En este blog publicamos los artículos y cartas más interesantes y relevantes que nos envíen nuestros socios. Si eres socio/a puedes enviar tu opinión desde aquí. Consulta nuestras normas y recomendaciones para participar.
La imagen pobre y la democracia gloriosa
La imagen pobre «es el fantasma de una imagen». Así comienza Hito Steyerl su ensayo. La imagen de Maduro en el avión hacia los Estados Unidos de Trump, con una velada visión de formas deshechas, manifiesta una realidad que se descompone con el ritmo de la oscuridad. La imagen pobre «es una idea visual en su propio devenir» y esa oscuridad es señalada por las luces de neón de una fiesta que no es la de la democracia.
Los juicios de Núremberg iniciaron el espectáculo como forma narrativa de la hegemonía estadounidense. La retransmisión del 11-S inauguró el nuevo orden que, como una cadena de guirnaldas, enseguida mostró el derribo de la estatua de Sadam, un clásico indicador de fin de régimen, antes de emitir su condena a muerte en la horca, los retazos virales del linchamiento a Gadafi y la captura de Bin Laden. La hegemonía estadounidense manifiesta las maneras prepotentes de un far west, en el que la figura de un malo out of law paga el precio de no someterse al nomos vigente, y el sheriff, un bueno contingente, trabaja individualmente para el bien. Contingente.
Superando las previsiones de Debord, las formas espectaculares retransmiten la materialización de una justicia premoderna de macabras agonías que transcienden la plaza del pueblo y se exhiben para el mundo, convertido todo él en un set. Nos imponen de nuevo, y algunos se dejan hacer con gusto, el momento del embrutecimiento. La imagen de Maduro en el avión es una imagen para el público e insiste en una idea visual y simple: el ser humano todavía es esa bestia que no usa su potencia racional para el desarrollo de la virtud. Por eso somos la especie más peligrosa, señalaba Aristóteles.
Sin adentrarse en la necesaria superación de la venganza en la justicia, que invalidaría la expresión empleada por Pam Bondi sobre la ira de la justicia, ni en el esperpéntico baile de narrativas de la derecha ante los giros de guion de Trump, que truncan, como finalmente se atrevió a publicar El País (https://elpais.com/economia/2026-01-06/las-empresas-espanolas-en-venezuela-el-gran-negocio-que-no-pudo-ser.html), los intereses empresariales patrios, que han movilizado a tantos medios y cloacas institucionales, lo que se ha perdido es la palabra.
En un principio era el logos y la palabra ordenada se entendía en inmanencia con la naturaleza. La palabra se separó de la realidad y de los cuerpos y creó un espacio autónomo, escindido. Pasó a formar parte del conocimiento técnico: la palabra se convirtió en un instrumento de persuasión, para conseguir objetivos sin importar los medios. Los cuerpos se quedaron con sus fuerzas furibundas y lo semiótico se convirtió en un simulacro. Entre esos dos polos se forjaron las relaciones humanas. La realidad política se redujo a un pendular angustioso entre la violencia y las carcasas del lenguaje.
No es que la guerra sea la continuación de la política, ni que la política, entendida como la pax, sea el preludio de la guerra. No es que las sociedades militares se opongan a las sociedades comerciales, como desarrolló Agamben, sino que, como se obstina Trump en demostrar, se superponen: manifiesta en cada acto que la tradición política por la que se opone la fuerza a la palabra es una farsa y nos instala en el desastre. Si el lenguaje desnudo y violento es el preludio del fascismo, escribía Norbert Elías, Trump encarna el neofascismo de palabra rasa, pero cegador estroboscopio que no oculta la violencia, ni simplemente la anticipa: la disociación con la que opera desorienta, como muestra véase Europa, e impide la reacción, porque no hay distancia entre el signo y el golpe. Rompió las reglas del derecho internacional y nada sucedió, así que, como los niños maliciosos insiste en ir más allá. La ruptura de la ley es la nueva norma. El estado de excepción es la norma, insistió Benjamin, solo que hay momentos en el que está más claro. Soberano y autócrata coinciden en ese lugar.
Sucede que la democracia todavía no ha sucedido: Habermas confiaba en la posibilidad de una sociedad democrática informada a través de un periodismo de calidad, capaz de buscar consensos dialógicamente, con voluntad de escucha y entendimiento. Agamben no vio información, sino propaganda, cuentos infantiles de buenos y malos en los que ganan los buenos y el pueblo aclama, sin distinguir la contingencia de un bien que produce sistemáticamente cuerpos destinados al sacrificio, para entretenimiento de todos y ganancia de algunos. Democracia gloriosa, imperios de naipes.
Sobre este blog
En este blog publicamos los artículos y cartas más interesantes y relevantes que nos envíen nuestros socios. Si eres socio/a puedes enviar tu opinión desde aquí. Consulta nuestras normas y recomendaciones para participar.
0