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Qué haría Dolly

Dolly Parton durante un concierto en Colonia, Alemania, en 2014.
27 de agosto de 2026 22:01 h

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Esta semana un encuestador británico con el que suelo hablar contaba que su primer recuerdo de Dolly Parton es de cuando él tenía 11 o 12 años, en los años 90. En su colegio, un profesor de Matemáticas decía que las fracciones en las que el número de arriba es mayor que el de abajo eran como Dolly Parton, por los pechos grandes de la artista.

Eran los años en los que a un científico escocés se le ocurrió llamar a una oveja “Dolly” porque había nacido de la clonación de una célula mamaria. “No existe la mala publicidad”, dijo Dolly Parton entonces, imitando el balido de la oveja al decir “baaaad”. En 2024, casi 30 años después, la pionera compositora, cantante, empresaria, millonaria y filántropa seguía respondiendo preguntas con sorna sobre sus pechos y la oveja clonada. No había cómico que superara los chistes con los que ella reaccionaba a los comentarios machistas y/o clasistas sobre el tamaño de sus pechos, sus pelucas o sus vestidos.

Es fácil no darse cuenta de lo que aguantó Dolly Parton ahora que nuestra sociedad es mejor en muchos sentidos y ella tiene el lugar que le corresponde en la historia de la música y es alabada por su talento, su empatía, los más de 300 millones de libros donados a niños por su fundación y su capacidad para unir por un momento a un país enfadado como solo puede hacer el arte.

Dolly Parton abrazó los estereotipos sobre ella –paleta, rubia, tonta, tetona– para reírse de ellos con naturalidad, como cuenta muy bien la periodista Beatriz Navarro en el libro Dolly Parton, un retrato americano. El humor fue su resorte durante décadas ante preguntas incómodas sobre el tamaño de su busto, su ropa apretada o los males de su comunidad de origen.

Las entrevistas que le hizo la periodista Barbara Walters en 1977 y 1982 son sonrojantes –para Walters– y reflejo de la época machista y despreciativa hacia las mujeres (especialmente) con poca educación formal. Pero también una señal de la fortaleza de Parton, que descolocó a la célebre periodista con sus respuestas sinceras y seguras de sí. No le importaba ser retratada como una rubia tonta porque sabía muy bien que no lo era.

“Dolly, no tienes que ir por ahí con esa pinta”, le dijo Walters. “Quería hacer algo que llamara la atención. Soy muy real donde cuenta, es decir, dentro, en mi corazón, y me preocupo por las personas y por las cosas que importan”, le contestó Parton, que controlaba y explotaba su propio personaje.

Era cantante y compositora, pero también una empresaria que había sabido gestionar bien las 3.000 canciones de su repertorio y un imperio que dependía de su parque de atracciones en Tennessee, Dollywood. Su fortuna se estimaba en, al menos, 450 millones de dólares, según la revista Forbes. Era una de las más ricas entre las mujeres que habían hecho dinero desde cero. Su padre tuvo que pagar el parto de su madre con un saco de harina de maíz y ella vivió sin agua corriente y en condiciones de pobreza rural ajenas a la mayoría de Estados Unidos en los años 50.

Su éxito en la música tiene mucho de extraordinario. El country se identificaba con los hombres blancos. Como cuenta el libro de Bea Navarro, incluso hoy apenas un 15% de los temas están interpretados por mujeres. Ahora hay cantantes afroamericanos, pero también son minoría. Y, aunque las discográficas tienen menos tolerancia a los exabruptos racistas, no se puede decir lo mismo de los fans.

El Partido Republicano lo convirtió en su música oficiosa por el impulso de Richard Nixon, que vio una manera más de acercarse a los votantes sureños apegados a canciones de tintes religiosos y en ocasiones racistas. En realidad, la música country también bebe del blues afroamericano y del folclore hawaiano, y, como demostró Dolly Parton, podía ser mucho más.

Ella consiguió incluir a más personas, entre los artistas y sobre todo entre el público.

“Todo el mundo se sentía como en casa en un concierto de Dolly. Hombres con gorras de camionero, y a veces banderas confederadas, estaban junto a drag queens. Las señoras vestidas para misa con el pelo cardado estaban al lado de mujeres que se daban la mano y niñas con abrigos multicolores, hombro con hombro, cantando I Will Always Love You”, escribe en el New York Times Jab Abumrad, autor del pódcast Dolly Parton’s America y que se describe como “un niño árabe delgado y desgarbado que creció en un universo de baptistas del sur en Nashville durante la guerra del Golfo Pérsico” y que miraba con “recelo” la tendencia sureña a la nostalgia, pero acabó fascinado por la que transmitía Parton. Su padre es el médico libanés-estadounidense del que se hizo amiga la artista cuando él la trató tras un accidente de coche y por quien acabó donando a la investigación para la vacuna de Moderna contra el covid.

Ella evitaba la política partidista, aunque no las causas públicas, siempre a favor de la inclusión, y eso explica las palabras de aprecio de estos días más allá de barreras ideológicas, raciales o generaciones.

Su desafío al establishment de la música lo hizo desde dentro, con canciones que a veces las radios no querían poner porque consideraban demasiado “feministas” para su audiencia familiar, como Eagle When She Flies. Incluso en 2023, su música despertó recelos entre educadores conservadores mientras la comunidad LGTBI las abrazaba como canto a la libertad y la fluidez de género. Su vida y su carrera tuvieron mucho que ver con la derrota de los prejuicios.

Al día siguiente de su muerte, me crucé en la calle en Oxford con una señora muy rubia y seria que llevaba una camiseta estampada con letras en rosa el mensaje “¿Qué haría Dolly?”. “Una camiseta genial”, exclamé. Sin pararse, sonrió de inmediato de oreja a oreja y contestó “gracias”.

Uno de los legados de Dolly Parton es la alegría, esa tan esquiva. Y si lo entendemos ahora fue por su talento para plantarle cara a prejuicios de todo tipo durante años. Algo en lo que pensar para no volver atrás.

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