Todos esperábamos más
Quienes esperaban pedagogía seguramente aguardaban más ilustración. Quienes auguraban bronca seguramente esperaban más taberna. Hasta los antidisturbios, convocados en número de tres por cada manifestante a cientos de metros del Congreso, contaban con más. La noticia fue la normalidad democrática.
Pedro Sánchez eligió lo mejor que podía hacer para su alocución matinal. Centrarse en explicar para qué se va a hacer la amnistía y recordar cuál es la alternativa enumerando las políticas que ya están implementado el PP y la ultraderecha; para adelante o para atrás, ustedes sabrán.
El problema no fue su discurso. El verdadero inconveniente residía en la expectativa creada por cuanto pudiera decir sobre el elefante en la habitación. Cuando se genera tanta expectación sobre aquello que vas a explicar, o sorprendes, o siempre decepcionarás las expectativas de todos cuantos ya te han escrito el discurso varias veces mientras aguardaban expectantes; aun más si todo lo que dices ya lo habías dicho antes.
Seguramente muchos votantes socialistas incómodos con la amnistía se sientan hoy un poco más cómodos. Pero no gracias a la pedagogía de su líder, sino al empeño de Núñez Feijóo en distinguir a los socialistas “buenos” para crucificar a todos los demás.
Núñez Feijóo volvió a demostrar que es mucho mejor parlamentario y dialéctico de lo que piensan en Madrid incluso tras el debate en Atresmedia. Acerado en el fondo y contundente sin resultar faltón en la forma, su intervención sólo tuvo un pequeño problema: se le notaba demasiado dónde le duele. Hubo reproches y admoniciones para todos cuantos no le votaron. Solo se salvó la extrema derecha y ese es su drama.
Su mayor éxito consistió en atraer al barro al candidato. Pero siempre hay que tener cuidado con lo que se desea. El líder popular acabó ahogándose en el lodazal, supurando por todas sus heridas mientras escuchaba un cd de grandes éxitos de Ismael Serrano y a Pedro Sánchez se le notaba demasiado que se divertía.
A Feijóo le preocupa tanto la amnistía y le parece tan aberrante para la igualdad de todos los españoles que, durante las réplicas, tuvo que ser el candidato quien volviera a sacar el tema. Tocó soportar un cansino intercambio de hemerotecas dañinas para ambos y a que dieran las 17:40 de la tarde para que Sánchez planteara a Feijóo la pregunta más pedagógica que se puede formular para explicar la amnistía: ¿si gobierna en unos años, la derecha deshará los indultos y la amnistía? El interrogante resulta extensible a todos cuantos se oponen a la medida de gracia; es lo mismo que preguntar: si la amnistía no lo es, entonces ¿cuál es la alternativa?
Santiago Abascal subió a la tribuna tan agotado de acudir a las concentraciones en la sede socialista en Ferraz para que le graben las televisiones y salir pitando antes de que se líe como reclama, que ya no le quedaban ni traidores, ni golpistas, ni dictadores para rellenar siquiera media hora de intervención. Así que, para variar, también salió pitando del hemiciclo.
Yolanda Diaz subió a la tribuna a hacer una de las cosas que mejor se le da: marcar las distancias a sonrisas y abrazos. La señora Díaz y el señor Sánchez hicieron lo que tenían que hacer Yolanda y Pedro en un lugar tan fino como el Congreso. Lo dicho, normalidad democrática.
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