Mariano y Rato, la mano en el pescuezo

Rodrigo Rato sale detenido de su domicilio en Madrid. / Efe / Ballesteros

Es más que probable que, si un probo funcionario llega un día a colocar su mano derecha en el pescuezo de Mariano Rajoy para introducirlo en el coche de los detenidos/sorprendidos, el todavía presidente del Gobierno dirá al agente: "Esa persona de la que usted me habla", refiriéndose a él mismo; o bien: "Nadie podrá probar nunca que no soy inocente", con el mismo enarque de ceja izquierda que cuando Bárcenas; o bien: "Todo es mentira, salvo alguna cosa"; seguro que se defenderá de forma reflexiva afirmando: "Ha sido una gran decepción, lo de ese hombre con barba y gafas"; o bien: "Hace tiempo que no soy militante de mí mismo, ni de mi partido; es más, me estoy quitando de Mariano, llámeme Brey"; no hay que excluir que se escribiera un SMS: "Mariano, sé fuerte, hago lo que puedo". Todo lo imaginable con tal de evitar la verdad.

Me niego a entrar en la disputa de si esto es una voladura controlada desde dentro del propio Gobierno, si es fruto del momento maoísta que vive el PP –"la lucha de clases en el seno del partido"– o si es estrategia de algún prestidigitador para ganar votos a base de perderlos. Lo único que me interesa en esta historia es que el que fue construido durante años, de forma tan artificial como cansina, por los Aznar, Rajoy, Cascos, Arenas, Montoro, Guindos, Aguirre…, como el sumo hacedor de no sé qué milagro, el personaje que contribuyeron a construir también enfáticamente no pocos periodistas –remunerados o no–, es un bluf, es mentira, es un presunto corrupto y supuestamente roba a la Hacienda española, de la que fue ministro.

Este milagrero económico que no estudió Económicas, sino Derecho, que figura como experto en economía después de un máster; este conseguidor, que se metió en política para hacerse rico; esta luz de donde el sol la toma, que firmó una tesis doctoral sin haberla escrito; este pájaro, que se fue del FMI porque ya entonces afloraban sus múltiples corrupciones y se aburría, resulta que ahora ha caído como un huevo desde un sexto piso.

El PP le está aplicando a Rato el tratamiento mediático Bárcenas: venía de vez en cuando por la sede de Génova, pero no sabemos muy bien a qué; propiamente no tenía despacho, apenas una sala; su asunto es muy muy particular; de momento no está procesado; podíamos haber impedido la detención y no lo hemos hecho, fíjense que megademócratas somos.

Por eso es el momento de reproducir las laudatios de Aznar: "Rato es, de largo, el mejor ministro de la historia de la democracia"; de Rajoy: "Haré la misma política económica que Rato, porque yo no soy tonto" (no es un anuncio de Mediamarkt); los jaleos, modo fondo sur, de Pizarro: "¡¡Rato, Rato, Rato!!", espoleando desde la tribuna a los asistentes al mitin de turno. La lista de alabanzas es interminable e incluye a periodistas que, en cuanto osabas criticar a Rato, salían rampantes en su defensa.

No sé si Rato irá o no a la cárcel, creo que en la percepción de los españoles –votantes del PP, incluidos– ya ha quedado como un supuesto ladrón, como un ministro de Hacienda que defraudó a Hacienda, que se llevó el dinero a Suiza, a Swazilandia…

Después de años de construir artificialmente el personaje, después de lustros de hacerle la pelota y ponerle como modelo, Rato, que negó la burbuja inmobiliaria porque eran él y Aznar quienes la habían creado, vive en el oprobio y quién sabe si acabará entre rejas, como su padre. Mariano jurará que no lo conoce, que no se conoce ni a él mismo, menos aún si llegan a ponerle la mano en el pescuezo.

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21 de abril de 2015 - 20:02 h

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