Frente a la extrema derecha, feminismo para los hombres

Manifestantes durante un 8M / OLMO CALVO

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Vox consiguió el 17,5% de los votos en las elecciones de Castilla y León. La inmensa mayoría del voto a la extrema derecha procede, como muestran los datos, de hombres. Los discursos negacionistas de la violencia machista o de las brechas laborales suenan ahora para muchos como una especie de rebeldía anti establishment, muy al estilo de lo que hemos visto en EEUU en los últimos años. Los asesinatos de mujeres, también de mujeres muy jóvenes con agresores muy jóvenes, hacen que la sociedad siga preguntándose '¿cómo es posible?'.

En los institutos, la crispación ha crecido: hablar de igualdad y plantear ciertos debates parecía más fácil en 2018, ese año en que la huelga feminista hizo historia. Para muchos adolescentes y hombres jóvenes, aun procediendo de ambientes progresistas, parece complicado entender y digerir algunos mensajes. El feminismo tiene mucho que hacer aquí, al menos si no queremos que el rédito de este desconcierto refuerce a la extrema derecha en lugar de fortalecer una transformación feminista de la sociedad.

¿Debe el feminismo preocuparse y ocuparse de los hombres? Hace no mucho tiempo mi respuesta hubiera sido distinta, ahora digo claramente que sí. Si en los últimos años hemos dado fuerza a esa idea de que los sistemas de opresión están entrelazados (muchas feministas, especialmente negras, latinas, de los márgenes llevan décadas diciéndonoslo), entonces las soluciones también deben estarlo.

No se trata de desproblematizar el patriarcado ni de negar el análisis de género, todo lo contrario, significa más bien entender al patriarcado como un sistema que, aunque de forma diferente y con consecuencias claramente distintas, nos oprime a todas y a todos. Un ejemplo: sí, hay más suicidios de hombres y tenemos que preguntarnos por qué. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de que sea esa extrema derecha la que capitalice un malestar que de nada sirve negar. Si no lo hacemos, serán ellos quienes impongan su relato y perderemos la oportunidad de construir el nuestro, uno que también apele y se preocupe por los hombres, pero con un análisis y una práctica feminista.

Precisamente porque queremos aplicar la perspectiva de género y proponer soluciones en esa clave tenemos que ser capaces de problematizar los suicidios, la violencia cometida por hombres y que se dirige muchas veces a otros hombres, el éxito de un tipo de porno o la incapacidad emocional que lastra las vidas privadas de muchísimos hombres (y de paso de muchísimas mujeres). Apostar por un feminismo que es transformador en su conjunto: no se trata de construir una sociedad mejor para las mujeres sino de construir una sociedad mejor.

Es por eso que el feminismo del 99% del que hablan muchas autoras es un feminismo que desborda los 'problemas de las mujeres' y que busca diagnóstico y propuestas ante la precariedad laboral, el acceso a la vivienda, el poder desmedido de las grandes empresas, el racismo, o las fronteras. Ese feminismo quiere ser una solución a la crisis social, una alternativa en su conjunto en la que, evidentemente, el machismo quede superado.

Decía Clara Serra en un artículo en El País hace unos días: “La cuestión es que un feminismo capaz de dar respuesta a esa reacción masculina que parece estar capitalizando la extrema derecha es, en efecto, un feminismo preocupado por el destino de los hombres. Un feminismo que está en condiciones de desarmar al enemigo justamente porque no consolida los bandos que trata de dibujar el enemigo”.

El feminismo tiene que interpelar a los hombres pero también ofrecerles respuestas. No, no es que tengamos que hacerle el trabajo a los hombres ni explicarles constantemente lo que tienen que hacer ni ser complacientes. Pero sí ser conscientes de que desentendernos de sus problemas y malestares, darlos por hecho e incluso considerarlos consecuencia inevitable de un 'algo estamos haciendo bien' no es quizá la mejor estrategia, más en el escenario actual.

El discurso sobre los privilegios masculinos debería estar atravesado también por esa interseccionalidad. Porque los privilegios de los hombres también crecen o menguan en función de otras variables –la raza, la clase social, su situación laboral– y, aunque hay muchos que son invariables (la posibilidad de la violencia hacia las mujeres, la mirada androcéntrica que les sitúa siempre en el centro...), hay otros que sirven para crear jerarquías también entre los hombres. Mostrarles a todos que muchas de sus inseguridades, de sus problemas cotidianos, de sus malestares tienen que ver también con el patriarcado y no con el feminismo –como tratan de hacer muchos– puede ser el camino para construir una alternativa más amplia y más fuerte.

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