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José Antonio Primo de Rivera, no mártir sino traidor

Cuadro que representa a José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange.

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La exhumación del cadáver de José Antonio Primo de Rivera (JAPdR) de la tumba que ocupaba hasta ahora en la basílica del Valle de Cuelgamuros es verosímil que dé origen a enconados y sesudos análisis entre los comentaristas de prensa. También en el público en general y, espero que, en menor medida, entre los historiadores profesionales.

Ciertamente la exhumación tiene una base conminatoria en la Ley de Memoria Democrática (BOE del 20 de octubre de 2022). Tanto en sus fundamentos generales como en sus disposiciones concretas (arts. 35. 41 y, en particular, 54). En este último, el apartado 4 se aplica directamente al caso (“Asimismo, se procederá a la reubicación de cualquier resto mortal que ocupe un lugar preeminente en el recinto”). El del fundador de Falange es el único en que se da lugar tal circunstancia. En este sentido, el Gobierno aplica la ley. Puede discutirse de su idoneidad, pero la ley es la ley. Para mí el aspecto jurídico no da pie a grandes controversias. La familia del difunto ha aceptado la exhumación y procederá a la reinhumación en un cementerio normal, según ha informado la prensa.

Me interesan más los debates a que el suceso puede dar lugar entre los comentaristas y en el público en general. A su vez conectados con el juicio que JAPdR sigue despertando en la sociedad española. En este sentido, cabe señalar que para los historiadores su papel no es demasiado discutible, aunque probablemente queden aspectos o facetas por explorar.

Sobre JAPdR se ha escrito largo y tendido. Fue una figura elevada por la dictadura franquista al pináculo de la gloria más inmarcesible. Elogios, ditirambos y elegías llovieron sobre él desde el primer momento. La corriente no ha cesado. Personalmente siempre me he referido a uno de sus comentaristas más señalados que, lo que son las cosas, hoy prácticamente no conoce nadie: Agustín del Río Cisneros. Un vistazo a los sobrehumanos esfuerzos de Mr. Google da un total de hits inmenso para dicho caballero, especializado en la exégesis de las insondables profundidades del pensamiento joseantoniano. Además, las Obras Completas de JAPdR están colgadas en Internet. Cualquiera puede consultarlas. Personalmente mi favorita es su Carta a los militares de España. No la he comparado con el texto original que, en un ejemplar primorosamente impreso, se encuentra en el Archivo General Militar de Ávila.

Las biografías de JAPdR no son pocas. Los autores que las han escrito son de adscripciones técnicas e ideológicas diversas, es decir, de casi todos los colores del arcoíris. Me atrevo a señalar que muchas de ellas lo son en función de su papel (una vez fusilado por los republicanos, tras el correspondiente juicio, el 20 de noviembre de 1936) que la dictadura de Franco asignó, desde el primer momento, al partido (Falange Española) por él fundado.

De esto, sin embargo, JAPdR no fue responsable. A lo más lo fue su familia más directa y seguidores de primera hora más adictos que se unieron al carro de los militares, falangistizados o no, y se auparon en él. No se subrayará lo suficiente que el fascismo español, que surgió con JAPdR y otros, pero que hasta julio de 1936 había sido una fuerza minoritaria, se construyó no durante los años republicanos sino en la propia guerra civil. En parte, por la necesidad de Franco de apañarse con una capa ideológica que lo acercara a las potencias del Eje, sin cuya ayuda es difícil que hubiese ganado la guerra. En parte, porque los fascistas italianos no tardaron en aconsejárselo vivamente incluso antes de que se elevara al Mando supremo. Y, en parte, porque difícilmente hubiera despertado gran entusiasmo entre los antiguos votantes de las pluriformes derechas si se hubiera presentado el GMN (“Glorioso Movimiento Nacional”) como lo que había sido en un principio: el resultado de una conspiración monárquica, militar y fascista (no solo por JAPdR, que también, sino por la ayuda que a los monárquicos les había prometido el Duce antes del 18 de julio de 1936).

Subrayo que JAPdR estaba al corriente de dicha conspiración y de sus conexiones con el fascismo italiano. Ya había puesto a la disposición de los directores de la misma (el teniente general Sanjurjo y el diputado a Cortes y eminente jurista José Calvo Sotelo) la preciosa ayuda de sus hombres para realizar una parte del trabajo sucio necesario. Se trataba de crear en España la sensación de que la PATRIA se encontraba en un estado de necesidad.

Posiblemente, el antirrepublicanismo antidemocrático y fascista de JAPdR lo hubiese llevado en esa misma dirección, pero los monárquicos —que no tenían demasiada raigambre en la juventud española— necesitaban una fuerza de choque que calentara el ambiente con atentados, asesinatos y provocaciones. No lo digo yo. Lo escribió ya, en sus Memorias, Pedro Sainz Rodríguez, monárquico de pro. Fue el hombre de contacto con los italianos, junto con otro monárquico y exministro de la Dictadura primorriverista, Antonio Goicoechea, aunque este lo era además directamente con el Duce.

Incluso en alguna ocasión, antes de las elecciones de febrero de 1936, al frente de la denominada “Falange de la sangre”, los monárquicos pusieron a uno de los suyos, el comandante y piloto laureado por sus hazañas en África, Juan Antonio Ansaldo. No por casualidad era también el peón sobre el cual gravitaban los aspectos operativos de la conspiración con los italianos.

Cuando servidor era joven e inexperto historiador hice mucho hincapié en que JAPdR recibía también dinero de Mussolini a través de la embajada fascista en París. No fue un descubrimiento mío. Lo había visto primero y tergiversado un aspirante de historiador y luego reputadísimo novelista (llegó a ser miembro de la Académie Française). Él lo hizo desde el punto de vista francés. Servidor lo hizo desde el español. La noticia levantó una cierta polvareda, pero a mí me interesaban más los lazos de los conspiradores con los nazis que con los italianos. De aquéllos hubo muy pocos. Y luego un historiador norteamericano demostró, con los papeles entonces conocidos, que tampoco había muchos con los italianos. Se equivocó rotundamente, como también se había equivocado servidor.

Solo la combinación de documentación española (monárquica y carlista), italiana y francesa permite ahondar en los lazos de la conspiración a la que Sainz Rodríguez y Goicoechea incorporaron a JAPdR. No cabe decir “gracias a Dios”.

Lo que antecede lo han negado comentaristas, periodistas, aficionados e incluso historiadores que no han combinado los documentos que figuran en media docena de archivos de las procedencias mencionadas. ABC, por ejemplo, que ha dedicado en los últimos años numerosos artículos a señalar cuán perversas y sanguinarias eran las izquierdas españolas antes del 18 de julio, no ha publicado una palabra al respecto. Tampoco ha refutado documentalmente las evidencias republicanas, monárquicas, cedistas, carlistas, francesas, británicas, nazis y fascistas que es necesario examinar para mostrar en su luz auténtica el haz de fuerzas que llevaron al estallido de julio de 1936. No es de extrañar, ya que en la época desempeñó un papel imprescindible en la construcción del relato que divisaba en la supuesta amenaza de imparable “sovietización” de España, el peligro mortal no solo para la PATRIA sino para toda la Europa cristiana.

En resumen, JAPdR no fue responsable de la utilización que Franco hizo de su figura. Sí lo es de haber aportado su granito de arena (nada despreciable, por cierto) a la crispación de la primavera de 1936 de la mano de una potencia extranjera, la Italia de Mussolini, y de lo que era plenamente consciente.

Servidor, a eso, lo denomina traición.

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