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El PSOE tiene la alegría que la izquierda añora

El secretario general del PSOE y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante el acto de cierre de campaña en Fuenlabrada, Madrid, el 7 de junio de 2024.

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Las emociones han capitalizado el momento político. Si tuviéramos que definir la campaña de cada formación con un estado emocional podríamos comprender mucho mejor su situación. Nervios en el PP, alegría en el PSOE, odio en Vox, frustración en Sumar y resentimiento en Podemos. Esas son las emociones que han marcado la campaña de las europeas y que nos advierten cuál puede ser el resultado de las elecciones europeas sin perder de vista que todas esas emociones pueden mutar en alivio y decepción cuando las urnas enseñen su resultado. El cierre de campaña ha sido un libro abierto para enseñarnos la política de las emociones. 

La fiesta de fin de campaña del PSOE en Fuenlabrada se caracterizó por una emoción que nos enseña la dinámica política mejor que cualquier encuesta. Digo fiesta porque no era un mitin, era una celebración. En el cierre de campaña del PSOE había alegría e ilusión. Eso es lo que se respiraba en los al menos cinco mil militantes que asistieron al último mitin de Pedro Sánchez en las elecciones europeas. En un recinto en el que hacía un calor difícilmente soportable se veía más jubilados bailando y cantando que abanicándose. Los mítines del PSOE muestran lo que era Podemos cuando surgió, se respira un ambiente de ilusión y fraternidad que como cronista político solo he vivido en los cónclaves del Podemos originario. No hay una mala palabra en sus actos contra los compañeros de coalición u otros partidos dentro del mismo espectro, saben cuál es el enemigo y no pierden el foco ni por un momento, todo lo contrario de lo que ocurre en los actos de Sumar y Podemos en los que se respira apatía o conformismo, ira o rabia y también frentismo y combatividad, pero contra aquellos que piensan lo mismo. Si alguna emoción se puede palpar en los actos de Podemos y Sumar es amargura por su presente y negación de su futuro. Los que todavía tienen masa gris en ambas formaciones saben que la emotividad gana elecciones y el rencor las pierde. La emoción que empuja es la ilusión, con el resentimiento solo se logran adhesiones de los ya convencidos. Esa diferencia de emotividad que se respiraba en los actos del cierre de campaña muestra cuál es la dinámica que se concretará en el resultado electoral de las europeas. 

La derecha estos días ha criticado al PSOE con el epíteto de peronista tras la presencia de Begoña Gómez en un acto del partido en Benalmádena (Málaga). La derecha usa el calificativo de peronista de manera peyorativa, pero para mí el PSOE tiene lo mejor del peronismo. Es, sin duda, el partido que mejor explota las virtudes del movimiento populista y el que mejor usa las emociones como motor político. El partido de Pedro Sánchez es el que mejor representa ese espíritu peronista, salvando todas las distancias que hacen imposible una traslación de ese fenómeno argentino. El PSOE es una comunidad organizada, un partido con una fortaleza militante inasequible y un compromiso estructurado que convoca hasta el más acérrimo enemigo interno para mover banderas, levantarse y aplaudir para empujar en la dirección que el partido necesita. En el PSOE aplaude hasta el que no soporta al aplaudido. Es un equipo convencido de que primero hay que ganar y, después, tras la victoria, se afilan los cuchillos para la interna. 

Cada campaña electoral del PSOE, desde que Pedro Sánchez ha comprendido la importancia de los fenómenos emocionales en política, o ha entendido que es la mejor herramienta de la que dispone, es un carrusel de comunión de la militancia y las bases. Se sienten parte de algo y festejan cuando se reúnen. Las banderas de España comparten espacio con las del PSOE sin que se vea ningún tipo de conflicto en la convivencia con la que se agitan. Los asistentes siguen siendo en su inmensa mayoría personas con una edad más próxima a la jubilación, pero ganan espacio militantes jóvenes que hace no muchos años costaba ver. La sociología de la izquierda está cambiando y volviendo al redil socialista, la década en la que Podemos puso en cuestión la hegemonía del PSOE amenazando con el sorpasso ha llegado a su final y Sumar no está en condiciones de disputarle más que los restos.  

El ambiente de época lleva tiempo concretando un retorno al bipartidismo. Un bipartidismo imperfecto en el que necesitan apoyos de nicho con socios del espacio propio, pero sin ponerse en cuestión la hegemonía de los dos grandes partidos. España ha resistido al empuje de los outsiders y cada vez que las urnas se abren el ciclo se consolida en esa dirección, algo que se podrá comprobar en estas europeas donde no habrá país a excepción del nuestro en el que se muestre el sufrimiento de los conservadores, los socialdemócratas o ambos. Pero en la disputa entre ambos las emociones determinan las victorias y las expectativas, el PP vive en un estado nervioso y el PSOE en estado de gracia. 

Alegría en el PSOE y desesperación en el PP. Esos son las sentimientos principales que se vieron en el cierre de campaña y que pueden ser precursores de un resultado electoral donde además de la conformación de un Parlamento Europeo se mida la firmeza de los liderazgos de Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo. Las emociones enseñan un camino y no es difícil adivinarlo. La gente del PSOE este domingo votará a su partido convencido e ilusionado, sin ningún tipo de frentismo con otras formaciones de la izquierda ni resentimiento con sus socios. Votará con alegría y movilizada por un sentimiento basado en la identidad y la comunión con su partido. La ilusión que se respira en la militancia del PSOE es algo que añora la izquierda que ya solo sirve de complemento, sueña con tenerla, porque la tuvo y la perdió, y hasta que no abandone la amargura no será más que un pequeño reducto que el PSOE mirará con conmiseración y lástima. Hasta que vuelva la emoción habrá que recurrir a la razón.

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