Esperanza Aguirre y la decadencia

La expresidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre.

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La aristocracia es divertida hasta cuando nos roba. Hay que reconocer que nos sisan con gracia de lo rancios que son. Un peculiar podcast familiar nos ha traído la última peripecia de la familia Aguirre y Ramírez Haro en su proceso de despellejamiento entre hermanos, algo muy habitual en la alta alcurnia cuando se trata de repartirse los dineros del papá muerto. La narración de la cuñada de Esperanza Aguirre grabada para sus vástagos de cómo montaron una farsa para simular una donación del cuadro de Goya y estafar a Hacienda es un precioso relato costumbrista del expolio. 

La familia de Aguirre, que andaba tiesa de efectivo ya cuando tenía que calentar los techos, y ahora tiene problemas hasta para mantener adecentado el patio, ha tenido que hacer contabilidad creativa para poder pagar sus deudas. Al final, como buenos liberales, la única manera que se les ha ocurrido para hacerlo es dejar de pagar los impuestos, bajos por gracia de Aguirre, que los ricos como ellos tienen que pagar en Madrid. Pero el caso es que todavía quedan algunos, y cuando se trata de un capital de seis millones de euros el montante ahorrado si eludes al fisco es un pico de consideración que al menos te deja para desratizar el palacete. 

Aguirre y su troupe familiar son una representación fidedigna de lo que representaba, con salero y mordacidad, Azcona en 'La escopeta nacional'. Son la concreción amojamada de la decadencia de un mundo casposo que ya no es, pero que aspiran a congelar porque se niegan a aceptar que se haya perdido. Son la nostalgia reaccionaria en su máximo esplendor, el duelo perpetuo por mantener una época gloriosa para los de su clase en los que la aristocracia era la representación sublime del ser superior, de quien se podía permitir mirar a la plebe con desdén porque la sociedad se había construido alrededor de sus privilegios. Los usos y costumbres de Esperanza Aguirre y familia son la mejor expresión del mundo que fue pero que ya huele a moho. 

Añoran y no soportan haber perdido la pleitesía del pobre. No hay mayor rencor de clase que el que experimentan aquellos que han tenido esa posición de prevalencia y ahora tienen que ver cómo se les cae el estuco a pedazos sin tener a un mísero obrero al que explotar para restaurarlo por dos mendrugos de pan. El mundo que fue y ya no es es ese en el que el patrón hostigaba con complacencia e impunidad, sin esconderse, aquel donde el cacique ordenaba y el aristócrata caminaba con orgullo repartiendo los restos de sus banquetes sin mirar al pedigüeño. 

La narración de la cuñada de Aguirre dando solemnidad y capitulando lo que no es más que un burdo robo a las arcas públicas porque estaban tiesas las del marquesado es una epopeya de esa costumbre extendida, ahora también en la izquierda, de maquillar y ponerle purpurina a un mundo que huele a charca estancada y putrefacta. Por suerte, hiede tanto que no hay posibilidad de vendernos el mundo que fue como una aspiración de futuro. Sabemos lo que se esconde tras la inmundicia, y nadie mejor que Esperanza Aguirre y los suyos para que no olvidemos el mal olor.

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