Reprobar a Montero y callar ante Ayuso

Diputados y senadores del PP se concentran a las puertas del Congreso para pedir la dimisión de la ministra de Igualdad y la rectificación de la conocida como ley del solo sí es sí.

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Ni han sido los primeros, ni serán los últimos. Uno puede preguntarse si es pertinente o no que los políticos se manifiesten en la calle cuando disponen de la tribuna parlamentaria, que es su hábitat natural, para elevar sus críticas y sus propuestas. También puede responderse, claro, que lo que acontece en estos tiempos en el Congreso de los Diputados, como dice el peneuvista Aitor Esteban, es más propio de taberna que de templo de la palabra, que es lo que debiera ser el Parlamento en toda democracia que se precie. 

El caso es que los diputados del PP han salido este jueves a la calle, a cien metros de sus escaños, para pedir la dimisión de la ministra de Igualdad, Irene Montero, por acusar a su bancada en sede parlamentaria de promover la cultura de la violación. Capitaneados por los portavoces del PP en las Cámaras baja y la alta, Cuca Gamarra y Javier Maroto, respectivamente, portaban una pancarta con los reclamos “No a la rebaja de penas por delitos sexuales” y “¡Rectificación ya!” a la que se sumaron, sin haber sido invitados, los diputados de Vox para hacer un Colón por la fuerza a sus colegas de bloque ideológico. Lo barruntara o no, Alberto Núñez Feijóo se escaqueó de la protesta con el débil argumento primero de que tenía otro compromiso y después, que él no era diputado sino senador y que el ataque de Montero a la bancada popular se había producido en el Congreso, no en el Senado.

Excusas aparte, cuando eran los parlamentarios de la izquierda quienes salían a la calle a protestar por el motivo que fuera, la derechas les acusaban de “teatreros”, de “pancarteros”, de “populistas” y de exacerbar la calentura política con fines espurios. Ahora son ellos y están en su derecho porque la condición de representantes públicos no anula nunca la de ciudadanos. Porque antes otros lo hicieron también. Porque manifestarse es un derecho constitucional que uno ejerce donde quiere y cuando quiere. Porque lo que vertió la ministra de Igualdad sobre toda la bancada popular es de todo punto inaceptable, aunque intentara camuflarlo, a posteriori, en el marco de una definición académica. Y porque como secuela de la “violencia política”, esta semana llega la “cultura de la violación” como señuelo con el que desviar la atención de los efectos indeseados de la ley del sí es sí, por los que se siguen reduciendo penas de prisión a violadores y pederastas.

Lo que no se entiende en ningún caso, sino por un claro ejercicio de cinismo, es que el PP brame contra Montero y salga a la calle contra un comentario “altamente ofensivo” que busca “embarrar el terreno de juego”, según palabras de la portavoz Cuca Gamarra, y asista al mismo tiempo impertérrito ante las burradas que encadena su baronesa madrileña, Isabel Díaz Ayuso, quien no ceja en su empeño de convertir el debate público en un auténtico lodazal. 

Casi al mismo tiempo que la ministra de Igualdad disparaba semejante carga contra los populares en su conjunto, la presidenta de la Comunidad de Madrid encadenaba otro de sus disparatados discursos contra el presidente del Gobierno para llamarle “tirano” y acusarle de haber emprendido “el camino hacia una dictadura”. Días antes le había imputado pretender llevar “a la oposición a la cárcel”, como en Nicaragua. “Eso es lo que están pretendiendo: Hay que destrozar a la oposición porque en las dictaduras no puede haber ni oposición. Hay que matar también a la oposición porque yo me he de perpetuar, no sé con qué proyecto porque Sánchez no ha hecho nada bueno por España”, añadía. Y no ha habido, que se sepa por el momento, ni pancartas ni manifestaciones de diputados socialistas contra la presidenta madrileña a las puertas de la Asamblea de Madrid. También estarían en su derecho.

Que la dirección nacional, con Núñez Feijóo al mando, guarde silencio ante cada arenga guerracivilista de su colega de partido le convierte en cómplice de una estrategia intolerable desde el punto de vista democrático y en un títere del neopopulismo madrileño que defiende, como Ayuso, que España está “en la lista de los países que no respetan la libertad ni los derechos humanos y su Gobierno viola el Estado de Derecho”. 

Todo tiene un límite y Feijóo no está dispuesto a marcárselo a la vocinglera inquilina de la Puerta del Sol. Si fuera verdad que el presidente del PP no vino a Madrid “para insultar a Sánchez, sino para ganarle”, como él mismo declaró, habría desautorizado de inmediato a Ayuso, en lugar de agachar la cabeza, que es lo que ha hecho ante ella desde que tomó las riendas de la dirección nacional. 

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