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Sí, jóvenes, están hablando de vuestras pensiones

Imagen de la manifestación por las Pensiones Dignas organizada por los colectivos de pensionistas en octubre en Madrid. EFE/Chema Moya

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Estábamos un grupo de amigos tomando una cerveza en una terraza. Madres y padres que nos conocemos del colegio de nuestras hijas, cuarentones ya todos, varios divorciados, la mitad autónomos, un par de funcionarios. De pronto alguien comentó, en medio de una conversación sobre cualquier cosa: “Bueno, yo dentro de diez años pienso jubilarme”. Se hizo el silencio, solo roto por las risas de quienes pensaban que era un chiste. Pero no, no bromeaba: el que hablaba era el mayor de la reunión, había cumplido ya los cincuenta, y como profesor universitario podría optar a un retiro temprano. Así que sí, en diez años esperaba estar ya jubilado.

De pronto, la reunión de amigos se vio sacudida por “la información” -por usar la expresión de Martin Amis, en su caso referida a la conciencia de muerte-. Nos dimos cuenta de que un día también nosotros nos jubilaríamos. Un día no tan lejano. Para espantar el susto, bromeamos sobre el tema, echamos cuentas de años restantes, que siempre serían más por las sucesivas reformas, los autónomos lloriqueamos de nuestras previsibles pensiones de miseria, alguno comentó la prejubilación de su padre con cincuenta y tantos, quién pillara algo así. Esa noche tendríamos un pensamiento sobre el tema antes de dormirnos, un ejercicio de imaginación, vernos con sesenta y muchos, setenta. Un jubilado. ¿Yo jubilado? Venga ya. Hasta mañana.

Me acordé de ello al escuchar la propuesta del ministro Escrivá para ampliar los años de cálculo de las pensiones. Puede parecerles una anécdota tonta, pero ilustra una realidad: la de una generación, la mía -nacidos en los setenta- que nunca ha pensado en su jubilación. Que sigue sin pensar en ello. Que con más de cuarenta, rozando incluso los cincuenta, seguimos sintiéndonos jóvenes, eternamente jóvenes, ridículamente jóvenes, y creemos muy lejano ese horizonte de jubilación. Peor aún: creemos que nunca va a llegar. Hemos crecido escuchando las trompetas del apocalipsis del sistema de pensiones: cada poco se nos recordaba que el sistema es insostenible, y una y otra vez había que reformarlo, retrasando la edad de retiro y ampliando los años cotizados, alejando siempre un poco más ese futuro.

De crisis en crisis (y mi generación ha conocido ya varias), con la precariedad mordiéndonos los tobillos y susurrándonos al oído en las noches de mal dormir, de alguna manera dimos por perdida nuestra pensión. Nos olvidamos de ella. Asumimos que cuando nos llegase la edad ya no quedaría gran cosa. Migajas. Caridad. Nada. Nos volvimos punkis de la jubilación: no future. Tampoco es que nos hiciésemos un plan privado de pensiones, ni comprásemos un cerdito de barro para ir atesorando moneditas. Simplemente nos olvidamos del asunto. No iba con nosotros. Siempre íbamos a ser jóvenes, solo teníamos que compararnos con las fotos de nuestros padres a la misma edad. Nosotros seríamos jóvenes de cuarenta, jóvenes de cincuenta, jóvenes de sesenta, y hasta ahí llegaba nuestra imaginación. ¿Quién se podía imaginar a sí mismo sentado en un parque en horario laboral -salvo estando en paro-, apoyado tópicamente en la valla de una obra, recogiendo nietos del colegio y cobrando cada primero de mes una pensión por no hacer nada?

No, mi generación no ha pensado en su jubilación. Los que sean funcionarios, tal vez. El resto, bastante tiene con seguir trabajando, que no cambie el viento, sortear la precariedad, no perder pie en el alambre. Por no hablar de los autónomos. Cuando me encuentro escritores de mi edad, autónomos como yo, les pregunto por su base de cotización. La mayoría cotiza por la mínima. En muchos casos porque no pueden permitirse una mayor. Pero a veces también la mantienen cuando podrían aumentarla. No piensan que un día se jubilarán y su pensión se verá drásticamente menguada por tantos años de cotizar el mínimo. No piensan que un día se jubilarán, y punto.

Espera, que además tenemos hijos y tampoco pensamos en que un día seremos los jubilados que tengamos que ofrecer a nuestros hijos el mismo colchón, el mismo préstamo, la misma entrada para la casa, el mismo aval para el alquiler, el mismo regalo de boda, la misma ayuda para llegar a final de mes que nuestras jubiladas madres y padres nos han prestado tantas veces. No quiero deprimirles, pero piensen en ello un ratito.

Si esto le pasa a mi generación, no digamos quienes vienen detrás. Los de verdad jóvenes. Treintañeros que no han conocido otra cosa que crisis y precariedad desde 2008. Nostálgicos del mundo de ayer, el de sus padres, idealizados en lo económico y laboral. Veinteañeros que ni siquiera han empezado a trabajar. Nativos precarios, vestidos con una camiseta pop con el lema de “la generación que vivirá peor que sus padres”.

Pues sí, jóvenes (los de verdad y los que nos seguimos creyendo jóvenes): que sepáis que todos nos jubilaremos. También tú. Sí, tú. Llegará el día. Y más nos vale preocuparnos por ello. Más nos vale no desentendernos, por ejemplo, de la actual reforma del sistema de pensiones, esa que puede ampliar otra vez el período de cálculo hasta los treinta años. Que no está claro si esa ampliación nos beneficia -como dice el ministro- o nos perjudica -como dicen Unidas Podemos y los sindicatos-; pero en cualquier caso seremos nosotros los beneficiados o perjudicados. Más nos vale atender, informarnos, protestar cuando haga falta, defender nuestros derechos. Sí, los nuestros. Porque esta reforma, como las anteriores y las que vengan después, no son para los ya jubilados -que por cierto ya pelean por lo suyo, ya podemos aprender de su lucha-, sino para los pensionistas del futuro. Es decir, nosotras, nosotros. Que sí, que vale, que seguiremos siendo jóvenes con setenta años. Jóvenes y precarios. Jóvenes y pensionistas precarios, como no nos espabilemos.

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