Agosto en Madrid
Quedarse en agosto de vacaciones en Madrid, como me ha pasado en los últimos años, sigue siendo un mal plan. También lo es en otras grandes ciudades de España y de Europa. El calor sofocante sin tregua con poco árbol y poca agua, los cierres del comercio, la limitación de los servicios y el vacío un poco inquietante no se ven compensados por la ausencia de atascos, el desahogo de los sitios abiertos y los minutos –desde luego, emocionantes– del eclipse al 99,9%. Pero nada de eso es lo que más destaca.
Pasear, o intentarlo, es ver a más personas dormitando en medio del calor extremo en un banco desconchado o entre cartones en una esquina donde a lo mejor hay algo de corriente. Es ver a más mujeres mayores solas, o las más afortunadas, acompañadas por una cuidadora, renqueando en medio del polvo de las obras o sentadas en un Corte Inglés de oportunidades durante horas buscando aire acondicionado o un poco de conversación.
Madrid en agosto es, sobre todo, pobreza y soledad. No son males estacionales, pero de un lado son más evidentes y del otro están agravados por la falta de servicios y el calor extremo que todo lo empeora. Puede que simplemente mirar para otro lado sea más difícil en agosto que en septiembre entre el bullicio del nuevo curso.
Las personas sin hogar y con menos opciones de refugio o de ayuda, sobre todo de voluntarios y asociaciones cívicas, merodean por calles vaciadas por los locales cerrados y el calor insoportable. Desde luego, no es algo que pase solo en Madrid. Es una escena común en ciudades europeas de todos los tamaños.
En Oxford, ciudad universitaria sin estudiantes hasta octubre y calor también extraordinario este verano, hay más personas sentadas en la acera pidiendo unas monedas o intentando dormir. En el caso británico, se añade el alcohol que degenera en tensión y peleas.
Uno de los primeros propósitos de Andy Burnham, el nuevo primer ministro británico, es acabar con la crisis que lleva a miles de personas a dormir en la calle. Se ha puesto como objetivo que no haya nadie durmiendo en Inglaterra en la calle para Navidad. Él mismo reconoce que el Gobierno no tiene recursos suficientes para hacerlo solo y que los problemas subrayacentes son complejos. Las causas requieren muchos años de esfuerzo, para entender y paliar la indigencia, la soledad y el abuso de drogas y alcohol. En Manchester, cuando Burnham era alcalde, consiguió reducir el número de personas que dormían en la calle, pero luego la cifra volvió a subir hasta niveles parecidos a cuando llegó. Lo pone como una cuestión incluso de identidad frente a la indiferencia habitual: “Esto no es lo que no somos, esto no es lo que debemos ser, nadie debe dormir en las calles británicas”, dijo Burnham esta semana.
Es, sin duda, difícil y hay muchas dudas de que Burnham vaya a lograr tan siquiera acercarse a ese objetivo ambicioso, pero que un primer ministro lo presente como prioridad nacional nada más llegar es una buena noticia de la que podríamos aprender en España. Para que cuando llegue septiembre no dejemos de mirar.
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