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Rosalía, la libertad y la fruta

Protestas contra la amnistía en los alrededores de la sede socialista en la madrileña calle de Ferraz
18 de noviembre de 2023 21:57 h

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Escribo esta columna mientras los CDR (Comités para la Defensa de lo Regre) madrileños están cortando carreteras de Madrid y me distraigo pensando en 2017 y en el 155. No hay dicho más verdadero que el que asegura que no se aprende en cabeza ajena. Somos constantes en la repetición de errores y adanistas en los aciertos. Tenemos presidente y tenemos oposición pero no tenemos puentes ni significantes. Dices en alto patria, libertad y fruta, y se te aparece Ortega Smith intentando que le detengan de acuerdo a la Ley Mordaza. Las mismas palabras pueden decir la verdad y propagar la mentira. Libertad y patria son palabras sometidas a uso y abuso, material barato, significados vacíos que hay que recuperar o limpiar de la mugre del oportunismo y el embuste, del cliché y el eslogan. 

Si te pones en plan frívola y te gusta Rosalía, mal, porque estás enterrando el legado de la Jurado, porque nada se entiende sino como elegir entre esto o aquello. No es que todo sea blanco y negro, todo es olvido o pasado. No hay término medio para el homenaje, la continuidad, el aprendizaje. La memoria. Nací en un país que ya era libre, y la libertad era no solo poder decir, era poder pensar, sobrevivir, poder ser y no ser y tener la oportunidad de expresarte o inventarte. En mi Madrid amado, la libertad no era tomar cañas a todas horas y mucho menos imitar al procés catalán. Es una ciudad ajena a muletillas colectivas y enfrentamientos vacíos. 

Voy a hablar un momento de Madrid, quizá del que solo existe en mi corazón y mi memoria. De ese espacio de libertad y concordia y punk de bueno, con alquileres asequibles y gente de derechas que no se ponía la bandera como capa. De un Madrid construido, como todas las ciudades, a golpe de educación, trabajo, acceso al conocimiento y la cultura, risas, diversión y diálogo. La libertad sucede cuando hay espacios en los que se respeta a todo el mundo, cuando el discrepante es riqueza porque te obliga a ejercer la maravillosa dialéctica de la conversación, porque te obliga a argumentar. Nadie molesta, nadie sobra, no hay consignas si no manoseas la palabra libertad.

La amnistía ha dejado huérfana a una parte de la población que tiene un disidente interno, que sobrevive con sus contradicciones, que se rebate a sí misma. En España hay hoy una gran parte de ofendidos y otra, menos dada a cortar carreteras, de incomprendidos. De gente que no se comprende ni a sí misma. Silenciados, sin eco, sin consigna. Alejados de la sobreactuación, no saben discutir porque se niegan a satanizar al adversario. Se achican los espacios para disentir, también en la izquierda, que pierde a un posible ministro como Nacho Álvarez en este juego de polarización que nos aleja de la posibilidad de que cada uno piense por sí mismo.

Entre el blanco y el negro hay una gama de grises. Y de posibilidades. Te puede gustar Rocío Jurado y Rosalía, puedes pensar en libertad sin asociarla a cañas y en la patria sin atarte al cuello una bandera. La palabra, el pensamiento y las contradicciones internas son lo único que no podemos rendir. Lo único a lo que no podemos renunciar en esta España que es de todos y de nadie. 

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