Nadie en Sol está solo
Este fin de semana, en una tertulia televisiva, antes de que empezara o se anunciara siquiera la acampada del Sindicato de Inquilinas en Sol, se me preguntó, de improviso: “¿Qué, Elizabeth? ¿Tiene algo de esto aroma o aire a 15M?” Respondí de la forma más sincera que se me ocurrió: la verdad es que no tengo ni idea, ni puedo tenerla. He leído sobre el 15M, he visto sus consecuencias, pero cuando pasó todo aquello (“dormíamos, despertamos”) yo tenía diez años. Como mucho lo vi alguna vez en la televisión, sin enterarme demasiado, y conocía mucho más sus causas que sus cauces: conocía la crisis económica porque la estaba viviendo, como prácticamente cualquiera en España. Conocía el ajuste y los recortes en la situación que se vivía en mi casa, aunque aún no supiera del todo qué era un recorte y qué era un ajuste.
Lo que sí conozco bien, en cambio, es lo que ha ido pasando con la vivienda en los últimos tiempos. El caso de Maricarmen ha sido el que más ha conmocionado, por su carga simbólica (cuánta brutalidad hay en la imagen de una mujer de 87 años a la que expulsan a la fuerza de su casa; qué cosa tan rara oír a un policía que va a desahuciarla decirle “nosotros, Maricarmen, estamos contigo, pero tenemos que hacerlo”: si tenemos que hacerlo tiene por objeto expulsar a una señora de 87 años de su casa, algo va muy, muy mal). Pero es, en realidad, un caso entre muchísimos, con finales aún más trágicos, como el de la mujer de Santa Eulàlia que se suicidó el 7 de septiembre, cinco meses después de haber sido desahuciada. En los últimos años, digo, he visto a la mayoría de mis amigos mudarse de sus casas, porque al término del contrato su casero decidía subir el precio desaforadamente. He visto cómo un fondo buitre compraba la totalidad del edificio de otros amigos, constituidos hoy como uno de los muchos bloques en lucha organizados por el Sindicato de Inquilinas.
He hablado con amigas que aún sobreviven cerca del centro de las ciudades sobre cómo cada día estos centros son más invivibles, convertidos en los parques temáticos de los turistas, confeccionados con mimo y esmero para que por ellos se paseen en tuctuc. He visto a gente irse de la ciudad porque no le quedaba otra y no encontraba alternativa (o volver a los 30 años, y estos casi son afortunados, porque tienen adónde volver, a la casa de sus padres). De pronto, en las conversaciones sobre cualquier otra cosa, la cuestión del alquiler se colaba, la dificultad para ajustar el coste de la vida con lo que cada uno ganaba, la asfixia cuando el alquiler llegaba a suponer un 70% (o un 80%, o más) del salario. Así, entre todos los temas de conversación, incluso cuando no se hablaba tan explícitamente de política, emergía la vivienda, lo que le iba a pasar a cada uno en relación con su vivienda, dónde vivía, dónde iba a vivir, cómo podía o no podía proyectar un futuro.
La acampada por la vivienda (y para que no haya ni una Maricarmen más) no es, pues, otro 15M. El 15M estaba indignado bastante en general, tras una crisis que lo había roto todo. La acampada de 2026 pide algo tan concreto como contratos de alquiler indefinidos y congelación de las rentas. Este mismo diario contaba hace no mucho que las transferencias de inquilinos a caseros en España prácticamente se han duplicado en la última década: ya casi 28.000 millones de euros y un 1,6% del PIB. Pero viene mucho más. La generación de los nacidos en el baby boom, ahora en proceso de jubilación, posee casi la mitad de los pisos en España, pero esta no será distribuida de forma igual entre la población: como siempre, los más pobres van a heredar menos de esa parte; como siempre, el decil más rico es quien más heredará. Es decir: mientras existe una inoperancia absoluta, una inacción radical, la propiedad va a seguir instalando brechas profundas, brechas que se harán más grandes. Es muy fácil saltar de ahí a la rabia. Sobre todo, cuando (como es el caso de servidora) te cuentas entre aquellos que, por no heredar, no heredarán ni un altillo.
Cuando tantas cosas se acumulan, algo tiene que romperse. De hecho, poco se ha roto hasta el momento comparado con lo que se va a romper. Ya ha dejado a algunos sin discurso: si no, que se observe lo callado que está Carlos H. Quero, el presunto diputado obrerista de Vox, que intentó ligar vivienda con migración y lleva una semana sin decir absolutamente nada. Ningún partido puede capitalizar el fuego que hay ahora mismo en Sol. A poco que una se acerque, entiende que la decepción y la frustración, aunque no culpen a todos por igual, son con todos. Difícilmente habrá recuperación política: muchos de los que están allí ya vieron cómo terminó la última vez que la calle quiso llegar a las instituciones. Las instituciones han fracasado demasiado. Pero si fracasan en su totalidad, si siguen fracasando, si son incapaces de dar siquiera un primer paso, algo se romperá de verdad. Ese paso sería aprobar el decreto Maricarmen el martes, aprobarlo con los contratos indefinidos. Después de pasar un rato por Sol la primera noche, amigos que no durmieron allí hablan hoy de que van a llevarse tiendas de campaña para dormir. Lo que hay es insostenible, pero si te acercas a Sol, comprobarás que nadie allí, por primera vez en mucho tiempo, mira su futuro con desesperanza. Nadie en Sol está solo.
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