No a la guerra (mundial)
“El primer hundimiento de un barco enemigo por un torpedo desde la II Guerra Mundial”, un titular estupendo para desayunar este jueves. Dicho además por el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, un fanático que presume de la acción y habla de “muerte silenciosa”. El dato no es exacto (los británicos hundieron un buque argentino en las Malvinas), pero la imagen de un submarino lanzando un torpedo contra un barco nos remite en efecto a la II Guerra Mundial. Esa escena la hemos visto muchas veces en el cine: el periscopio que localiza el barco, el torpedo bajo el agua que se acerca, se acerca, se acerca e impacta, los marineros que no lo vieron venir, el barco que se hunde en segundos, el pánico, decenas de ahogados.
No sé a ti, pero a mí el hundimiento de un barco por un submarino me horroriza. Que además suceda en Sri Lanka, tan lejos del escenario bélico actual, aumenta el horror. Tanto como ver la evolución de los mapas de guerra día a día, cómo va expandiéndose y sumando nuevos puntos rojos, lugares donde han caído misiles, dentro de Irán y en cada vez más países de la zona y también algunos alejados como Chipre, en nuestro Mediterráneo. Como la imagen del submarino, es inevitable recordar las guerras mundiales, aquellos entusiastas que en sus salones seguían la evolución colocando banderitas en un mapa según se movían los frentes.
Para terminar de tranquilizarnos, los medios recuperan estos días las mismas noticias que desempolvan cada vez que se inicia una guerra con potencial de extenderse geográficamente: cuáles son los países más seguros en caso de guerra mundial, qué deberías incluir en un kit de supervivencia, qué posibilidades hay de que te llamen a filas si estalla la III Guerra Mundial... Es cierto que las han publicado tantas veces (cuando empezó la guerra de Ucrania, por ejemplo) que ya apenas alarman, pero esta vez las leemos a la vez que el ataque del submarino y la lista de países alcanzados.
No, no estamos en el prólogo de la III Guerra Mundial, pero se le parece mucho. El potencial desestabilizador de una guerra regional, en una de las zonas más calientes y más armadas del planeta, es muy alto, cuando además sigue abierta la guerra en Ucrania. En las últimas décadas nos han asustado muchas veces con el fantasma de una guerra mundial, pero esta vez es diferente: al frente del primer ejército del mundo hay un mono con pistolas, por decirlo con suavidad. Un presidente autoritario, narcisista, paranoico, megalómano, aferrado al poder y rodeado de una corte de fanáticos dispuestos a seguirle hasta el infinito y más allá.
No quiero contribuir al estado de alarma, pero una guerra de estas dimensiones con Trump en la Casa Blanca es esa “casa llena de dinamita” de Kathryn Bigelow, solo que con el botón nuclear en manos de un tipo con delirios de grandeza, empeñado en pasar a la historia. Por eso el “No a la guerra”, del que nuestra derecha política y mediática hace tanta burla, es hoy imprescindible, más incluso que en 2003, cuando el riesgo de extensión del conflicto estaba mucho más controlado y, aunque aquella fuese una guerra criminal, había un plan definido y gente racional al mando. Pues eso: no a la guerra.
6