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El Papa aún ha de ver la magnífica humanidad de las mujeres

Fotografía de archivo del papa León XIV.
6 de junio de 2026 21:52 h

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Poco más de un año después de su nombramiento por un colegio cardenalicio de hombres, el Papa ha hablado para mucha gente, pero aún le falta la mitad de la humanidad. Confío en que no tardará. “Humanidad” es el concepto que articula su última encíclica. Y aunque ha pasado desapercibido, entre las 30.000 palabras de “Magnifica Humanitas” había unas líneas sobre las mujeres. 

El Papa se atrevió, recién nombrado, a impugnar la cultura de la guerra. En su primer discurso reivindicó “una paz desarmada y desarmante”, mientras el genocidio en Gaza estaba en su apogeo y proseguía la guerra de Ucrania. Casi un año después, cuando Trump hizo aquella amenaza velada al uso de armas nucleares contra Irán, León XIV fue un paso más allá: instó a los ciudadanos estadounidenses a escribir a sus congresistas exigiendo el rechazo de la guerra. Eso es más que discurso: eso es llamar a la acción. Es meterse en política de hoz y coz. A mí me parece bien, pero a Trump le irritó mucho.

Siendo cardenal, Prevost ya abogaba por los migrantes. Y siendo Papa ha recibido información de familias aterrorizadas por las redadas del ICE. Les ha prometido “estar con ellas”. Ha insistido en que no se puede tratar a los seres humanos “peor que a las mascotas o los animales”. La alusión a la inhumanidad de Trump y su policía migratoria no parece velada. 

El rifirrafe con el presidente norteamericano no acabó ahí. En uno de sus arrebatos en redes sociales, Trump lo acusó de ser “débil con el crimen” y le pidió que se centrara “en ser un gran Papa, no un político”. Los dos norteamericanos más poderosos del mundo tienen visiones opuestas. Pero la del Papa tiene una guía: “Creo que el presidente no entiende lo que es el mensaje del Evangelio”. Para una derecha ultra que alardea de sus fundamentos religiosos, fue un puñetazo directo a la impostura.

Prevost le ha desafiado sin rodeos: “No tengo miedo de la Administración Trump”. Es un hombre valiente. Mientras escribo estas líneas ha prometido reunirse con las víctimas de la pederastia en España. Bravo: el mensaje a la cúpula católica española no puede ser más claro. En alguna ocasión ha declarado su empatía por las víctimas de abusos sexuales.

El Papa se ha pronunciado contra el discurso de odio: “Desarmemos la comunicación de todo prejuicio y resentimiento, fanatismo e incluso odio”, dijo en su primer discurso ante la prensa internacional.

A Prevost le gusta mucho la palabra “desarmar”, hasta el punto de que está acuñando en ella nuevos significados. La utiliza en su reciente encíclica ‘Magnifica Humanitas’, una crítica sofisticada al poder de las empresas de inteligencia artificial. Allí pide “desarmar la IA” lo que “significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva. (…) Desarmar quiere decir romper la equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle su dominio sobre lo humano”. Amén, claro.

Cuando uno se atreve con Trump, con los tecnoligarcas, con los odiadores, con la ultraderecha religiosa. Cuando alguien se atreve a mirar a la cara a las víctimas de abusos y a los migrantes aterrorizados, no puede ser insensible a la discriminación de las mujeres en todo el mundo. León no lo es. 

En su encíclica, nos dedica apenas estas frases: “No es suficiente afirmar con palabras que hombres y mujeres tienen la misma dignidad y los mismos derechos; es necesario que esto se traduzca en decisiones concretas, en las leyes, en el acceso al trabajo, a la instrucción, a las responsabilidades sociales y políticas”. Da en el corazón del asunto: permitir a las mujeres católicas acceder a responsabilidades en la jerarquía eclesial es su gran tarea pendiente. Un hombre valiente, con cultura democrática y defensor de los Derechos Humanos, podría ser el Papa que haga lo que predica respecto a las mujeres. Al fin y al cabo, somos las desarmadas por definición. Si algo caracteriza al feminismo es el haber ido siempre desarmado, el no haber recurrido a la violencia. Las mujeres confiamos en la persuasión. Ahora también. Un Papa que no habla de combatir, sino de “desarmar”, debe abrir las puertas de la Iglesia a las mujeres católicas. Soy agnóstica declarada, pero el día que lo haga, empezaré a creer en los milagros.

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