Los idus de mayo

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

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La pandemia ha alterado todo y tanto que, ahora, hasta los idus de los que conviene guardarse ya no son los de marzo, ahora vienen en mayo. Ya suman tres, que son multitud, las encuestas que dan al PP acechando al PSOE, —Barómetro CIS—, adelantándole —Barómetro de La Sexta— o claramente por delante —GAD3 para ABC—. Puede que a Pedro Sánchez le convenga plantearse si no debería hacer lo contrario de lo que hizo Julio César en aquel marzo fatal: guardarse de los peligros que le avisaban por los idus y tener siempre cerca a alguien que le recuerde que es humano. No llega a cambio de ciclo, pero solo el capitán del Titanic negaría que la opinión pública está virando toda a estribor.

Atribuir el desgaste a la mítica "fatiga pandémica" puede resultar buen consuelo para muchos. Pero tal vez no baste para explicar por qué empieza a sacar ventaja un Pablo Casado cuyas contadas victorias ni siquiera le pertenecen. Instalarse en la esperanza de que se trate de un momento pasajero y circunstancial y se corrija con el paso del tiempo, las vacunas y los fondos Next Generation implica atribuirles a los electorados la volatilidad de las audiencias televisivas y eso siempre acaba mal.

La buena noticia para el ejecutivo reside en que su creciente desventaja tiene arreglo, pues se debe más a errores propios que a aciertos de la competencia. Algo falla en la comunicación de tu liderazgo cuando debe salir el primer día el presidente del Gobierno a fijar postura ante la crisis diplomática en Ceuta mientras Marruecos se permite despacharlo con un comunicado de la embajadora. Algo falla en tu relato cuando acoger a un enfermo terminal, por muy líder polisario que sea, supone un acto de traición y plegarse a las demandas y caprichos del rey de Marruecos supone un acto de patriotismo.

Lo primero puede deberse, en parte, a una política de comunicación donde solo habla el presidente, habla poco y únicamente para dar buenas noticias y explayarse sobre lo bien que irá todo dentro de unos meses. Cuando las cosas se tuercen, no quedan segundos espadas que puedan salir a apagar el fuego y batirse el cobre con quien toque. No queda más remedio que quemar al presidente y confrontarlo con la embajadora de Marruecos, con la presidenta de Madrid o con el primero que se ponga delante.

Lo segundo parece consecuencia de haber perdido el control de la agenda e ir casi siempre por detrás. El problema no es que te pase una vez; el problema es que se repita. Sucedió con el fin del estado de alarma, con los vacunados con AstraZeneca menores de 60, con los peajes de las autovías, con la tributación conjunta, con los ERE de la banca, con la reforma de las pensiones... A este Gobierno parece que cualquiera puede marcarle la agenda: basta con llevarle la contraria sin complejos.

Pero no todo son problemas de comunicación. Normalmente suele ser un síntoma de algo más profundo. Este Gobierno parece haber caído en algo que los expertos llaman "ensoñación estratégica". Bien está planear el futuro a diez, veinte o treinta años. Constituye una sana costumbre que deberíamos institucionalizar entre nosotros. Pero conviene respetar un par de reglas básicas.

La primera regla fija la conveniencia de tener un plan y, a poder ser, bueno. Cuando el principal titular que produce tu plan es que, gracias a la pérdida de 800.000 alumnos y 33.000 aulas, va a crecer la inversión en educación, no tienes una estrategia, tienes resignación. La segunda regla dicta que debes evitar la tentación del ensimismamiento. Lo bueno del pensamiento estratégico es que todo sale siempre bien, todo funciona y todo el mundo es feliz. Pero resulta que la primera lección del manual del estratega enseña que solo los hechos de hoy pueden amparar la planificación de mañana. A este Gobierno parece que el hoy le estorba y le irrita y prefiere dejárselo a la oposición. Lo explicó como nadie John Maynard Keynes: "En el largo plazo, todos muertos".

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Publicado el
23 de mayo de 2021 - 22:03 h

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