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Los últimos comisionistas del napalm

El ex secretario de Estado Henry Kissinger, en una imagen de archivo.

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Charlaba hace unos días con Tariq Ali sobre Winston Churchill –no es algo que yo haga muy a menudo, pero queda muy bien decirlo– y me contaba que al bulldog británico lo pontificaron durante la guerra de las Malvinas, y no antes. “Aparecían nuevos Hitler, y hacían falta nuevos Churchill”, vino a decir. Existía cierta necesidad de alzar los ánimos en medio de una guerra tan absurda. Sin embargo, las reverendas palabras y los panegíricos de los grandes líderes occidentales hacia Henry Kissinger, que ha emprendido a sus cien años un viaje de ida –y esto son especulaciones mías– al infierno, no fueron con intención de ensalzar su figura más de lo necesario, ni de crear un faro para el pueblo: lo hacían para justificarse por tener a un psicópata como él susurrando al oído de los presidentes. 

Ha muerto entre carraspeos, toses secas y silencios incómodos. Hay quien lo reivindica, delatándose como epígono del orden mundial que contribuyó a diseñar. Los Manson de la geopolítica. Ursula von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, se ha referido a él estos días como un estratega y un diplomático brillante. A continuación, dijo que “ha dado forma a la política del siglo XX y su legado resonará hasta bien entrado el siglo XXI”, cosa que es cierta pero no necesariamente positiva. Ni siquiera esa señora, que apostaría a que tiene como hobby la taxidermia, ha terminado de mojarse del todo por Kissinger. 

Verle morir de viejo, en su casa y sin haber pisado un tribunal, ayuda a imaginar el paisaje de vileza del futuro en el que nos estamos sumergiendo. Que un tipo como él muera sin rendir cuentas sienta un precedente peligroso. He leído estos días que alegrarse por la muerte de estos personajes es, en realidad, su victoria final, porque nuestro enfado es símbolo de su impunidad. “Golpe de estado en el infierno”, se dice desde el jueves, pero, ¿y si no hay infierno? No deleguemos la divina justicia en manos celestiales, no vaya a ser que no las haya. 

Tipos como él son elevados a la categoría de personajes históricos fundamentales, como si no fueran otra cosa que megalómanos carentes de empatía que hacen y deshacen nuestras vidas como meros factores de análisis. Hay que empezar a repensar este tema. Su legado es un charco de sangre en Indochina, un recordatorio de que el poder ilimitado no marida bien con las mentes perversas, ni con los dogmas del pragmatismo. Desde Chile mandan recuerdos también. Se va uno de los últimos comisionistas del napalm, uno de esos tipos lúgubres con gafas de sol rectas, ocultos tras una sombra en una sala de reuniones del Pentágono. “Lo suyo con Kissinger era tirarlo a un volcán”, dice mi amigo Ernesto, “que se lo trague el planeta que nunca debió pisar”. 

En 1973 le fue concedido junto a su homólogo Lê Ðức Thọ el premio Nobel de la Paz por los Acuerdos de París que pusieron fin a la guerra en Vietnam. El vietnamita rechazó el galardón. Su país aún no estaba en paz. Pero Kissinger sí que lo aceptó, claro: su trabajo –invadir Camboya y zambullir a la población local en cientos de toneladas métricas de ácido palmítico– ya estaba hecho. Además, el golpe de Pinochet en Chile se fraguaba mientras tanto y, aunque su nombre no apareciese en los títulos de crédito, fue el productor en la sombra. 1973, un gran año para los repartidores de pizza de Washington D.C. 

El mundo de hoy es culpa suya, no gracias a él. ¿Qué sería de nosotros sin los tejemanejes de esos señores encorbatados, de maletín y Rolex, de jet privado y desayunos en un Four Seasons? Es el mantra hobbesiano: lupus homini lupus, y no de otra forma, nada de homo homini lupus. El lobo es un lobo, que diría Mariano, y el hombre es un hombre. Siglos y siglos de historia, de pedagogía, explicándonos lo malo que es todo el mundo para justificar lo malos que somos con todo el mundo sin pararnos a pensar que lo que nos enfrenta son las decisiones que toman otros sobre nuestras propias vidas.  

Ya van quedando poco más que cenizas del siglo XX, pero siguen calientes. David Rieff hablaba en ‘Contra la memoria’ de que la historia puede ser utilizada como un arma de doble filo; que puede llegar a utilizarse como una herramienta para emprender nuevos conflictos sobre los restos de los antiguos. En cambio, y aunque su apoyo tenga mucho menos rigor que el de Rieff, yo sigo afiliado a lo que dijo Santayana de que aquellos incapaces de recordar su pasado están condenados a repetirlo.

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