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No porque sea fútbol, sino porque es plaza

Aficionados a la selección española de fútbol.
18 de julio de 2026 22:22 h

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Hoy estaré en la plaza de mi pueblo de adopción viendo jugar a España, celebrando cada gol de los nuestros… y comiéndome las uñas. No porque sea fútbol, sino porque es plaza.

Lo veré para pasar un buen rato. Una de las escasas ventajas del nacionalismo es que te permite, con poco esfuerzo, disfrutar del buen trabajo de otros. Veo jugar de forma magistral a nuestro equipo y me siento orgullosa. Además, me sale muy barato. También me siento muy satisfecha de los libros que he publicado, del hijo estupendo que he criado, pero dios mío, cuánto cuesta escribir un libro y criar a los hijos. En cambio, qué fácil es ver un partido de fútbol. Lo sé, no es el mismo tipo de satisfacción, pero en la variedad está el gusto. Como espectadora, compro alegría a precio de saldo.

Iré a la plaza por una segunda razón: lo que se nos viene encima en términos políticos y sociales no lo sabemos con precisión, pero no resulta aventurado avistar terremotos políticos, laborales y sociales en los próximos años. Cuando ocurra, nos salvarán las redes de apoyo, quienes nos ayuden y ayudemos, no porque piensan como nosotros, sino porque están cerca. Para tejer esas redes con los vecinos, el fútbol es un instrumento fácil y barato.

Por último, el tercer motivo: me gusta que la historia sea irónica. Noventa años después del comienzo de la guerra civil, La Roja se encarga hoy de que asociemos la idea de éxito y la idea de España. Pase lo que pase: estar en la final ya es un éxito enorme, un triunfo de La Roja.

Mientras escribo estas líneas -36 horas antes de la final-, con los nervios aún tranquilos y la emoción descansando previa al galope de mañana, pienso en esos valores intangibles que aporta el fútbol en las plazas: cómo integra a gente distinta, cómo facilita hablar con extraños.

Gianni Infantino, el presidente de FIFA, está demasiado lejos de las plazas, el combustible que hace arder la pasión futbolera. Ha olvidado todo lo intangible y ha convertido FIFA en una organización personalista, escorada hacia algo que no es fútbol. Cuando decidió, a petición de Trump, que se le retirara la tarjeta roja al estadounidense Folarin Balogun, quebró el principio más sagrado de las reglas del deporte: la igualdad. Si las normas no se aplican a todos por igual, se adultera la competición. Si la afición no confía en que los árbitros sean escrupulosamente neutrales, no hay emoción. Esta puñalada al corazón del fútbol infligida en Estados Unidos se ha clavado en todas las plazas del mundo.

Otro gran combate se disputará al mismo tiempo que el España-Argentina y será el que decida la identidad del fútbol. FIFA vive inmersa en una tensión casi insoportable entre sus dos funciones: ser el órgano que regula el fútbol a escala global o ser una organización comercial que busca obtener más y más beneficios. Esa tensión, gestionada con inteligencia, puede ser productiva. Pero en este mundial, Infantino ha tomado decisiones que han hecho reventar las costuras: ha vendido entradas a precios exorbitantes, ha introducido las pausas de hidratación. La prueba de fuego era el descanso de media hora en la final, que ha planeado como una amenaza al juego. Parece que finalmente solo durará dos minutos más de lo habitual. Veremos. Las normas del fútbol televisado solían ser el espejo en el que se miraban los niños y niñas que juegan haciendo una portería con dos piedras. Ahora ese espejo se está rompiendo. Una sucesión de anuncios interrumpida por 22 chavales jugando con normas desiguales, dista de ser un espectáculo inspirador.

Esperemos que este mundial no sea el que convirtió la alegría de las plazas en frustración con el personalismo arbitrario. En algún momento, habrá movimientos dentro de FIFA. Asimismo tendrán que plantarse los verdaderos amantes del fútbol, esos amigos que, cuando les hablo de estas cosas, me dicen que prefieren pasarlo por alto para seguir mirando el fútbol con ilusión. Yo quiero hacerlo sin ignorar los hechos. Precisamente está en juego esa magia infantil de las plazas, no por la mercantilización del fútbol, que lleva años ocurriendo, sino por poner las reglas del juego al servicio del negocio y los intereses personales. Ojalá en el futuro podamos saborear el fútbol en la plaza como lo haremos hoy.

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