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Operación Rufián: agua seca

Gabriel Rufián, en el Congreso.
25 de mayo de 2026 23:17 h

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Los resultados de las elecciones andaluzas vuelven a alimentar las especulaciones sobre la operación Rufián. Se trata de una propuesta electoral que, a pesar del tiempo que lleva en el candelero, continúa sin concretarse. Quizás, porque si se pone negro sobre blanco aparece su inviabilidad. En vez de continuar mareando la perdiz propongo analizar una idea tan sugerente como poco transitable. 

La satisfactoria acogida en sectores muy diversos de las izquierdas no se explica solo por el acompañamiento mediático. Más bien responde a que se ofrece como placebo al vacío político dejado por la izquierda alternativa y su creciente desconcierto. Su atractivo se ha visto reforzado con el “éxito” –en términos comparativos- de algunas candidaturas progresistas de anclaje autonómico. 

Que en 10 de las 17 CCAA existan fuerzas políticas de ámbito exclusivamente autonómico expresa la elevada fragmentación de nuestro mapa político, especialmente en el espacio de las izquierdas. Las explicaciones más frecuentes a esa dinámica de balcanización electoral fijan la mirada en la incapacidad de la izquierda federal para ofrecer respuestas cercanas al territorio. O, dicho en positivo, en el atractivo de los proyectos de configuración autonómica. 

No niego que pueda haber torpeza de unos y habilidad de otros, pero centrar los análisis en explicaciones en las que prima la “culpa” de los partidos y sus dirigentes no sirve para entender un fenómeno que es global. La fragmentación de las opciones políticas, que en España se expresa a nivel autonómico, se está produciendo en muchos otros países. Y en algún lugar del planeta habrá políticos hábiles, digo yo. 

Si se quiere encontrar una respuesta sólida quizás deberíamos elevar la mirada. Sugiero comenzar constatando algunas curiosas incongruencias vividas en las elecciones autonómicas celebradas en los últimos meses. Los debates han girado sobre la agenda española, no la de la comunidad en la que se votaba. Han sido baldíos los esfuerzos de las fuerzas progresistas por situar problemas como el de la sanidad y la educación o la vivienda, en el que las competencias son mayoritariamente autonómicas. 

Parece como si la ciudadanía hubiera renunciado a exigir rendimiento de cuentas a sus gobernantes autonómicos. Todo apunta a que amplios sectores de la población, comenzando por algunos dirigentes políticos, no creen en el estado autonómico, no consideran a las CCAA como una parte del estado, que ejerce un poder que debe ser controlado. Aunque, luego, para complicar las cosas aún más, en algunas de estas CCAA se vote a opciones de arraigo exclusivamente autonómico que obtienen una significativa representación. Algo no cuadra y deberíamos entender que es. 

Quizás una de las explicaciones -nunca hay una sola- para esta fragmentación política esté en la disolución de la sociedad y la crisis de su expresión política, el estado nación. Eso que Marián Martínez-Bascuñán ha caracterizado como “el fin del mundo común” se manifiesta de muchas maneras distintas, aunque todas tengan la misma lógica, la dificultad para integrar intereses, vertebrar identidades, socializar, en definitiva. Asistimos a un creciente individualismo extremo, al resurgir del nacionalismo, incluso entre opciones que nunca lo fueron, al auge del corporativismo en el terreno sindical, al surgimiento de opciones políticas cuya razón de existir son los malestares territoriales.

Cuanta más conciencia tenemos de que nuestros problemas tienen raíces globales y más hablamos y abusamos en nuestras reflexiones de la “geopolítica” mundial, más fijamos la mirada en lo local y más crece la tentación de encontrarle respuestas cantonalistas. Aunque pueda parecer una contradicción no lo es, se trata de una reacción defensiva que busca en el claustro propio un lugar refugio ante incertidumbres, miedos e impotencias.

Llegados a este punto, aterricemos de nuevo en la operación Rufián. No me atrevo a juzgar sus verdaderas intenciones, no me parece un terreno útil. Pero si me permito afirmar su inviabilidad, no solo como proyecto estable, sino ni tan siquiera como opción electoral de resistencia a las derechas en las próximas elecciones. 

Conviene recordar que la operación Rufián emplaza a fuerzas políticas que, aunque se quieran meter en el mismo cesto, tienen proyectos políticos distintos, incluso contradictorios, entre sí. Que van desde las opciones claramente independentistas como ERC, Bildu y BNG, a otras soberanistas/nacionalistas como CHA, pasando por coaliciones como “Compromís” o “Més per Mallorca” en la que conviven diferentes sensibilidades. Y la más reciente de “Adelante Andalucía” que apuesta por un estado confederal.

Las razones de su inviabilidad no están en las tan cacareadas miserias de las llamadas cúpulas políticas, otra vez una explicación judeocristiana construida sobre las culpas. Tampoco creo que la razón fundamental esté en las diferentes opciones que mantienen esas fuerzas sobre temas de gran trascendencia, comenzando por el de la estructura territorial del estado español. Que existan diferentes proyectos no debería ser un impedimento para que, en clave electoral, pudiera pactarse el desacuerdo. 

El principal obstáculo para la viabilidad de esta propuesta es una ley de la política. Hace décadas la ciencia descubrió el “agua seca”, pero este avance que tiene usos industriales no sirve para la política. Me explico. El mayor atractivo de todas esas fuerzas de arraigo territorial es lo que llaman su obediencia exclusivamente autonómica (unos la llaman obediencia nacional, otros aragonesa, valenciana o andaluza). Ese valor que les da fuerza y legitimidad desaparecería, se esfumaría, se autodestruiría en el mismo momento en que dieran el paso para construir una opción española. Los dirigentes de esas fuerzas políticas lo saben, incluidos los de ERC. Y me atrevo a afirmar que Rufián también, aunque ello nos llevaría a profundizar en sus verdaderas intenciones. 

No soy nadie para dar consejos, pero sugiero a mis amigos de la izquierda alternativa que no pierdan mucho tiempo en elucubrar sobre la operación Rufián y dediquen todos los esfuerzos en reconstruir un proyecto federal, aunque sea por enésima vez. En política el agua seca no existe.

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