icónicos y paradisíacos que saben suyos los ricos y a los que los niños de clase obrera no podían aspirar. 

Para los de mi clase, la obrera, España era nuestro barrio y la realidad no nos permitía idealizar un terreno baldío de belleza e ilusiones. No necesitábamos pósters en nuestras habitaciones para pisar tierra porque se nos forjaba la identidad en un descampado, en una calle ajada de un suburbio o en el erial a las faldas de una casucha. Los pósters de la infancia siempre han sido el espacio en el que desarrollamos nuestra individualidad. La precariedad nos ha hecho conservar esos cuadros de papel grapados en el cuarto como un elemento de construcción de identidad y aspiraciones, en muchas ocasiones estirando esa única decoración que iba mutando hasta pasados los 30, cuando el trabajo y la imposibilidad de tener tu casa propia hacía de ese espacio de la pared del cuarto de casa tus padres un lugar que mostraba tu evolución. Recuerdo algunos de los míos, Isaiah Thomas con los Detroit Pistons, los currelas descansando sobre una viga en una construcción de Nueva York o Charles Chaplin y Jackie Coogan en The Kid. Mirar esos pósters era la única ventana abierta a un mundo mejor o aspiracional, porque la de verdad te hacía ver un mundo gris, de antenas y cables caídos que te recordaba tu lugar triste en el mundo. No podíamos idealizar España, porque la vivíamos y no era bonita.  

Es normal que tengan que recurrir a recuperar imperios ficticios perdidos, banderas, himnos y discursos grandilocuentes para atraer a incautos de clase trabajadora con una noción de patria imaginaria que no tiene nada que ver con la que hemos vivido aquellos que sí nos hemos criado en códigos postales que nos manchaban de barro las perneras. No conocen la España que mancha más allá del polvo del camino del Rocío subido a las carretas y los caballos, por eso los pijos la idealizan enseñando a sus hijos que este país es un retazo de lugares idílicos brotados de jazmín, azahar y terrazas con vistas al mar. Una construcción identitaria que dibuja una imagen falsaria de una tierra que reserva esos lugares preciosos para los que pueden pagárselos mientras la mayoría convive en espacios hostiles, insalubres o simplemente tan anodinos que lo único que se desea al pasar la infancia en ellos es perderlos de vista para siempre. Los pijos de VOX mitifican España porque no han vivido pisando la misma acera que la clase obrera. 

Es difícil caricaturizar a los pijos cuando se les oye expresarse en serio entre ellos. No hay posibilidad de crear una reducción al absurdo que supere la conciencia de sí mismo que tienen. Iván Espinosa de los Monteros compartía charla en un acto con varios miembros de su partido cuando se le ocurrió explicar qué significaba España para él: “Mi primera noción, mi primer recuerdo de ser español es de cuando yo era un niño pequeño y vivía en Chicago, y hablaba el español mal porque mi idioma era el inglés. En mi cuarto, mi padre –se emociona raro–, es una tontería, pero me ponía pósters de España. De unos caballos en Ibiza, de una playa de Andalucía, de una iglesia románica. Para un niño pequeño, aquello era algo realmente asombroso… yo quería venir a España”.

Para los pijos, las élites, España es un escenario. Atrezzo para unas vidas de lujo. Un lugar donde hacer turismo vital. No es casualidad que las imágenes de la infancia de Espinosa de los Monteros en una vida de comodidades y lujo en Chicago sean una playa andaluza, caballos en Ibiza y una iglesia románica, porque son imaginarios asociados a una burguesía católica que busca las raíces como una identidad construida desde el privilegio. Ni siquiera eran los pósters de su propia ciudad que se ponían los emigrantes en su cuartucho durante los 60 para tener una vista a su tierra, sino solo una representación de la belleza y lo ideal, del retiro y el descanso. Del ocio y el disfrute. De aquellos parajes icónicos y paradisíacos que saben suyos los ricos y a los que los niños de clase obrera no podían aspirar. 

Para los de mi clase, la obrera, España era nuestro barrio y la realidad no nos permitía idealizar un terreno baldío de belleza e ilusiones. No necesitábamos pósters en nuestras habitaciones para pisar tierra porque se nos forjaba la identidad en un descampado, en una calle ajada de un suburbio o en el erial a las faldas de una casucha. Los pósters de la infancia siempre han sido el espacio en el que desarrollamos nuestra individualidad. La precariedad nos ha hecho conservar esos cuadros de papel grapados en el cuarto como un elemento de construcción de identidad y aspiraciones, en muchas ocasiones estirando esa única decoración que iba mutando hasta pasados los 30, cuando el trabajo y la imposibilidad de tener tu casa propia hacía de ese espacio de la pared del cuarto de casa tus padres un lugar que mostraba tu evolución. Recuerdo algunos de los míos, Isaiah Thomas con los Detroit Pistons, los currelas descansando sobre una viga en una construcción de Nueva York o Charles Chaplin y Jackie Coogan en The Kid. Mirar esos pósters era la única ventana abierta a un mundo mejor o aspiracional, porque la de verdad te hacía ver un mundo gris, de antenas y cables caídos que te recordaba tu lugar triste en el mundo. No podíamos idealizar España, porque la vivíamos y no era bonita.  

Es normal que tengan que recurrir a recuperar imperios ficticios perdidos, banderas, himnos y discursos grandilocuentes para atraer a incautos de clase trabajadora con una noción de patria imaginaria que no tiene nada que ver con la que hemos vivido aquellos que sí nos hemos criado en códigos postales que nos manchaban de barro las perneras. No conocen la España que mancha más allá del polvo del camino del Rocío subido a las carretas y los caballos, por eso los pijos la idealizan enseñando a sus hijos que este país es un retazo de lugares idílicos brotados de jazmín, azahar y terrazas con vistas al mar. Una construcción identitaria que dibuja una imagen falsaria de una tierra que reserva esos lugares preciosos para los que pueden pagárselos mientras la mayoría convive en espacios hostiles, insalubres o simplemente tan anodinos que lo único que se desea al pasar la infancia en ellos es perderlos de vista para siempre. Los pijos de VOX mitifican España porque no han vivido pisando la misma acera que la clase obrera. 

Es difícil caricaturizar a los pijos cuando se les oye expresarse en serio entre ellos. No hay posibilidad de crear una reducción al absurdo que supere la conciencia de sí mismo que tienen. Iván Espinosa de los Monteros compartía charla en un acto con varios miembros de su partido cuando se le ocurrió explicar qué significaba España para él: “Mi primera noción, mi primer recuerdo de ser español es de cuando yo era un niño pequeño y vivía en Chicago, y hablaba el español mal porque mi idioma era el inglés. En mi cuarto, mi padre –se emociona raro–, es una tontería, pero me ponía pósters de España. De unos caballos en Ibiza, de una playa de Andalucía, de una iglesia románica. Para un niño pequeño, aquello era algo realmente asombroso… yo quería venir a España”.

Para los pijos, las élites, España es un escenario. Atrezzo para unas vidas de lujo. Un lugar donde hacer turismo vital. No es casualidad que las imágenes de la infancia de Espinosa de los Monteros en una vida de comodidades y lujo en Chicago sean una playa andaluza, caballos en Ibiza y una iglesia románica, porque son imaginarios asociados a una burguesía católica que busca las raíces como una identidad construida desde el privilegio. Ni siquiera eran los pósters de su propia ciudad que se ponían los emigrantes en su cuartucho durante los 60 para tener una vista a su tierra, sino solo una representación de la belleza y lo ideal, del retiro y el descanso. Del ocio y el disfrute. De aquellos parajes icónicos y paradisíacos que saben suyos los ricos y a los que los niños de clase obrera no podían aspirar.