La solidaridad y las políticas públicas
Eduardo Galeano decía: “A diferencia de la solidaridad, que es horizontal y se ejerce de igual a igual, la caridad se practica de arriba hacia abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un poquito las relaciones de poder” En otros análisis se señalan las relaciones de la solidaridad con la justicia social, o con los derechos humanos, en tanto que la caridad tiene un componente individual, que apela a sentimientos, a deseos de ayudar subjetivos. La justicia social implica valores de igualdad, reconocimiento de derechos, respeto por las diferencias, basados en una concepción del mundo, de la sociedad y de los seres humanos.
En estos momentos tan convulsos, de incertidumbres y con las fuerzas retrógradas en alza, me parece oportuno recalcar algunas cuestiones que contribuyan a enfocar la forma de entender la solidaridad. Para que las políticas públicas dejen de ser caridad o respuestas improvisadas. Nuestra sociedad no se puede permitir cronificar con asistencialismo las carencias o las desigualdades. Las políticas públicas deberán planificar inversiones que contribuyan a corregir el origen de las desigualdades, seleccionando las medidas que aporten condiciones de desarrollo, doten de capacidades a las personas que lo sufren, compensando las desigualdades de partida.
Ante una catástrofe, una crisis humanitaria o cualquier situación que produzca deterioros graves, riesgos innecesarios, los planes de choque no se paran a proyectar el futuro de las personas damnificadas. Las emergencias requieren soluciones drásticas y rápidas. Las ayudas implican salvar vidas, evitar males mayores, estabilizar situaciones. La solidaridad implica repensar el después para no quedarse en la caridad, en la inmediatez, en calmar la culpa. Las políticas públicas necesitan comprender el origen, eliminar obstáculos, compensar los efectos negativos y fomentar la participación, para no estigmatizar a nadie, para no estereotipar “colectivos” mediante prejuicios, contando con las personas que necesitan la atención apropiada. Si se ataca sólo al síntoma se transforman en asistencialismo, sin cambiar el origen de las carencias o las desigualdades no se trata de solidaridad. Como mentaba aquel proverbio chino: “Si haces planes para un año, planta arroz, si los haces para dos lustros planta árboles, si los haces para toda la vida, educa a las personas”
Sin conocimiento del origen, las características, las dimensiones, los obstáculos y las consecuencias y muy importantes: LOS FACTORES GENERADORES DE LAS DIFICULTADES (políticos, sociológicos, psicológicos, laborales, económicos) y sus interrelaciones, cambiantes, continuadas, con distintas complejidades, sin causas únicas, ni verdades absolutas. LOS OBSTÁCULOS PARA EL CAMBIO: resistencias, rigideces de las instituciones, inversiones inadecuadas, normativas anticuadas. EL ANÁLISIS DE LAS DIMENSIONES DEL PROBLEMA: demográficas, de recursos humanos, en aspectos espaciales, temporales, presupuestarios, etc.
Además, las políticas públicas no se pueden plantear en términos de eficiencia económica, como pretenden algunos modelos políticos. Deberíamos exigir eficacia bajo la lupa de la rentabilidad social, evaluando con modelos adecuados a las ciencias sociales (como recordaba con contundencia J. L. Sampedro). Por lo tanto, todas las acciones de solidaridad proyectadas o financiadas desde las políticas públicas deberían exigir unos criterios que respondan al enfoque estratégico cuando se trate de responder a problemas estructurales.
Por último, la cuestión que obstaculiza de forma sangrante los resultados de la solidaridad es la homogeneización o “tratar como iguales a quienes no lo son”. Clasificaciones por generaciones (milenial, boomers) o generalizaciones de género en temas donde la clase social, la etnia o el nivel de estudios son factores claves. Las generalizaciones producen simplificación y maniqueísmo. Esos enfoques demandan soluciones fáciles, respuestas emocionales y sabemos sus consignas. Por ejemplo, sin clasificar correctamente a todas las personas que mal viven en Ceuta, respetando la legalidad vigente además de los derechos humanos, las soluciones que se proponen no sólo no son humanitarias, son ilegales. Una democracia, un Estado de Derecho no puede permitirse semejante alevosía. Además, cualquier diagnóstico y cualquier propuesta tendrán una complejidad máxima, que no se resuelve con tales medidas simplistas.
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