Lavadora y ansiedad

Dos mujeres hablan desde sus balcones durante el estado de alarma en Madrid

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Como en una coda agónica, el aparato emitió unos estridentes pitidos finales y hasta el salón llegó un olor a goma quemada que me hizo temer lo peor. Es verdad, no era un edificio en llamas, ni una ventolera azotando las cristaleras, ni se había desprendido un trozo de escayola del techo del salón. La lavadora había muerto y en su interior, enrollada y mojada, se encontraba una masa informe de ropa sin lavar ni centrifugar. Entre todo el desastre, una de mis camisas favoritas, a la que asigné la cualidad de dar buena suerte una vez abotonada, pero por ahora nada en este 2020.

Me quedé mirando a la esfera oscura llena de pantalones y calcetines como quien mira al vacío. Abrir o dejar cerrada aquella puerta de cristal que me llevaba hacia el caos, esa era mi duda. Puede que suene exagerado, lo comprendo, pero en el momento, se me vino el mundo encima. Qué dirían los caseros. Quién pagaría la reparación. Cuántos años tenía aquella vieja lavadora, que caminaba hacia adelante al final del lavado y amenazaba con hacer las maletas e irse del piso siempre que se ponía en marcha.

Ansiedad.

Accioné la palanca del óculo en una maniobra compleja puesto que la pestañita de la puerta llevaba rota al menos dos años, y metí la mano. La ropa chorreaba y, para tenderla, primero tuve que escurrirla. Prenda por prenda. Mi camisa, la de la suerte, estaba hecha un bruño y sentí lástima por las dos. Por ella, porque había quedado despojada de cualquier poder superior, y por mí, porque me esperaba una conversación incómoda con los dueños de la casa y varios días sin lavar. 

Más ansiedad.

Hacía poco, además, también había notado raro al calentador. Y no es que hable con los artilugios de mi casa, que podría, la cuestión era que muchos días en la ducha me quedaba pajarito esperando por el agua caliente y había decidido informar. Dos reparaciones en la misma semana. El horror. 

Con la casa oliendo a hoguera y el suelo del balcón lleno de agua, escribí a mis caseros. Les envié uno de esos Whatsapps eternos en los que cuentas la vida y obra de las cosas, borras y vuelves a escribir, y finalmente le das a enviar cerrando los ojos, como si estuvieras frente a un precipicio mortal. La respuesta, en formato audio, simple y esperanzadora: "Llama a este número para que revisen la caldera. Cambiamos la lavadora".

Desde marzo las cosas cotidianas pueden parecer extremas y aparece la ansiedad. Llamar a un manitas, reparar un calentador, dar dos besos, conocer a un nuevo sobrino (todavía no lo he hecho y me muero de ganas), cambiar los vaqueros ajustados por una vida en chándal.

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Publicado el
27 de noviembre de 2020 - 22:34 h

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