Qué pasa con Boris

El primer ministro británico, Boris Johnson, este miércoles en el Parlamento.

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Boris Johnson hablaba en voz más baja que que de costumbre, estaba serio y denotaba un inusual nerviosismo este miércoles en la Cámara de los Comunes. A su lado, con la mirada hacia el suelo y la mascarilla puesta, estaba Liz Truss, la ministra de Exteriores y una de las aspirantes a sucederle. Apenas habían pasado unas horas desde la publicación de los detalles de otro festejo en Downing Street en mayo de 2020, cuando en Reino Unido todavía había reglas estrictas que incluían la prohibición de reuniones de más de dos personas no convivientes incluso en el exterior. 

Reino Unido es un país que ama las reglas. Ahora presume de estar luchando contra ómicron con más libertad que otros países, pero la realidad es que tiene más restricciones que buena parte de España. Incluso en Inglaterra, la región con menos restricciones, hay orden de teletrabajo en todos los empleos donde sea posible, certificado de vacunación o test para entrar en discotecas y eventos masivos, pruebas para cualquiera que llegue al país aunque esté vacunado y la obligación de dos tests negativos antes de salir del aislamiento para los contagiados, además de la obligación de llevar mascarilla en el transporte público, en tiendas, cines y otros espacios interiores. Desde 2020, ha habido guía muy detallada de comportamiento para reuniones caseras y definiciones claras de lo que es una burbuja con no convivientes. 

Por eso la ruptura de las reglas tiene un peso especial frente a otros escándalos que ya ha vivido el Gobierno de Boris Johnson, como la redecoración de Downing Street con dinero de donantes conservadores, la adjudicación de contratos a empresarios sin experiencia en el sector de la salud pero cercanos a los tories o la gestión de la pandemia errática a ratos –como en casi todos los países europeos– y que ha provocado en Reino Unido más de 150.000 muertos, más que en ningún otro país en Europa. Como les sucede a menudo a los gobernantes frente a la opinión pública, para Boris Johnson unos minutos en el jardín de su oficina pueden ser la gota que colme el vaso. 

El primer ministro se intentará salvar en los próximos días con los detalles de qué pasó exactamente el 20 de mayo de 2020 en el jardín de Downing Street, algo que está investigando una funcionaria independiente. Johnson asegura que estuvo 25 minutos en lo que según él era una reunión de trabajo de asesores y otros empleados del Gobierno pese a que había unas 40 personas, estaban bebiendo y comiendo y habían contestado a la llamada de un alto funcionario del Gobierno a traer su propio alcohol para aprovechar “el buen tiempo”. Los funcionarios compraron alcohol en el Tesco Express de Westminster y Carrie Johnson, la esposa del primer ministro, bebía ginebra, según los detalles publicados por la prensa. Johnson tiene una larga carrera en no decir la verdad como periodista y como político. 

Pero la cuestión será al final el nivel de ganas que tenga su propio partido de darle el empujón. Y la fiesta para muchos tories puede ser la excusa que esperaban. 

No hay que olvidar que un centenar de diputados votaron en diciembre en contra del certificado covid que Johnson impuso en Inglaterra y que la derecha del partido sigue enfadada por el hecho de que el primer ministro haya tomado alguna medida para intentar contener la ola disparada de contagios. Como Pedro Sánchez, los tories más a la derecha suelen citar, con una apelación genérica, la economía y la salud mental como comodines para no hacer nada. Johnson ha subido los impuestos, defiende la radiotelevisión pública frente a los ataques de sus colegas, quiere promover un menor consumo de carne y ha anunciado otras políticas para limitar las emisiones contaminantes, cosa que no casa bien con parte de su partido. 

La gran diferencia con España es, en cualquier caso, que existen controles constantes de los gobernantes que empiezan por la prensa de cualquier inclinación –también la conservadora ha sido ahora crítica con Johnson– y llegan hasta el propio partido del primer ministro.

Los controles hacen más improbable la impunidad. Esos que se le olvidaron a Johnson cuando decidió salir al jardín y no le llamó la atención ver a docenas de personas con un vaso en la mano mientras el resto de los ciudadanos veían a sus amigos y a sus familiares por zoom. Y eso, los afortunados que no estaban luchando en una UCI o sufriendo en la distancia.

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