La Moncloa como espacio moral

No llevaba ni dos semanas Rodríguez Zapatero al frente de su primer Gobierno cuando, en un acto en Andalucía, Mariano Rajoy pidió poco más que abandonara la Moncloa. Mucho antes de los cien días de rigor, empezó una estrategia de acoso y derribo que tuvo uno de sus puntos álgidos cuando soltó en el Congreso “usted ha traicionado a los muertos”. La verborragia de Rajoy parece haberse esfumado ni bien alcanzó el poder, prodigándose muy poco por las Cortes e inaugurando un género: la comparecencia a través de la pantalla de plasma.

El silencio y la estrategia del deshielo, la espera paciente de que cada problema pierda solidez, se licúe y se derrame hasta volcarse por las márgenes de la opinión pública es su modo de entender la gestión política. O mejor, la no política. Rajoy para justificar la traición total de su programa electoral invocó a la realidad como freno a su voluntad, cuando justamente la política es la que transforma a la realidad y la imposición de ésta marca claramente la ausencia del trabajo político. Con el caso Bárcenas ha llegado a superarse a sí mismo y se encuentra frente a un problema político y moral de un calado similar al que sufrió el expresidente Felipe González con el caso GAL. Es decir –y poniendo las distancias necesarias entre el terrorismo de Estado y la corrupción–, se trata de poner en el tapete público si Rajoy es el señor X del caso Bárcenas. Llegados a este punto y en aras de conseguir que el presidente comparezca en las Cortes y como se oponía a ello, Alfredo Pérez Rubalcaba, amenazó con una moción de censura. Rajoy ha medido la situación y ha ofertado hablar en el Congreso pero anticipa que será una suerte de exposición general, haciendo hincapié en la economía y no un monográfico alrededor del caso Bárcenas. Una suerte de debate del estado de la Nación, al que Cayo Lara ha corregido reclamando un “debate de la corrupción”.

La paradoja de toda esta secuencia es que quien pide la moción de censura, Pérez Rubalcaba, cuando estalló el caso GAL era el portavoz del gobierno socialista y los viernes, del mismo modo que no vemos comparecer a Rajoy después de un Consejo de Ministros, en Moncloa no se presentaba Felipe González sino que salía a la palestra Rubalcaba a responder las preguntas de los periodistas.

El juego de espejos nos lleva al esperpento ya que unos y otros intentan distorsionar la realidad y pretenden devolvernos el reflejo que recibía Max Estrella frente a los espejos deformantes del callejón del Gato.

Entre uno y otro momento hay un encuentro en Moncloa, entre los dos partidos, quienes al igual que Alicia atraviesan el espejo de su contrario, es decir se confunden uno con otro, y es cuando Rajoy y Zapatero acuerdan la reforma constitucional express para limitar con el respaldo de la Carta Magna el déficit, piedra angular de desmantelamiento del estado de bienestar y de los derechos fundamentales en los que está aplicado el Ejecutivo de Mariano Rajoy.

Esta convergencia, intramuros, en Moncloa, convierte al palacio en un espacio donde bien podemos cuestionarnos la moralidad del sistema y concluir que el bipartidismo, más allá de la alternancia constante e inalterable de los dos principales partidos, lleva a una interacción de ambos y actúan en el espacio democrático como una sola fuerza para acotarlo según su voluntad.

La crisis hace que los grandes museos recurran a la imaginación y no a la inversión para atraer al público. En este camino, el Museo del Prado, puso en marcha una exposición temporal recurriendo a sus fondos. La belleza encerrada es un interesante paseo por las obras de pequeño formato con un atractivo adicional, como apuntó Peio Riaño en un artículo sobre la muestra: declara la muerte al visitante-Pulgarcito al que se le dejan migas para que sepa a que sala entran, que es lo que está viendo y por donde debe seguir. Aquí cada espectador se arma su propio recorrido y saca sus propias conclusiones. A mí, personalmente, una de las obras que me llamó la atención es un pequeño boceto de Goya, El prendimiento de Cristo. La pincelada de Goya es aquí, de manera asombrosa, casi expresionista, gruesos trazos amarillos, rojos; oscuridad. Todo remite a la obra de Antonio Saura, gran admirador de Goya y autor de muchos cuadros en los que lo reinterpreta. Pareciera que de El prendimiento de Cristo, Saura hubiera tomado una cita del maestro para desarrollar su obra.

Si regreso a la muestra, descubriré más cosas, como sin duda les ocurrirá a vosotros si la visitáis. Esto me hace pensar que si es posible reinventar el Prado por causa de la crisis, ¿por qué no reinventar el espacio moral de la Moncloa?

¿Se puede abandonar el rol pasivo del votante-Pulgarcito y sin migas en el camino ir en la búsqueda de nuevas experiencias?

La comparecencia de Rajoy, el debate de la corrupción como le ha llamado Lara, es una coda más de la Transición, que como todos sabemos trazó un camino de migas que se han ido siguiendo para llegar aquí.

Así como La belleza encerrada abre una nueva manera de mirar en el Prado, la política abierta puede ofrecer otro modo de habitar la Moncloa.

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